Poesía como susurro que atraviesa cielos ajenos

  • Por:  Aníbal Fernando Bonilla. Poeta
  • Publicado en: Cartón Piedra
  • Visto 838 veces

Desde los silencios necesarios, la poesía emerge con el fulgor que demanda la hermosura escrita. El dolor y la furia del mundo arremeten sin tregua alguna. Es el cúmulo de los hechos cotidianos que toman un giro especial en la mirada del vate. Por ello, la contemplación no es un asunto fortuito, sino el resultado de la capacidad de asombro ante el orbe. La fragilidad de las palabras deviene en señal de aquella ternura que la humanidad ha extraviado en sus propios tentáculos ante el ocaso civilizador.

La poesía explora la esencia del hombre; sus demiurgos, sus temores, sus emociones, sus deseos inconfesables. La huella lírica tiene aroma perpetuo. He ahí uno de los elementos fundamentales para resaltar su vigencia en el tiempo y en el espacio.

Pero ¿cuál es la tarea que asume el poeta? Tal vez la de un prestidigitador de las palabras, más allá del solaz de fin de semana. Esto es, el poeta se convierte en un denodado trabajador en pro de la construcción de un discurso poético que plasme en imágenes los cuestionamientos, sensaciones y afectos que gravitan en su entorno.

Juan Suárez Proaño aborda el misterio de la vida, a través de la profanación poética. Y, en ese encomiable intento, cosecha un poemario cuyo nombre, Hacen falta pájaros (El Ángel Editor, Quito, 2016), provoca en el lector(a) una asombrosa inquietud, en el pleno interés de acometer en su contenido.

Con luz de luciérnagas, los textos toman cuerpo en la plenitud de la noche. Es el conjuro de lo indecible en boca del joven poeta o, mejor dicho, en pluma con tinta abundante en manos de este hacedor de ilusiones. La memoria es surco que sobrepasa los linderos del olvido: «Los hombres somos / del lugar al que pertenece nuestra memoria».

Juan Suárez desnuda al verbo, con firme convicción ante la riqueza de nuestro idioma castellano. Lo hace extasiado como el resplandor del día o como la hogaza en la mesa del indigente en la quietud del domingo. El optimismo es un anhelo relativo ante los intersticios revelados en la patria que se desangra en línea imaginaria: «A fin de cuentas / el optimismo es una hoja seca/ una paloma en mitad de la plaza/ la brisa de césped/ una posibilidad de saltar el muro/ por la mañana».

El poeta confiesa desde su ventana: «Dicen que todo poema está hecho de polvo / al igual que los hombres». La invención literaria tiene alas abundantes que recorren el anchuroso cielo con la intención de expandir el credo emancipador.

En la lícita recreación, digo: «Seremos la lluvia que siempre fuimos, junto con el cántaro y la tierra».

En la expresión declarativa reaparecen calles anónimas, lágrimas de intimidad y exilio, puertas envejecidas por la indiferencia, pájaros diminutos y ausentes, ciudades sórdidas en la reminiscencia de los días: «Mis manos han aprendido a tocar el tiempo / fuertes y sobrias como mis años / con el mar / con las ganas estériles de la muerte / con el río».

La mujer idealizada también entreteje este corpus poético, del cual, el autor, dice algo así, como: «Hacer el amor / en la trinchera / bajo la sombra/ de la guerra». Y, desde luego, se alude a las heridas, a los tormentos y a los olvidos que duelen en la médula del alma.

La poesía de Juan Suárez toca y estremece, o sea que perturba los sentidos. En el bello texto dedicado a Juan Gelman, profesa su admiración a este inmenso y entrañable ser, que hizo de la versificación su forma elocuente de existencia y resistencia diaria. Como afirma Suárez: «Te hicieron agujeros en la carne: Juan. / Tumbas, que no fueron en el aire / ni en el agua, / tumbas cavadas en tus lágrimas / en tus dedos envejecidos / por el lento paso de noviembre».

En Hacen falta pájaros, se alude a la esperanza y a la efímera búsqueda de la felicidad y de la tristeza y el llanto que provoca el desamor o el trueno de las ojivas.

Destaco la prolijidad y composición de los poemas: ‘Polvo’, ‘Del mundo’, ‘Del padre al tiempo’, ‘Gelman’, ‘Asombro’, ‘Buen hombre’ y ‘Sentidos’.

Que el extravío de las aves sea celebración fecunda en la senda trazada por Juan Suárez. Que los poemas publicados emprendan vuelo como caricia y beso eterno.