Bibliotecas monumentales perdidas por descuido

Unos sacos destejiéndose por el peso de libros viejos y hojas desmembradas de su pasta como consecuencia del tiempo y el maltrato se confunden con la basura. Están afuera de la Biblioteca de la Universidad de Guayaquil, una de las más antiguas del país. Algunos viandantes han excluido la posibilidad de encontrar en aquellos sacos, venidos a menos, algo valioso. Los ignoran o consagran como basura: sobre uno de ellos hay una tarrina con los restos del almuerzo. Los libros se han vuelto un residuo del tiempo.

Estos sacos, como otros que fueron trasladados a una bodega para buscarles destino, estuvieron por años en las estanterías metálicas de la biblioteca central. En algunos de ellos había donaciones no inventariadas y las autoridades de la universidad, en proceso de evaluación para determinar sus estándares de calidad, tuvieron que buscarles un lugar donde no se viera el descuido. «No podían estar estos sacos mientras nos visitaba la acreditación», dice Ruth Carvajal, directora de la biblioteca, ante las denuncias por el sacrilegio de botar libros. En su justificación formal, por escrito, explica que se trasladaban los sacos a una bodega «hasta cumplir —de acuerdo al comunicado— con la programación de su destino definitivo». En el proceso, algunos se rompieron y terminaron arrinconados como basura.

Según Carvajal, con el proceso de acreditación que debe cumplir, la universidad no suma los títulos impresos hace más de cinco años, y la transición por «mejorar los estándares educativos» equivale a la implementación de libros digitales. El conocimiento debe estar actualizado. En esas condiciones, los fondos bibliográficos que se han ido acumulando con el tiempo desde la afición de un librero no tienen posibilidades de encontrar un sitio seguro para su preservación en la Academia.

La biblioteca de un jurista

La mitad del décimo piso de un edificio del centro de Guayaquil era la biblioteca, y la otra mitad era el estudio jurídico de Rafael Pino Rubira. Una exalumna suya, Grace Sánchez, trabajaba ahí con él, y repasaba con la mirada esa biblioteca en cada reunión.

Cuando el jurista murió en un accidente de tránsito en 2006, Grace les propuso a los hijos de Pino que conservaran la biblioteca en la facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Guayaquil, donde “el doctor”, como lo llama, dio clases por 34 años. Quería que, como ella, otros estudiantes de leyes pudieran hallar respuestas legales de tiempos remotos.

Los hijos crearon una fundación para entregar en comodato por cien años las estanterías de madera y los libros a pesar de que otros estudios jurídicos estuvieron interesados en adquirirla. La entrega se posibilitó con dos condiciones: que se les asigne un espacio con el nombre del doctor y que alguien de su confianza estuviera cuidando de ellos. La persona encargada, desde entonces, es Grace.

El comodato se firmó dos años después de la muerte de Pino Rubira. El proceso debía acelerarse porque la banca, con la que el jurista dejó una deuda pendiente, quería embargar el estudio con todo, incluido el archivo bibliográfico que había conseguido viajando por el mundo. «Los hijos del doctor entendieron que conservar una memoria histórica no tiene precio», dice Grace.

Por un tiempo, los libros estuvieron resguardados en una bodega en Lomas de Urdesa. La biblioteca Rafael Pino Rubira se fundó en diciembre de 2008, en reemplazo de un aula que siempre se inundaba. Entre el fondo bibliográfico hay publicaciones del siglo XIX, la obra completa de Andrés Bello, el comentario al Código Napoleónico de Charles Demolombe, uno de los juristas de confianza de Napoleón Bonaparte y el libro de derecho territorial que escribió el padre de Pino Rubira, Agustín Pino Icaza. Los libros tienen las tarjetas de estudio de su dueño, su marca de revisión por las páginas.

Al frente de la biblioteca Grace consiguió que los 298 libros del siglo XIX estén en la lista de patrimonio cultural, para así preservar su cuidado; gestionó un nuevo fondo de libros de una maestría que no fue viable en la Universidad de Machala, además de una donación particular y una compra que la Universidad actualmente no reconoce. Enfrentó la soberbia de un decano, cuando quiso construir dos secretarías en el espacio de la biblioteca y pasar los libros a la general. «Y nosotros para qué queremos la biblioteca de un burgués», le dijo un funcionario administrativo. Después de arreglar los intentos de reducir el espacio de la biblioteca enfrenta un proceso administrativo con el que quieren despedirla de la institución, bajo el riesgo de que la fundación de Rafael Pino Rubira declare incumplido el convenio de comodato y la institución deba indemnizar a sus herederos. «Si eso pasa, nosotros ya tenemos arreglado otro destino para la biblioteca», dicen los herederos.

La biblioteca de un comunista

Durante 25 años, la biblioteca de Manuel Medina Castro estuvo abandonada en el espacio que el intelectual le construyó en su casa, en el barrio Orellana: un tercer piso con dos habitaciones dedicadas solo a libros, piezas precolombinas y su hamaca.

Con una luz que apenas entraba por la ventana pasaba las tardes al regresar de su exilio en Cuba. Ahí se conservaron los libros y algunos manuscritos que consolidaron la escritura de América Latina y Estados Unidos Siglo XIX, con el que ganó el Premio Casa de Las Américas en 1968. Este fue, según el escritor lojano Ángel Felicísimo Rojas, «un tratado de casi 800 páginas que narra, con escalofriante objetividad, la infortunada historia de las relaciones de Estados Unidos con América Latina en el siglo pasado». La biblioteca, el primer lugar que delata el pensamiento de un hombre, fue objeto de expiación durante la dictadura de 1963, cuando un grupo de militares derrocó a Carlos Julio Arosemena. Entraron a su casa y tiraron de uno en uno los libros por la ventana hasta dar con uno con el cual pudieran acusarlo de comunista. Esa vez lo único que encontraron fue una revista Time con la foto de Fidel Castro. Fue suficiente.

Los cuatro hijos de Manuel Medina intentaron donar el fondo de 20 mil ejemplares de su padre a la Universidad de Guayaquil, donde fue por más de dos décadas docente de Historia de la Economía Ecuatoriana. Entonces, asistir a sus clases era casi un ritual. Los hijos no pudieron llegar a un acuerdo con la institución y, ahora, ante los ojos del deterioro de las revistas de la Unión Soviética, las obras completas de Lenin y algunas ediciones de sus publicaciones como ¡No ruptura con Cuba!, prefirieron no volver a intentarlo. Cuando supieron de los sacos llenos de donaciones que se partían por el peso y el descuido, el hijo mayor de Medina arregló que el fondo de su padre vaya a la Biblioteca Municipal de Guayaquil, aunque sin garantías de que tenga un espacio con su nombre ni que sus libros estén juntos, como pasaría con el de Carlos Calderón Chico, luego de la venta a la misma institución.

La biblioteca de Elías Muñoz Vicuña, uno de los pocos historiadores con documentación sobre la masacre obrera del 15 de noviembre de 1922 está cerrada y no tiene destino. En Guayaquil las instituciones no valoran el acervo de sus intelectuales.

Los libros de Ecuador de Miguel Díaz

«En dos años empiezo a vivir mi centenario», dice Miguel Díaz Cueva en uno de los pasillos de su biblioteca. Desde los 17 años se ha dedicado a coleccionar libros de autores ecuatorianos y todo lo que se publica sobre Ecuador. La suya es una biblioteca especializada, como la que formó el padre Aurelio Espinosa Pólit, con la ayuda de todos los jesuitas y libreros del mundo, a quienes pidió que, cuando tuvieran un libro sobre Ecuador, se lo hicieran llegar. «Usted debería hacer lo mismo», le dijo a Miguel Díaz Cueva. Va por los 20 mil títulos.

Al iniciar su misión, seleccionaba los libros para que se los comprara su padre. Cuando empezó a ganar su propio sueldo, entabló contacto con una librería de Quito para que le separaran cada libro de un autor ecuatoriano que constara entre sus novedades. Al final del mes, Díaz Cueva retiraba cajas de libros entregadas a crédito. Su cuenta a veces estaba en blanco y a veces difería su deuda hasta que se liquidó la librería. Fue el primer empleado del núcleo de la Casa de la Cultura de Azuay. Desde su posición, generó la posibilidad de que la matriz envíe todas sus publicaciones a Cuenca y naturalmente se quedaba con uno. A punto de cumplir los cien años, tiene dudas sobre el destino de sus libros. Su hija, Susana, dice, luego de recorrer junto a su padre la librería: «Eso ya lo veremos».

César Chávez, bibliotecario del Centro Cultural Benjamín Carrión, cree que hace falta una reglamentación a través de la cual se pueda valorar el costo real de un archivo y que la Biblioteca Nacional de la Casa de la Cultura tenga realmente un sentido de lo nacional, para que su fondo se nutra de material de personalidades históricas para el país y que «creen un sentido histórico respecto al conocimiento». Para Chávez es fundamental sembrar ese interés para que no se pierdan, como pasa con muchas bibliotecas.

Según el historiador Ángel Emilio Hidalgo, «las bibliotecas públicas o privadas que atesoran libros incunables, antiguos, raros o únicos, forman parte del patrimonio cultural de una nación y deben ser consideradas a la luz de la legislación vigente». Dice que es lamentable que no se haya podido garantizar la integridad y el destino de las bibliotecas de algunos intelectuales de la ciudad ya fallecidos. «Significa entonces que no se ha valorado suficientemente el esfuerzo y legado de quienes edificaron estos monumentos de memoria». Para Hidalgo, hay que medir el valor de las bibliotecas públicas o privadas que puedan ser adquiridas por una institución para su preservación no en función de metros lineales, sino de establecer criterios técnicos adecuados para precautelar su existencia: levantar un completo inventario, donde se especifiquen las características de cada uno de los bienes culturales que forman una colección bibliográfica. Luego, investigar el valor histórico de cada bien, lo que determinará costos referenciales. Solo entonces se sabrá qué bienes poseen características patrimoniales, aspecto fundamental del proceso, ya que esto incidirá en la valoración total del conjunto.

En una conferencia en Guayaquil, la investigadora de artes escénicas Giulia Palladini citó la historia de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, para explicar su noción del ‘archivo afectivo’. En la novela, la policía incendia los libros por orden del gobierno. Mientras desaparecen los vestigios de lo escrito, en el bosque se encuentran personas aisladas de todo que repiten fragmentos memorizados de sus libros favoritos. El archivo afectivo es la posibilidad de que la memoria escrita en pasado reencarne como un juego colectivo que podría producir nuevos conocimientos y creaciones. Las bibliotecas son inventarios que, como diría Mario Benedetti, quedan vacantes tras la extinción de su dueño.

Modificado por última vez en Viernes, 27 Enero 2017 17:59