Andrés Crespo y Alejandro Fajardo en Dignidad | Foto: Jossué Ortega Andrés Crespo y Alejandro Fajardo en Dignidad | Foto: Jossué Ortega

Dignidad, o el cinismo de los comunes

La Casa Cino Fabiani podría ser un teatro antiguo, de esos de madera que se quemaron en la ciudad en el siglo pasado. Para esta función las sillas están frente a una plataforma alta. Sobre ella se ven dos sillones blancos, una mesa de centro, una biblioteca, un solterón y, de fondo, el cerro Santa Ana resguardado por algunas rejas, en las cuales de vez en cuando se pasea un gato. Sin actores sobre el escenario hay voces de fondo. Se escucha en altoparlante cómo una periodista entrevista a un político, mientras los espectadores se saludan y acomodan para la función. El entrevistado tiene el discurso de un refundador social. Se queja de los «mismos de siempre», apuesta por el «cambio» y dice que «no hace caso a críticas sin fundamento».

De pronto suben al escenario los actores y las voces de fondo sobre el futuro se silencian. Francisco (interpretado por el actor guayaquileño Andrés Crespo) toma asiento, se mantiene calmado, vigilante, hace preguntas cautelosas, pero de doble vía. Alejandro (interpretado por el actor Alejandro Fajardo) está siempre de pie, inquieto, evasivo, nervioso. Entonces empieza las rondas de whisky y la función.

Dignidad, la obra del músico, dramaturgo y actor español Ignasi Vidal, se estrenó en Guayaquil a mediados de junio. Su autor asumió la dirección con la ayuda de Montse Serra. Estuvo en la ciudad durante un mes, más o menos, de largos ensayos y poco rock. Ya hace un año había estado en el país para ver el estreno de su obra El Plan —esa vez con la interpretación de los actores RicardoVelastegui, Victor Aráuz y Fajardo—, en el mismo escenario.

En esta trama, Vidal vuelve a apostar por la amistad como hilo narrativo, pero esta vez mermada por la política y el sistema de democracia. Francisco y Alejandro se encuentran en un diálogo en el que rememoran los principios del partido político que fundaron, la utopía con la que se tejen las ideas fundamentales, la juventud y las fortalezas de los inicios de su carrera pública. Se han convertido en un par de lobos viejos en el partido.Francisco podría ser el próximo candidato presidencial y —según la trama— tiene amplias posibilidades de ganar. Alejandro, en cambio, quiere llegar a la vicepresidencia con su amigo. Dice que le ha despejado el camino para ello, que él es quien hace la política de la calle, entiéndase —sin spoiler— «el trabajo sucio».

Francisco citó a Alejandro a la media noche para resolver algunos cabos sueltos sobre licitaciones, la caja chica del partido, y, entre otras cosas, para anunciarle su decisión sobre las próximas elecciones. Entonces, entre risas y varios momentos de tensión, la obra de Vidal se convierte en un thriller psicológico en el que dos amigos de pronto se desconocen. La política y sus formas de corrupción han mermado en la base de su formación.

Entre los caminos posibles para resolver los problemas en los cuales se han enredado los protagonistas, Francisco, aún utópicamente, le propone preservar su dignidad (y al mismo tiempo la amistad).

Vidal dice que si bien esta obra se desarrolla en el marco de una estructura política, la esencia son los dilemas humanistas, no ideológicos. «Si pones a la ideología por el medio no tiene ningún sentido. La corrupción o la deslealtad no son exclusivas de un determinado partido o de un político. Todos son defectos del ser humano y los políticos no son seres que vienen de un planeta extraterrestre y ocupan las instituciones, los ponemos nosotros con nuestros votos y nosotros somos los responsables de que estén. Los políticos que están tendrán los mismos vicios y defectos que tiene la sociedad en su conjunto», dice Vidal.

Con esta obra, Vidal apunta a hacer un ‘mea culpa’ sobre las formas en que la corrupción se asume desde el cinismo en una cadena interminable. «Yo de lo que hablo es de los problemas estructurales de la sociedad, no de un partido político o un gobierno concreto. Creo que por eso escribí Dignidad y soy tan duro a la hora de expresarme cuando escribo, con la intención de revisar las estructuras de nuestras sociedades modernas y democráticas. Quiero, de alguna forma, plasmar mi idea de lo que es la responsabilidad del ciudadano del día a día. No podemos pedirle a los políticos la moralidad que no aplicamos en el día a día», dice Vidal.

Andrés Crespo tomó el papel de esta obra luego de proponer hacer su adaptación a una versión ecuatoriana, en la cual lo único que cambia son las formas de sistema político —y con ello los modos posibles de corrupción—que se manejan. Esta es su primera actuación en una obra de teatro y a pesar del temor de enfrentarse a un guion largo, en el cual a diferencia de sus roles en películas locales no hay cortes, aceptó el protagónico por la necesidad de tener un papel de largo aliento con su amigo, Alejandro Fajardo. Él es su guía en las líneas de esta obra.

Por una hora, Crespo, a quien acusan de ser siempre el mismo en todos los papeles que interpreta, no tiene más remedio que actuar. Modula un poco la voz y de vez en cuando surge, dentro de la función, aquello que él llama «filosofía guayaca» y a la octava función su mala memoria funciona. «¿Quién podría definir lo que es actuar, si al final del día es el arte de no actuar? Lo importante es entender lo que se está diciendo y derrotar el proceso de memorización», responde respecto a las críticas que recibe todo el tiempo.

En Dignidad, la corrupción se desencadena dentro de un régimen de democracia, sin barreras. «Es un tema insoluble, no hay solución para ello. Tendría que tener una postura moral y ética superior con respecto a la corrupción como para hablar de ella. En lo único que yo creo es en la ampliación de las libertades individuales. Yo podría utilizar razones genuinas y falsas para tratar de destruirlos. Yo podría utilizar razones genuinas y falsas para tratar de destruir cualquier cosa que vaya en contra de eso», dice Crespo.

Dignidad generó una expectativa irregular en la ciudad. Las funciones inaugurales se agotaron con una semana de anticipación, y desde entonces, esta fue una constante en los montajes siguientes, hasta hoy que cierra su temporada en Guayaquil y de inmediato abre sesiones en Quito.

Modificado por última vez en Viernes, 07 Julio 2017 19:38