Un fondo bibliográfico único en el Convento de San Agustín

El Convento de San Agustín —ubicado en las calles Guayaquil y Chile, en el Centro Histórico de Quito— alberga un fondo de cerca de 18.000 libros que datan del siglo XVI al XX. Obras únicas de literatura, teología o filosofía han resistido al paso del tiempo en unas circunstancias poco favorables para su conservación: el espacio donde se encuentran actualmente se asemeja más a una bodega que a una biblioteca, y la suciedad acumulada con los años ha deteriorado estos ejemplares que registran la historia del mundo en una ciudad que, según la revista Voces Latinas, «tiene la mayor colección de libros anteriores a la Independencia de América Latina».

A esta conclusión llegaron los expertos italianos Gastone Breccia, de la Universidad de Pavía, y Daniela Fugaro, de la Biblioteca Estatal de Cremona, quienes en una investigación determinaron que Quito tiene más de 25.000 libros previos a 1820, los cuales se encuentran —en gran parte y hasta ahora— dentro de las bibliotecas conventuales de la capital.

Estos repositorios originalmente se componían de los libros personales que los frailes trajeron a América durante el proceso de evangelización y luego formaron parte de las bibliotecas de sus respectivos conventos (incluso, hubo órdenes religiosas que dictaminaban en sus Constituciones el establecimiento de una biblioteca comunitaria en cada convento).

Los títulos que mayormente se encontraban en las bibliotecas conventuales eran religiosos, como la Biblia, la Summa Theologiae, de Santo Tomás, o los breviarios para el rezo. Sin embargo, en la biblioteca de la Orden de San Agustín, que fundó la primera universidad de Quito (la Universidad de San Fulgencio, en 1586), aparecen libros de temáticas diversas. Aquí, los agustinos trajeron obras profanas para complementar la enseñanza.

La Fundación Conservartecuador —junto con la Comunidad de San Agustín— realiza desde junio pasado un proyecto de preservación de apenas 300 libros del total del fondo de la Biblioteca del Convento, como un plan piloto para que, en el fututo, otras instituciones públicas o privadas quieran apoyar en la salvaguardia de este patrimonio que necesita de una intervención urgente. Este trabajo —que culminará el próximo 6 de octubre— se ejecuta con el auspicio de la Fundación Príncipe Claus de Holanda, que aportó con 20.000 euros.

El proyecto, cuyo fin es generar una colección emblemática inicial de 300 libros, está compuesto por un grupo de profesionales de Ecuador y Venezuela: Ramiro Endara (director de la Fundación Conservartecuador y responsable de este trabajo); Harold Bustos (director de Patrimonio del Convento San Agustín y fiscalizador de la obra); Graciela Mascareño (directora técnica del proyecto de conservación); Alfirio Mendoza (encargado de la fotodocumentación, digitalización y realización audiovisual); Gustavo Salazar (bibliotecólogo y experto en la cultura latinoamericana de la Época Republicana); José María Sanz Acer (experto en lenguas clásicas, en letras antiguas y en teología); Víctor Jarrín (auxiliar de restauración y sociólogo del arte y de la cultura); Roger Rodríguez (auxiliar de restauración y gestor cultural); y Belén Nato (restauradora que elabora las fichas de diagnóstico).

«Este es un proyecto modelo a nivel nacional. Por primera vez se hacen todos los procesos secuenciales que se deben cumplir para un trabajo como este: desde el registro de la obra, pasando por el fichaje y la fotodocumentación, hasta el levantamiento patológico que determinan los diferentes daños que tienen los libros. Nuestro objetivo es preservar, catalogar y digitalizar la totalidad de este fondo y, también, generar empleo. Aportamos con un modelo piloto que esperamos pueda continuar», dice Ramiro Endara mientras recorre los amplios y altos pasillos del Convento, el cual contiene frescos de Miguel de Santiago y en cuya Sala Capitular —ubicada en el corredor oriental— se firmó el acta del Primer Grito de Independencia.

El fondo conserva obras postincunables

El ejemplar postincunable —libros de los primeros decenios del siglo XVI— más antiguo que el equipo ha hallado hasta ahora es de 1516 y se titula Florida corona sanitatis, de Antonio Gazio. Se trata de una obra de medicina con la portada impresa a dos tintas, negra y roja. El idioma que predomina en el fondo de la biblioteca es el latín, seguido del español. También hay libros en italiano, francés, griego, y se han detectado gramáticas en siriaco, arameo y copto.

El proceso para conservar este patrimonio bibliográfico (ver infografía) inicia con la selección de las 300 obras a cargo de un comité liderado por Gustavo Salazar y José María Sanz. Ambos priorizan los libros de mayor importancia según criterios de antigüedad, fecha de impresión, lengua, título y editorial. Luego de la selección, el material es llevado en contendores plásticos hacia un taller que se asemeja a un consultorio médico, donde se le asigna a cada libro un código específico para este proyecto, ya que en algunos lomos aún se mantiene la numeración que les fue puesta en otras épocas.

Este procedimiento viene acompañado de un registro en el que se detallan todos los datos de los libros (título, fecha, autor, páginas) para luego fotodocumentar los aspectos más importantes de cada tomo, al cual se le hace un diagnóstico en el que consta su estado de conservación. Esta última ficha describe los daños en la encuadernación y en el cuerpo completo del texto, entre los que destacan aspectos de suciedad, manchas, zonas faltantes, desgarros, mutilaciones, orificios y más. Finalmente, a los libros se los limpia en campanas de extracción con brochas finas que no alteren su estructura y se utiliza algodón al seco sobre las portadas. El destino último donde reposará este patrimonio es en una sala de tránsito con estanterías de metal.

Graciela Mascareño, la directora técnica, es de Venezuela y se formó en los talleres del Centro de Preservación Documental de la Biblioteca Nacional de su país, que contiene más de 7 millones de documentos, entre libros, mapas, fotos y archivo audiovisual. En una visita al taller localizado en el segundo piso del Convento de San Agustín, la restauradora enfatiza que este proyecto es principalmente de conservación, ya que ese procedimiento es menos costoso e invasivo que el de restauración.

«Cuando haces restauración aplicas una o varias acciones específicas sobre los libros para corregir daños. En este caso solo limpiamos, pero nuestro trabajo va más allá de la limpieza superficial, ya que recorremos hoja por hoja», dice Graciela mientras pasa un algodón al seco sobre la portada de un colorido libro de gran formato de Coros, de 1628, que es parte de los cantos para la celebración de las fiestas de San Agustín.

Entre las principales causas del deterioro de los documentos está la suciedad por desprendimiento del friso del techo y de las paredes de la biblioteca; el debilitamiento del soporte del papel o de la encuadernación; y la contaminación atmosférica.

«En esta época del año (agosto), el clima ha estado bastante seco. Si el ambiente está seco nos favorece porque los hongos se inactivan, no hay humedad que los haga florecer. Pero tanta resequedad tampoco es buena, sobre todo para el pergamino, ya que este es un material higroscópico hecho sobre piel de animal que absorbe la humedad del ambiente. Cuando hay humedad el pergamino se distiende y, cuando está seco, se contrae, está en un estrés permanente y se rompe», añade Graciela.

Alfirio Mendoza también es venezolano y es el encargado de la fotodocumentación y digitalización de los libros. La manipulación de documentos de alto valor histórico requiere de un tratamiento diferente al registro de un libro normal, más contemporáneo. Un libro en la actualidad se digitaliza mediante escáner, pero este aparato suele lastimarlo ya que su procedimiento es invasivo y, a ratos, agresivo. «Algunos papeles, a pesar de que están hechos a base de trapo, ya han perdido bastante humedad en un lugar como Quito y se han secado mucho. El pergamino ha perdido flexibilidad, por lo que hay que trabajarlo con mucha delicadeza», dice Alfirio.

El procedimiento que emplea este experto caraqueño para fotodocumentar los libros es mediante una cámara planetaria, la cual produce luces especiales que no emiten rayos ultravioletas ni luces infrarrojas que puedan dañar los tejidos de los ejemplares. «Cuando se está digitalizando un documento con valor histórico no solo es importante la información interna que posee, sino también su textura, como las tiras de cuero de las tapas o las cubiertas de madera hechas con piel de animal. Lo más esencial para fotodocumentar un libro es su lomo, sus cantos superior, frontal e inferior, sus tapas anterior y posterior, y su colofón o sello que diga dónde y quién lo imprimió», comenta Alfirio mientras digitaliza la Ilustración de la destreza indiana. Epistola oficiosa, escrita por don Francisco Santos de la Paz al maestro de campo don Francisco Lorenz de Rada, del Orden de Santiago, en el año 1712.

Uno de los libros más modernos que se escogió para conformar la colección es Égloga trágica, de Gonzalo Zaldumbide, publicado en 1980. A su vez hay tomos del siglo XVIII, como un ejemplar publicado en 1761, en Lima, sobre la vida del apóstol San Juan el Evangelista, en el que aparece un grabado de quien fue el primer impresor quiteño, Raimundo de Salazar y Ramos. Él también imprimió las Primicias de la cultura de Quito, el primer periódico ecuatoriano. Este grabado se suma a los tres conocidos previamente por Salazar y Ramos.

Aunque la mayoría de volúmenes están relacionados con la teología, también se encontraron obras de clásicos grecolatinos (en latín) como Esopo, Horacio, Ovidio, Marcial, Virgilio, Salustio, Quinto Curcio, Plauto y Terencio, entre otros. Abundan libros de medicina, matemáticas, arquitectura, arte militar, historia, geografía y hasta se descubrieron tratados de relojería.

Entre los hallazgos más preciados están tres tomos impresos de la casa Plantin, de Amberes, una de las editoriales más relevantes de la Europa del siglo XVI, que tuvo a Rubens como uno de los diseñadores de su logotipo; y un volumen impreso en Maguncia —ciudad alemana donde nació Johannes Gutenberg– que corresponde a los Commentariasupertitulum de actionibus in institutis, de Ioannes de Blanasco, un libro de Derecho fechado en 1539.

Para Roger Rodríguez y Víctor Jarrín, auxiliares de restauración y encargados de la meticulosa limpieza de los libros, el objetivo de preservar estos archivos es establecer una relación comunitaria entre la Iglesia, el archivo y el público en general.

Dos descubridores de tesoros de papel

En los últimos cuatro meses, José María Sanz y Gustavo Salazar han habitado en la biblioteca de San Agustín buscando destellos de luz detrás del polvo acumulado por el tiempo y el descuido. Al consultarle a José María sobre su principal función en el proyecto, este experto español en lenguas clásicas con residencia en Ecuador responde que es «ponerle mucha ilusión, aunque no sirva de nada. La segunda menos importante es mi experticia con la teología católica y las lenguas. La mayoría de estos libros antiguos están en latín, idioma que lo comparan con el inglés de hoy, pero no tiene similitud, ya que el latín era mucho más relevante en su tiempo para todas las personas instruidas de todo Occidente».

Entre los hallazgos preferidos por José María está un resumen hecho por Erasmo de Róterdam de un libro famoso de Lorenzo Valla, un humanista italiano que escribió Elegantiae linguae latinae (Elegancias de la lengua latina), que funcionaba como el manual para escribir correctamente el latín. Aunque la fecha de este libro no es precisa y se presume que es un postincunable, se sabe que se editó en Basilea, Suiza, y que tiene un sello de un grifo, el animal mitológico.

«En cada libro no solo es importante cómo salió impreso, sino lo que cualquiera escribió en sus páginas», dice José María al mostrar un rayón sobre un tomo en el que se comentan las obras del filósofo Aristóteles. Fechado en 1548 y editado en Basilea, este volumen venía con los comentarios del humanista valenciano Luis Vives y de Philipp Melanchthon, cuyo nombre fue tachado porque junto con su amigo Lutero impulsó la reforma protestante.Su crédito seguramente fue censurado por un creyente ortodoxo de la Iglesia.

En los rayones está una parte de la historia cultural de un libro, insiste el experto español, y exhibe otro ejemplo: una concordancia de la edición vulgata de la Biblia en latín. Según los apuntes de sus distintos dueños en las primeras páginas de este ejemplar, se sabe que la obra fue editada en Lyon, Francia, en 1652 y, cuarenta años después, en 1693, atraviesa el Atlántico y llega a Popayán, Colombia, y finalmente al convento de San Agustín.

La labor de Gustavo Salazar es complementaria a la de José María: ambos tienen la irrepetible tarea de identificar los primeros 300 tomos que se conservarán de un fondo que, por el momento, tiene un destino incierto y poco alentador. El desarrollo de este proyecto de conservación posee el aval del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador (INPC), quienes conformaron una comisión de seguimiento con la fiscalización de Mayra Pullas.

Además de ser un bibliotecólogo de larga trayectoria, Gustavo es un especialista quiteño en literatura latinoamericana que recientemente publicó un estudio sobre la relación de Alfonso Reyes con los escritores ecuatorianos. Caminando entre las estanterías de madera vieja de la biblioteca, dice que para él «hay dos cosas fundamentales cuando uno trabaja en una biblioteca: hacer el soporte histórico, que implica establecer cómo está la colección y recopilar documentos que se hayan publicado sobre este espacio; y hacer el levantamiento topográfico de todo el convento. Hace 20 años accedí a un mapa de este sitio y, cuando lo agrandé, noté que esta sala era una bodega y no una biblioteca».

Uno de los vestigios que da cuenta de las múltiples intervenciones que ha tenido este repositorio son los disímiles códigos de numeración en los lomos de los libros. Por la forma como está organizada una parte de la biblioteca, se puede concluir que anteriormente usaban el sistema de clasificación Dewey.

«Mira esta otra joya», dice entusiasmado Gustavo tras mostrarme un libro sobre la vida de Mariana de Jesús. Se trata de la primera edición hecha en la capital de la santa quiteña, en 1856, que tiene un grabado de Emilia Ribadeneria, quien es considerada la primera mujer grabadora en el país. En una investigación iniciada en 1990 sobre la historia del libro, la imprenta y el papel en Ecuador, Gustavo descubrió en 1995 los trabajos de Emilia y, hasta el momento, ha identificado 49 grabados de su autoría.

El acervo bibliográfico que habita dentro de las paredes vencidas del Convento de San Agustín es una pequeña, pero trascendental muestra de la historia de la humanidad. Es una cápsula del tiempo que fue abierta parcialmente y que reveló libros como los Comentarios reales de los Incas e Historia del Perú, del Inca Garcilaso de la Vega; la edición príncipe del tratado El Orinoco, del padre José Gumilla; la Traducción de la dedicatoria real y epístolas proemiales del segundo tomo del derecho y Gobierno de las Indias Occidentales, de Juan de Solórzano y Pereira; o una edición de 1714 de la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz. Es una de las tantas cápsulas que deberían estar plenamente abiertas.

Modificado por última vez en Miércoles, 06 Septiembre 2017 12:06
Fausto Rivera Yánez

(Latacunga, 1989). Periodista, crítico cultural y economista. Fue editor de la revista de cultura cartóNPiedra y de la revista de economía másQmenos. Ha colaborado en diferentes revistas nacionales y extranjeras. Actualmente es editor de la sección cultural de Diario El Telégrafo y forma parte del consejo editorial de la revista Letras del Ecuador, de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Es integrante de la segunda generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas.