Las manos de Margarita Ullauri tallan al oficio de zapatero, mientras que Álex Tapia le hace un retrato a un amigo del barrio. Otros participantes son los artistas María Cecilia Arcos, Fernando López, Darío Puco, Victoria Proaño, Susana Oviedo, Sol Gómez, Francisco Galárraga, Paola Arévalo, Johanna Cañadas, Lorena Cañizárez, Estefanía Carrera, Francine Córdova, Karina Cortez y Viki Bastidas.    Las manos de Margarita Ullauri tallan al oficio de zapatero, mientras que Álex Tapia le hace un retrato a un amigo del barrio. Otros participantes son los artistas María Cecilia Arcos, Fernando López, Darío Puco, Victoria Proaño, Susana Oviedo, Sol Gómez, Francisco Galárraga, Paola Arévalo, Johanna Cañadas, Lorena Cañizárez, Estefanía Carrera, Francine Córdova, Karina Cortez y Viki Bastidas. Fotos: John Guevara

Las historias de los personajes de la 24 de Mayo se narran en madera y tela

El lugar en donde está ubicada la Fundación Estampería Quiteña —desde 2006— fue un antiguo molino, en los respaldos de la ‘Capilla del Robo’, que le debe su existencia a un suceso de 1649.

Hay un lugar del Centro Histórico de Quito que se oculta de los turistas. Uno en que el arte está alejado de los flashes extranjeros y cerca de las miradas autóctonas.

Pese a que no es un blanco comercial, la Avenida 24 de Mayo contiene repositorios artísticos que han mutado con el tiempo y cuyos relatos se hallan en los testimonios de sus vecinos y en los grabados de la Estampería Quiteña, cercana a la calle Imbabura, junto a la ‘Capilla del Robo’.

Una de las imágenes que ‘la 24’ trae a la mente de quienes la recuerdan luego de habitarla durante la segunda mitad del siglo XX es la de cachinerías, lugares casi clandestinos en los que algún vecino —discreto— comerciaba con objetos robados a sabiendas de que lo eran.

Uno de estos le dio nombre a una de las pocas capillas que no está abierta a los turistas en uno de los Centros Históricos mejor conservados de América Latina. Cuatro ladrones habían entrado al convento de Santa Clara por un baúl plateado que los deslumbraba en horas de la misa. El 19 de enero de 1649 hallaron dentro la copa del Santísimo Sacramento que le daba sentido a su delito porque era de plata, lo único valioso de su botín.

Herejes como eran, dejaron un reguero de hostias y el baúl vaciado junto a la quebrada de Ullaguanga Huayco —que luego tomó un nombre bíblico: Jerusalén— sin pensar que la ausencia de la reliquia provocaría procesiones y clamores de la ciudad a la que entonces aún le calzaba el adjetivo de Franciscana.   

Los cachineros no pudieron escapar de los devotos, fueron duramente condenados, y en el lugar de las pistas se construyó la ‘Capilla del Robo’, cuya imagen, grabada al aguafuerte —en 2007, por Ramiro Guarderas— se puede ver en la Fundación Estampería Quiteña.

Es un despropósito contar los objetos que se vendían en la 24 de Mayo a espaldas de sus dueños, pero uno, el Sagrario, derivó en la construcción y, luego, —a través de la acción del ácido nítrico sobre una lámina cubierta con una capa de barniz— en una estampa.  

El azar puede edificar templos en el lugar de las fechorías y la memoria de esto puede dibujarse, con una aguja, sobre una superficie metálica en la que un disolvente le dé al barniz su acabado.

La estampería ya es parte del barrio y su directora, Carina Suntaxi, explica con una frase el sentido que los talleres  —para artistas y vecinos— buscan forjar: “El arte está en la calle”. Hacer visible el trabajo de 18 años de la estampería será posible en grandes matrices de xilografía y su impresión con planadora en tela, el sábado 16 de enero de 2015.

Las estampas actuales   

Los grabados son ‘Crónicas de la 24 de Mayo’. Hubo un taller de escritura —dirigido por Luis Recalde— al cual asistieron los 26 grabadores (entre quienes incluso hay diseñadores e ilustradores) que definieron  las historias que plasmarían, primero a punta de gubia, sobre madera, sin necesidad de químicos, a veces con bocetos, para luego entintarlos con un rodillo y que la imagen aparezca al revés, como en un reflejo, y solo vuelva a su normalidad después de que la planadora estampe en tela cada escena.   

Los 4 meses de los talleres empezaron con una charla sobre espacios urbanos que dio la antropóloga mexicana Andrea Fajardo. También hubo una conferencia sobre Memoria que estuvo a cargo de Gary Plaza, y Arnoldo Sicles dio el taller de xilografía a los moradores de la 24 de Mayo. El proyecto ganó los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura de Ecuador y Seguros Sucre.

Los cronistas de la 24 de Mayo

El tradicional bulevar tenía a un botellero entre sus vecinos reconocibles. Tomás Molina era un recolector a quien las botellas de plástico, producidas en serie, fulminaron. Su negocio era la compra y venta de botellas, a las que la artista Viki Bastidas les siguió el rastro hasta un repositorio de El Panecillo, la casa de Molina, en donde quedó impresionada por su exuberancia y el cuidado con que se guardaban.

Bastidas usó su gubia para forjar las botellas que ya no tienen su lugar de expendio en ‘la 24’. Hay transparencias sobre la madera que usó y la Virgen de Legarda está cerca de la calle, con la iglesia del Robo y la estampería incluidas.     

Otro de los oficios que se plasman en los grabados es el del zapatero. La ‘Cosedora San José’, de la Calle Imbabura —camino a la Plaza Victoria—, tiene a un maestro ataviado con una camiseta de Liga Deportiva Universitaria, lentes sobre media nariz y un bigote risueño que le ha dado largas a la artista Margarita Ullauri a la hora de contarle su historia a profundidad.  “Como todo buen quiteño es plantilla”, bromea ella, quien ha completado su obra, en la que aparece una estantería de calzado, con la ‘casa roja’, en la que, según cuentan los vecinos, se ejerció la prostitución hasta la muerte de su dueño, luego de lo cual se empezaron a arrendar las habitaciones a los migrantes internos que venían a probar suerte en una ciudad que no solía (ni suele) acogerlos de buenas a primeras.    

El grabado de Ullauri tiene detalles que develan el sonido de los tacones, que arreglan las manos de artesano de José, sobre las piedras de las tradicionales calles céntricas, junto a los frisos de la capilla.  

La artista deja de empuñar la gubia para soltar una crítica, mientras acumula los restos de madera con las palmas abiertas: “es lamentable que con la restauración (de la Avenida 24 de Mayo) se hayan llevado puertas, piedras del Quito colonial y moderno, uniformando todo, sin considerar el patrimonio real”.

La ‘casa roja’ se ha dispersado en el Centro Histórico y, en el bulevar, un puñado de trabajadoras sexuales se ha organizado para discutir con Nelly Hernández (Presidenta de la Asociación 24 de Mayo) una estrategia por si vuelven a ser desalojadas de lugares como la Plaza del Teatro Nacional Sucre. Son personajes vivos cuya historia parece extenderse al pasado, como las traperas, los cargadores y hasta los perros callejeros, desplazados por restaurantes y bares de la zona.

Los pasos que Mariana talla se renuevan y, junto a ella, Álex Tapia le da los últimos detalles al retrato azaroso de Cristian, un amigo trashumante que le contó lo que develará el sábado, “con una mediecita (aguardiente), por qué no”. (F)

Luis Fernando Fonseca

(Quito, 1988) Periodista. @LuifinoFonseca