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Paul Auster, entre el destino y el azar

Literatura

Hablar de Paul Auster no siempre resulta fácil. Todo el mundo cree tener la última palabra sobre el autor nacido en Nueva Jersey el 3 de febrero de 1947. Y algunos que lo han leído piensan que toda su obra trata solo sobre dos grandes personajes, el azar y el destino. Ninguno de los dos sobreviviría sin el otro, aunque no se conocen en realidad. Auster los comunica a veces, pero deja abiertas algunas puertas para que no sea directo el encuentro entre estas dos corrientes de aire que impulsan a los hombres a caminar en la oscuridad con los ojos completamente abiertos.

Auster tiene un proyecto narrativo que se sostiene sobre el azar y sobre la fuerza del destino. Ese proyecto es, básicamente, la narración de la decadencia de Estados Unidos, un proyecto que en La Trilogía de Nueva York se exprese mejor: la despersonalización, el miedo y la delincuencia, como motores de una vida que no hace más que sumergirnos en la tempestad del anonimato.

Luego, novelas como Leviatán, Un hombre en la oscuridad, La noche del Oráculo, marcan de alguna manera la presencia contundente de individuos que no son capaces de renunciar del todo al sueño americano. Al contrario, lo que hacen es forzarlo; lo buscan a pesar de la guerra, del odio y de las muertes muchas veces injustificadas y de los largos silencios que comunican a esos personajes con su entorno.

Un rastro que no hay que perder de vista: Estados Unidos no es un personaje, pero es el telón de fondo de las historias. Estados Unidos crece y siempre parece que está a punto de desaparecer; y ciertamente lo hace —por ejemplo, en El país de las últimas cosas—, pero también prevalece, como en Brooklyn Follies o en Viajes sobre el Scriptorium. Todo esto, ¿para qué? La respuesta puede encontrarse en dos situaciones: los personajes necesitan moverse en un escenario determinado, anclado a las dimensiones espacio-tiempo de la propia realidad, por ello, muchas novelas parecen ser más crónicas noveladas de un tiempo en descomposición que simples ejercicios de ficción narrativa; Estados Unidos, en tanto telón de fondo, es en realidad lo que tiene en mente Auster cuando encara un nuevo proyecto. Las novelas están escritas en función de la realidad y como mediadores están el azar y el destino, porque los actores, personajes de las novelas, no saben y tampoco quieren o necesitan saber a dónde van. Simplemente van.

Los personajes parecen aferrarse a algo que quieren que exista, pero aquello está en total movimiento, es dinámico y se destroza a sí mismo. Los personajes se ven arrastrados por esa fuerza que saben real en cuanto toca a su puerta, porque justamente el azar los conduce a su encuentro: un número en una guía telefónica, una calle que debería tener otro nombre, un comunicado tardío, una nota suicida, una postal. Todas esas pequeñas cosas, al final, son las grandes detonadoras del mundo que ellos daban por cierto, pero que terminan, en el peor de los casos, arrebatándoles la vida. Todo eso sucede como si el tiempo o las circunstancias estuvieran dispuestos de tal forma que no hubiera otra opción; es decir, todo lo que ocurre lo hace con la normalidad implacable de lo que ya está escrito. Destino.

¿Pero qué pasa con Estados Unidos que necesita de narradores que lo justifiquen como escenario? Don DeLillo, Thomas Pynchon y Philip Roth han narrado el caos de la forma de vida norteamericana y hacen de ese caos el centro de la existencia de millones de hombres que están relacionados para bien o para mal con la guerra de Vietnam, de Afganistán, con las intervenciones en Irak, con la violencia como único sentido de cohesión social, con la doctrina del ‘dejar hacer/ dejar pasar’ como fachada de la identidad porosa que no se encuentra conforme con su propio destino.

Y aunque parece extraño poner en el mismo ruedo a escritores tan diferentes como DeLillo, Roth, Pinchon y Auster, la posición pienso que está justificada por el desplazamiento que hizo Auster en las últimas décadas en sus novelas.

Hubo un tiempo en que Auster exploraba cuestiones ligadas a la literatura, al lenguaje y la historia de la novela en Estados Unidos, las referencias a Melville y sobre todo a Thoreau, hicieron de novelas como El palacio de la luna exploraciones poéticas sobre el oficio de la escritura. En ese sentido, eran más novelas de iniciación (como Jugada de presión) que novelas capaces de interpelar un público más amplio que los aspirantes a escritores.

Cabe recordar que Auster, para escribir El palacio de la Luna, da un giro y se detiene en seco, debido a que antes había escrito casi de un tirón La trilogía de Nueva York, posible inicio de un ciclo renovador en su narrativa, en el que Nueva York, un personaje como Ciudad Gótica para las sagas de Batman, se convierte en la evidencia de que todo es múltiple y que no existe una sola respuesta para una misma pregunta. La trilogía de Nueva York está en tención entre las divagaciones sobre el lenguaje y el origen de ciertas palabras, pero también está a medio camino de la novela policial y se acerca a momentos a los destellos de una novela realista. Ese punto de inflexión en Auster se verá luego reforzado por la presencia de Leviatán, quizá la novela más explícitamente política de Auster.

Pero más allá de convertir su escritura en una tendencia creciente, Auster nuevamente se detiene y cambia de carril para retomar la experimentación, el cine (El libro de las ilusiones); las visiones sobre la vida desde la perspectiva de un perro (Tombuktu), el boxeo (Brooklyn Follies); el mal que se propaga en la ciudad y esta como metáfora del cuerpo (La noche del Oráculo). Estas novelas interpelan a las personas más que al país. No hay, por tanto, una razón constitutiva de la crítica hacia un sistema de pensamiento o un fundamento económico, como en Leviatán o en La trilogía.... Existe la forma en que se traduce todo ello en la vida cotidiana de las personas. Es un ritmo capaz de integrar imaginarios con ideología y todo ello establecida en acciones determinadas que no dejan de percibir al hombre contemporáneo como algo poroso que en muchos casos está franqueado más por su miedo que por la inteligencia.  

Es posible que la gran noción del panóptico desarrollada a profundidad por Foucault tenga su sentido de concreción en esta etapa de la narrativa de Auster, quien no muestra al vigilante, porque ya todos se han convertido en vigilantes. Todos se controlan y el control se ha interiorizado en el cuerpo; se saben controlados y ellos mismos controlan a alguien. El gran cómic de Allan More, The Watchmen, planteó en determinado momento una pregunta: “¿Quién vigila a los vigilantes?”. Paul Auster se arriesga a responder a esto en su última etapa.

Este es un Auster capaz de tomar mayores riesgos. Ya hay un punto de hastío. Un punto, si se quiere, de no retorno. Y ese está marcado por novelas como Invisible y Un hombre en la oscuridad y es aquí donde se conecta con los escritores antes mencionados.

Todos ellos han escrito sobre Estados Unidos como si estuvieran elaborando una crónica del fin de los tiempos de la unión americana; pero también escriben como si supieran que todo lo sólido se desvanecerá en el aire, y no hay nada que se pueda hacer para evitarlo más que postergar el tiempo del final desde el sentido que obtiene la crítica desde la escritura.

De alguna manera, esa actitud frente a su realidad y su relación con sus nuevas novelas es lo que ha puesto a Auster en el escenario mediático de una forma más activa, logrando que las preguntas sobre la narración y la trama se subordinen a aquellas sobre política: las elecciones en Estados Unidos, los aciertos y límites en el segundo gobierno de Obama, la crisis económica y el ataque a las Torres en septiembre de 2001. En esa brecha, Auster empieza a tomar la misma fisonomía de escritor que habla de temas políticos y tiene un punto de vista crítico sobre su sociedad como la tuvieron en su momento escritores como Gore Vidal, Norman Mailer y Truman Capote.

Auster presiente que seguir por ese rumbo puede ir en desmedro de su narrativa, así que siempre pone unos puntos suspensivos en esa actividad y da una nueva bocanada de aire a su relación con su mundo interior. Mientras más público empieza Auster a sentirse, mayor es su necesidad de retornar a la intimidad.

El momento interior

La literatura de Auster es altamente sugerente porque cuando está a punto de estallar en una vena narrativa tipo Norman Mailer, en la que empieza a acusar a todo y a todos, se detiene y mira para adentro. La mirada del autor nunca es tan sombría como cuando evoca su propio pasado y lo relaciona con cierta historia de cierto momento en particular de Estados Unidos. Novelas autobiográficas como La invención de la soledad, A salto de mata; crónica de un fracaso precoz, Diario de invierno e Informe del interior son muestras de algo importante en Auster: la narración como forma de alcanzar la intimidad. Hay una poética del yo que se hace sustancialmente complementaria al ejercicio realizado por J. M. Coetzee en su trilogía Infancia, Juventud, Verano, en la que el escritor sudafricano da cuenta de sus devaneos en la infancia, su paso por la IBM y su arribo a la escritura como forma de vida.

Auster se sostiene como equilibrista entre un mundo que explota fuera de él y que se reconstruye constantemente en su interior. Se comporta como un péndulo que oscila entre la intimidad y la política, de la política a la poesía y de la poesía al ensayo autobiográfico. Todas ellas son formas de registrar una misma exploración: experimentos con la verdad, porque la verdad, como él la entiende, funciona en relación a los acontecimientos. Por un lado, solo se debe escribir de aquello que se conoce, desde lo que se ha vivido y se escribe sobre lo que se quiere entender. Pero nunca se deja bajo control cualquier de estas opciones: hay que dejar en libertad a la narración y que sea ella la que construya la historia. Además, Auster entiende que son las historias las que escogen a los escritores y no al revés.

La intimidad no es un territorio del silencio. Es el lugar donde acontece la fusión de los sentidos, donde hay siempre algo nuevo a punto de crearse. Ese es el lugar donde Auster se siente más cómodo y adonde regresa cuando el vértigo es constante y todo deja su lugar a los recuerdos que a su vez construyen la trama del azar, que algunos gustan llamar destino.