La enervante levedad del mestizo chileno

Entrevista

La memoria nos obliga a trabajar con sujetos vivos, estar, charlar y jugárnosla con ellos para escribir la historia que ya no solo es documentarse sino hacer un proceso social.

Gabriel Salazar

El premio Nacional de Historia de Chile 2006 —quien militó en el MIR, fue prisionero político y enfrentó el exilio— escribió un libro sobre los torturados durante el régimen pinochetista —Historia de la Villa Grimaldi (2014-2015)—. El primer volumen está publicado pero otro —basado en los testimonios de quienes, como él, pasaron por ese infierno— aún no se imprime.

“Cometimos errores —dice el también sociólogo Gabriel Salazar—, los milicos torturaron, la izquierda se torturó a sí misma... La gente tiene miedo de que su propia verdad se conozca”. La experiencia propia y su expresividad cultural (el arte, la música) circulan por los oficios que ejerce, unos en que la memoria —suya y de otros exiliados— lo ha envuelto en una paradoja.

La segunda parte del estudio está inédita porque hay quienes no quieren que sus testimonios se develen, acaso lleguen a pertenecerles a otros. La Historia (con mayúscula) está llena de sombras, riesgos y culpas.

¿En Chile sigue siendo complicado hablar de lo que ocurrió el 11 de septiembre de 1973?

Hay mucho respeto por los muertos y eso implica que la figura de (Salvador) Allende sea intocable. Muchos no aceptan que él se suicidó en honor de una Constitución ilegítima, sin dejar al pueblo con una construcción necesaria en un momento que se estaba dando un golpe de Estado. Eso habla mal de la figura del expresidente como líder popular y eso no le gusta a mucha gente que lo respeta por ser un hombre que, mal que mal, sacrificó su vida en función de lo que él creía.

Criticar a Allende hoy es mal visto en general por la vieja gente de izquierda, no por los jóvenes, adonde ya no llega.

Usted ha dicho que los mestizos son una ‘clase intrusa’ en la historia chilena, ¿unos intrusos capaces de desplazar a otros pueblos de la política civil?

El pueblo mestizo, en Chile, fue el sector étnico que más rápido se multiplicó. A fines del siglo XVIII, al término del período colonial, lo mestizo ya componía más de la mitad de la población, después siguió aumentando hasta completar casi el 60%. Hoy el grueso del pueblo chileno es de origen mestizo. Si recorres las ciudades chilenas, Santiago, por ejemplo, hay una mezcla de la cultura mapuche con españoles y, luego, mestizo con mestizo que se fueron fundiendo entre sí. Por eso su presencia fue muy invasiva, por el aumento de su número.

Ese pueblo no tenía territorio propio mientras que el mapuche siempre lo tuvo y lo tiene, junto a una memoria que se pierde en el tiempo, hacia atrás. Los aimaras, en el norte, también tienen memoria y territorio. Pero el pueblo mestizo nació sin país propio, no le dieron derecho a la propiedad ni acceso a la tierra. No tenía lenguaje propio ni una memoria de sí mismo porque nació recién.

Por ello tampoco se casaban y las mujeres mestizas se ‘arranchaban’ (acomodaban provisionalmente y, luego, se negaban) pero vivían solas, y los hombres, circulando. La sociedad chilena se dividió, y la élite vivió siempre de acuerdo con los parámetros culturales europeos.

Y el derecho inicial solo se refería a hispanos y mapuches...

Los españoles reconocían a los mapuches como un pueblo a través del derecho indiano, pero nunca dictaron un derecho para el pueblo mestizo, lo cual explica por qué este crece al margen de la institucionalidad, muy maltratado, violentado, sin derechos que respetar... también esa es la razón de las actitudes que fue desarrollando: tiene que escapar, huir para poder sobrevivir, robar, hacer contrabando; cruzar la cordillera en todas las direcciones y estar en movimiento continuo.

Recién en el siglo XX el pueblo mestizo se integró a las ciudades, formó los barrios marginales, poblaciones callampas (suburbanas) y, poco a poco, se fue integrando pero mantuvo esa actitud de no mezclarse con la cultura central de las élites, por eso no respeta el patrimonio, lo raya, lo destruye. No tiene respeto por lo estrictamente hispánico, menos por el pasado parisino, francés, de la oligarquía aristocrática chilena. No respeta ni las iglesias, todo lo ensucia.

Es un pueblo muy rebelde, indómito e inculto, al mismo tiempo, en algunas cosas... que ha tenido una enorme presencia en la historia de Chile pero desde los bordes, al margen, como un intruso que se mete en el mundo civilizado. Por eso el trato que le dan y, como no tenía derechos, los podían reprimir, torturar y matar impunemente. Por eso el ejército chileno, que se formó combatiendo al pueblo mapuche en la frontera del Bío-Bío —donde podía matar sin problemas, sin ser juzgado— hizo lo mismo con el pueblo mestizo.

Eso explica por qué la nación chilena que ha masacrado a su pueblo en veintitrés oportunidades, en doscientos años, no tiene conciencia de culpabilidad, al contrario, tiene un enorme e increíble sentido de impunidad, que se expresa en todos los torturadores de (Augusto) Pinochet que han sido juzgados y condenados: ninguno reconoce nada, se sienten impunes.

Manuel Contreras, ‘El Mamo’ —creador de la DINA, la policía política de Pinochet—, murió diciendo que gracias a ellos Chile está libre de comunistas...

Después se asoció la rebeldía política a la del ‘bajo pueblo’ y se la reprimió de igual modo. Por eso, para los torturadores de Pinochet matar mapuches, mestizos, marxistas-leninistas era lo mismo. Eso resiente, duele, deja huella, mucho dolor y ha desarrollado en Chile una cultura mortuoria, por las víctimas.

Hay algo casi malsano en esto de recordar a los derrotados, un culto a la muerte en que se dan casos increíbles como celebrar como héroe nacional a Arturo Prat (1848-1879), quien perdió el Combate Naval de Iquique, pero no se celebra a Carlos Conde, que más o menos en la misma fecha, derrotó a un tremendo acorazado peruano.

Prat es un héroe del fracaso, ¿igual que O’Higgins?

Bernardo O’Higgins (1778-1842) se celebra como el gran héroe militar nacional y no ganó ninguna batalla, se le recuerda por la famosa derrota de Rancagua. Incluso pasa esto con (Salvador) Allende, a quien la gente lo recuerda desfilando desde el Palacio de La Moneda al cementerio y, allí, todos juntos gritando: “¡Compañero Allende, presente!” antes de dispersarse.

En Chile hay un culto a la muerte que tiene mucho que ver con la imposibilidad de hacer frente al ejército cara a cara, bala a bala y derrotarlo, lo que genera un pesimismo histórico que es muy típico de la cultura popular chilena. Pese a esto, cuando los militares desfilan el 19 de septiembre (Día de las Glorias del Ejército de Chile), el pueblo va y aplaude. Es una de las grandes paradojas de nuestra historia.

¿Los agentes de la dictadura —como Contreras y Pinochet— tuvieron una clase intelectual a su servicio antes del golpe de Estado?

La derecha chilena nunca ha tenido una intelligentia que la nutra de conocimiento, teoría y cultura; siempre ha sido muy pobre intelectualmente. Muy indefinida teóricamente, ha fluctuado en un nacionalismo patriotero añejo, del siglo XIX... Defiende las fronteras y hoy no quiere entregar un centímetro de mar a Bolivia, por ejemplo.

La derecha chilena es semicorporativista, un poco fascista. Y siempre recurre a los militares para que le aseguren un sistema de dominación. No sabe muy bien lo que es el liberalismo puro: es librecambista en lo económico, pero no liberalista en lo cultural. Durante mucho tiempo se sintió aristocrática, nunca burguesa. Eso hace que no tenga una claridad intelectual y conceptual para proponer el país desde un plan de desarrollo, para identificar su posición como tal frente al mundo o la sociedad chilena. A lo largo de la historia ha tenido que traer de fuera misiones y comisiones, importar economistas que expliquen lo que está pasando y le enseñen lo que hay que hacer. Los Chicago boys —con Milton Friedman y compañía— fueron los últimos invitados.

Al parecer, la derecha chilena tampoco ha tenido artistas a su favor...

Los únicos que han tenido son Los Huasos Quincheros, que son viejísimos. Pero que son una figura absolutamente falseta, la de tener canciones populares cuando deberían ser canciones aristocráticas, no las del pueblo dominado. Pero nadie cree en ellos.

Todos los artistas son de centro-izquierda. Y las élites dominantes, que se rigen más bien por el mercado internacional, siempre tratan de justificarse nacionalmente, apoderándose de la cultura popular. En el caso de Chile, el principal representante de la cultura europea, de los consorcios extranjeros, es Agustín Edwards (Eastman) y todas las semanas aparece vestido de huaso (campesino) en fotografías de su periódico —El Mercurio—. Pero el huaso chileno es el mestizo, que andaba contrabandeando a caballo.

La clase patronal estilizó la vestimenta del huaso, la dibujó de otra manera. La clase alta chilena se viste así para legitimarse nacionalmente, adoptando la cultura popular para ciertas fechas. Así la música y todo. Ellos se lo creen, pero el pueblo siempre ha tenido su propia cueca, no la de salón que bailan los ricos sino la ‘cueca brava’, que es la que se baila en los bares de las poblaciones y nada tiene que ver con la otra.

¿De qué forma asimila Chile una integración latinoamericana?

La élite chilena siempre ha sido adicta a integrarse a Europa, es dependiente desde O’Higgins, que, por su origen irlandés, siempre buscó la alianza con Inglaterra y desestimó la alianza —por medio de José de San Martín y Simón Bolívar— hacia el mundo americano. Igual que Diego Portales (1793-1837), quien fue comerciante.

Con Pinochet (1915-2006) eso se remarcó. Hoy la élite chilena no es, en absoluto, latinoamericanista. Se está jugando por el Pacto del Pacífico (Estados Unidos, China, Japón, Nueva Zelanda, México, Colombia, Perú) y le vuelve la espalda a la Unasur o Mercosur. Por eso las canciones de Inti-Illimani, por ejemplo, le suenan añejas. En la práctica, la élite chilena está forzando a los gobiernos de la Concertación —incluida Michelle Bachelet— a jugarse por ese pacto (...) y no hay en el Chile de hoy un proyecto latinoamericanista sólido en lo cultural, mucho menos en lo económico.

¿Qué referentes identitarios tiene el mestizo de hoy en su país?

En Chile no se habla del pueblo mestizo, no hay ninguna historia de este. Se está escribiendo mucho sobre el pueblo mapuche porque está en rebelión y sigue en guerra. La guerra de Arauco continúa, solo que de otra manera. No van al combate con caballos y fusiles sino que ahora se dedican a incendiar la maquinaria de las grandes forestales y sus bodegas, una guerra incendiaria para desanimar y que se vayan, una guerrilla también.

Pero del pueblo mestizo en Chile no se habla porque nadie se siente mestizo. Ningún historiador ha escrito su historia, algo muy curioso. Sin embargo, lo mestizo ha dejado sus huellas culturales muy profundas, y una de sus características es la tendencia a la ‘toma’. Tomar lo que uno necesita, apoderarse sin respeto alguno por el derecho a la propiedad.

De hecho, la toma se convirtió en una nueva forma de hacer política popular, cuando la gente sin casa, allá por 1950, comenzó a apoderarse de los terrenos, a construir sus viviendas y a obligar al gobierno a reconocer esa toma, a legalizar lo ilegal. Chile se comenzó a llenar de tomas de sitio, de campamentos de todo tipo, de callampas.

¿Un nuevo modo de hacer política?

No por ‘pliego de peticiones’ sino por acción directa. “Nosotros resolvemos problemas por nosotros mismos y nos tomamos el terreno, lo controlamos y gobernamos”. Eso se generalizó muy pronto: aparecen después las tomas de fábricas, de fundos, comunas enteras, universidades en un ejercicio de poder de hecho, de facto, no constitucional y que hasta hoy está presente.

Se está transformando la idea de la toma en el sentido de que las comunidades locales están comenzando a generar un poder, controlar todo lo que haya a su alrededor. Se vive un nivel superior de la idea de toma.

Esa práctica, con raíces centenarias, se ha relacionado con el movimiento okupa...

Sí, algo del pueblo mestizo chileno y su irreverencia ante un patrimonio civilizado, de las élites. Una actitud desafiante y violenta. El movimiento okupa en Chile es una variante de la idea de toma, que se parece a la idea europea en el sentido de ocupar casonas vacías, que quedan abandonadas, donde se instalan no tanto pobladores de escasos recursos sino jóvenes disidentes, la mayoría universitarios con una ideología más bien anarquista primaria, que forma comunidades de vida.

Pero estos son fenómenos de una cultura underground más que expresión de un movimiento popular. Y se les aplicó la ley antiterrorista para reprimirlos y desmantelaron todas las ocupaciones que alcanzaron a haber hace unos quince años.

¿Valora el Chile de hoy al intelectual que, como usted, estuvo en el exilio?

No se ha hecho un estudio profundo sobre eso. Sería muy difícil hacerlo porque el exilio fue muy disperso, en el mundo entero. Hay colonias por todas partes y la mayoría de esa gente se quedó fuera de Chile. Hubo un retorno del 25%, digo yo, y haber vuelto no fue bueno para la mayoría.

En este momento hay en Chile uno 37 mil expresos políticos que fueron exiliados. De ellos, más de la mitad está viviendo en condiciones extraordinariamente deplorables porque cuando los tomaron presos y fueron torturados tenían 21 o 22 años. Ellos nunca alcanzaron a terminar sus estudios, definir su profesión ni establecer redes sociales de apoyo y ahora están mal, en huelgas de hambre.

No se ha investigado la historia del pueblo exiliado en su conjunto, que en total son más de un millón de personas, una generación joven que Pinochet aprisionó, torturó, exilió y le prohibió volver sacándola del escenario histórico-político. Por eso la transición de la dictadura a la democracia la hizo la generación vieja, como (Patricio) Aylwin o (Ricardo) Lagos. No los jóvenes, cuya generación fue destruida. (F)

Modificado por última vez en Lunes, 28 Agosto 2017 15:13

Información adicional

  • Iconos multimedia: Archivo
Luis Fernando Fonseca

(Quito, 1988) Periodista. @LuifinoFonseca