Mónica Ojeda: «Lo indecible te lleva más a la poesía que a la narrativa»

Nefando, la segunda novela de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988), tiene un alto componente de literatura pornográfica. Viene de esa tradición, dice la autora, porque le interesa abordar los límites de la literatura. Por lo general, se cree que la literatura es la descripción de la belleza, o una descripción bella de algo, pero siempre queda la duda de si no es algo más.

Lo que narra en Nefando son cosas de las que no se habla. Todo se desencadena en un departamento donde viven seis personas: Kiki Ortega, becaria mexicana que decide escribir una pornovela que narra cómo un par de niños exploran sus sexualidad con sus compañeros; Iván Herrera, un homosexual reprimido que, para lidiar con sus erecciones empedernidas, practica constantemente un ritual de autolaceración que no llega a consumar; el ‘Cuco’ Martínez, un programador informático que colabora con una pequeña banda de carteristas de plaza, y María Cecilia, Emilio e Irene Terán, tres hermanos ecuatorianos que deciden crear Nefando, un videojuego para la Deep Web en el que difunden una serie de videos en los que su padre aparece abusando sexualmente de ellos cuando eran niños.

Aunque el nombre del videojuego le da título a la novela, el tema que se aborda en este libro no es la pornografía infantil, defiende su autora. Sí, es el hilo conductor que une a todos: intercaladas entre los capítulos hay numerosas conversaciones entre los personajes con un misterioso entrevistador, en las que hablan con extrañeza y algo de espanto, como si no tuvieran sus propios conflictos, sobre el videojuego.

Pero el abuso infantil es solo una arista del ambicioso interés de escribir una novela sobre aquello que no se puede decir. Lo esencial es el trabajo «con la incapacidad de contar determinadas experiencias», dice Ojeda, y refina la descripción: todos los personajes viven experiencias relacionadas con el cuerpo y con los tabúes.

Por eso es tan importante la influencia de la literatura pornográfica, que en diferentes momentos ha jugado incluso un rol político en las sociedades en las que se produce. Sin ir muy lejos, entre los setenta y los ochenta, novelas de este género abordaron temas relacionados con el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo en países dominados por dictaduras de derecha, misóginas y represivas, como Argentina, Chile o Uruguay. El estudio de este género, curiosamente, ha sido despreciado en América Latina, porque lo primero con lo que se relaciona a la pornografía es con la abyección y con lo repulsivo.

Además de Nefando, Mónica Ojeda ha publicado La desfiguración Silva (premio Alba de Casa de las Américas 2014) y el poemario El ciclo de las piedras (premio Desembarco Poético 2015). Aquí, la autora habla sobre su intento de verbalizar lo que no se puede decir.

Nefando es una escalera de emociones. Cada capítulo llega a un tope de intensidad hacia el final. ¿Hay una estructura intencional para lograr esto?

Voy a ser honesta: soy caótica. No soy la típica narradora ordenada. Siendo poeta, Mario Montalbetti dice que todo el mundo confía más en los novelistas. Hay esta idea de que narrador es una persona esquemática que controla lo que está haciendo. De un poeta, en cambio, se espera que no lo controle. Pero decir que como narrador no se controla lo que se escribe, suena mal. No soy ordenada. Mi vida es un caos cuando escribo. No planifico al detalle de qué forma empiezan y terminan los capítulos. Solo tenía unas preguntas iniciales y lo que hice fue jugar mientras escribía. Cerraba un capítulo y empezaba con otra voz narrativa cuando me aburría la voz anterior.

Como lector, pasa lo contrario: cuesta empezar cada capítulo, porque se ha llegado a un pico de intensidad.

El sentimiento del lector es diferente. No estaba pensando mucho en el lector, realmente. Quería armar algo en lo que yo la pasara bien mientras escribía. La obra fue calzando porque se trataba de habitaciones, mundos encerrados en sí mismos. Luego, las entrevistas hilvanaban todo. Eso surgía a medida que iba escribiendo, no fue planificado. De hecho, escribí todo en el orden en que está publicado.

Siendo caótica, ¿cómo has publicado dos novelas y un poemario en tres años?

Los vomito. Nunca tengo una historia antes de empezar a contar. Tengo un impulso por cosas que quiero explorar y lo dejo ser. En Nefando quise escribir sobre el cuerpo y las experiencias. A partir de esa necesidad, empecé a tener ideas. Lo que escribo sale en momentos de muchas ganas de escribir.

En los capítulos de la pornovela hay elementos poéticos muy importantes. Y hace poco publicaste un poemario. ¿Qué relación tienes con la poesía?

Siempre he escrito, principalmente, narrativa, pero nunca he creído que la narrativa sea un género limpio. De hecho, es un género sucio. En la narrativa que más me gusta hay mucha poesía. Clarice Lispector, una narradora que hace poesía, me encanta. La considero también poeta. A ella y a Juan José Saer.

Creo en la hibridez y en la libertad para que esa hibridez fluya.

Nefando contiene un tema que me arrastraba muchas veces hacia la poesía. El tema era «lo indecible». Eso que te deja en silencio porque no tienes palabras para decirlo. En el caso de la obra, se trata de cosas espantosas y del horror. Cuando no hay palabras para decir algo, pero se tiene un ímpetu de escritura, eso te arroja más a la poesía que a la narrativa. La necesidad puramente prosaica te arrastra cuando tienes una historia que contar, pero cuando tienes algo que quieres decir que no es una historia, sino una sensación, emoción o experiencia física, entonces va la poesía.

Nefando surge como varias historias que quiero contar sobre lo que no se puede decir. Es prosa atravesada todo el tiempo por la poesía.

Los protagonistas de la pornovela difundían poemas con un lenguaje muy crudo. Más que una travesura adolescente propia del despertar sexual, parecía una especie de manifiesto. ¿Qué tanto lo es?

Lo que hacen es desnudar el lenguaje. Una parte de Nefando está dialogando constantemente con la tradición pornográfica y esa parte es precisamente la que aparece en la pornovela, a la que podríamos considerar un pastiche o remake del género pornográfico. Lo que más me interesa de ese género es que te pone en los límites de lo que es o no literatura. Por lo general, las personas tienden a pensar que la literatura es un decir bello, por lo tanto un trabajo con la palabra que la aleja de su uso cotidiano, en el que maldecimos, blasfemamos, etc.

Por eso, la literatura intenta, en principio, huir a los clichés. Lo que pasa con las novelas pornográficas es que no le huyen a la «mala palabra». Permiten que la voz narrativa asuma las «palabras prohibidas» y llaman a las cosas por su nombre, y ahí radica la diferencia con las novelas eróticas.

La literatura pornográfica te obliga a plantearte si la literatura es describir la belleza o describir de una forma bella lo que no es bello, o si es algo más. Y me interesa ese problema ontológico de la escritura.

¿Tienes otro interés además de ese «problema ontológico»?

Muchos. Uno es el que te lleva a preguntarte qué es lo que es literatura. Otro está en el género. La escritura pornográfica subvierte los roles de género. A veces caricaturiza estos roles y, al hacerlo, evidencia que son construcciones, precisamente por la facilidad con la que se vuelve caricaturas.

También hay una cuestión de hablar del cuerpo y de lo que se supone que debe estar abajo de la sábana: hacer de lo privado algo público. Creo que la literatura pornográfica tiene un componente político muy importante. Investigando la literatura pornográfica del Cono Sur en la época de las dictaduras, que eran de derechas, misóginas y represivas, encontré que se escribían muchísimas novelas pornográficas que circulaban de forma clandestina y que estaban vinculadas con temas políticos duros como el aborto, el cuerpo de la mujer, etc. En estas publicaciones, los aparatos ideológicos del Estado aparecen burlados, existen orgías que se desatan en salas de juicios. Muchos escritores tuvieron que exiliarse. En Argentina, Griselda Gambaro y Osvaldo Lamborghini. No era por azar que se desarrollaran estas obras en Argentina, Uruguay o Chile. Era revolucionario. Todo esto era como «tocarle las pelotas» al sistema.

¿Alguien más ha hecho esta misma lectura sobre el género pornográfico?

Muchos libros estudian el componente político de la pornografía. La invención de la pornografía, de Lynn Hunt, ayudó mucho a mi trabajo. Pero en América Latina se percibe la palabra «pornografía» como abyecta y repulsiva, y se piensa que no podría ser algo literario. Se cree que para hablar de sexo y literatura, lo adecuado sería recurrir al erotismo, porque supuestamente la pornografía no es arte.

¿Hay alguna intención política con tu obra? ¿Alguna postura feminista tal vez?

A Nefando no le veo nada feminista. Yo soy feminista, pero mi trabajo literario no aborda lo que quiero que cambie, sino lo que es. Yo busco entender aspectos de esa realidad, que son zonas oscuras para mí que de repente se iluminan un poco cuando estoy escribiendo.

El feminismo es esencialmente una crítica, y las feministas que no hacen crítica de su feminismo, se convierten en fundamentalistas, y ese es uno de sus principales problemas. Mi trabajo en ningún aspecto intentaría ser fundamentalista, sino más bien generar debate.

En la novela no tomas posturas, pero exponer las cosas como son puede ser una forma de practicar la militancia...

Pero es que no tengo por qué hacer militancia en el libro. Personalmente, estoy en contra de que se violente otro cuerpo, pero en la pornovela se habla de niños que les hacen daño a otros niños y no lo condeno.

Muchas de estas cosas que has dicho están de alguna manera vinculadas con las preocupaciones de Kiki Ortega, el personaje de una becaria que está escribiendo una novela. ¿Te incluiste a partir de Kiki Ortega dentro de la obra?

Yo creo que estoy incluida en todos los personajes. Mi visión personal de la escritura es que al construir personajes no se habla de «otros», sino de cómo el escritor percibe a otros. En el fondo, siempre estás hablando de tu propia perspectiva. Pero sí se puede considerar que en Kiki estoy más que en otros, porque ella se pregunta mucho por la escritura y está trabajando en una novela pornográfica. Muchas preocupaciones mías están en ella.

Es que, de todos, la integridad de Kiki es la que está más cuidada...

Iván es un personaje que se autolacera y mata perritos. Martínez no hace nada, pero por no hacer nada, precisamente también está en un lugar ético comprometido. Los hermanos Terán no hacen nada en principio, pero crean Nefando y suben sus propios videos de pornografía infantil. Kiki solo tiene una situación del pasado que no puede resolver, que es el recuerdo de su madre metiéndola en un baúl porque escribe cosas sucias. Lo que le pasaba a Kiki tal vez no se compara con lo de otros personajes, pero no está especialmente cuidada, tiene sus propios conflictos con su cuerpo y su pasado. Todos los personajes tienen algo del pasado sin resolver.

Durante la investigación para la novela, buscaste en la Deep Web algunos foros de pedófilos. ¿Qué encontraste ahí?

Cuando entendí que debía escribir no solo sobre abuso sino sobre este mundo en el que se lo comparte con otras personas en video, me metí a la Deep Web para encontrar publicaciones al respecto. Accedí solo a foros abiertos, en los que no hay material pornográfico, pero existe debate. Hay discursos sobre la pornografía o el abuso infantil con usuarios que comparan sus experiencias. Las descripciones son chocantes. Hacen «top 10» de los videos más impactantes de pornografía infantil que han circulado por la red, presentan manifiestos para no contenerse o sentirse culpables en caso de ser pedófilos.

Necesitaba leer eso para crear Nefando. Sentí horror de ver cómo alguien puede construir un discurso en torno a lastimar a otro, pero a su vez el interés me empujaba hacia dentro. En ese momento, me pregunté si yo estaba disfrutando de leer ese tipo de testimonios. A pesar de sentir un horror por lo descrito, mi intención era entender cómo funciona el discurso y la mente de una persona que hace este tipo de cosas. Entonces, cuando empecé a leerlo y a tratar de meterme en su lógica, bastante en línea con el Marqués de Sade, me cuestioné a mí misma, pues lo estaba entendiendo. Luego comprendí que entender no es justificar, sino saber cómo funciona una mente y después seguir pensando que esa mente es incapaz de compadecerse por el dolor de otro, poniendo por encima su placer.

Un ejercicio de empatía es un intento de ponerse en los zapatos de otro. Entonces me cuestionaba si era correcto ponerme en los zapatos de quien abusa o si debería ponerme, más bien, en los zapatos de la víctima. Esta situación me causó un conflicto muy intenso.

¿Qué cosas decían?

Los manifiestos buscan convencer a los pedófilos de que el deseo que sienten no debe de reprimirse porque hacerlo sería alinearse a una normativa social. Hablan del perverso polimorfo de Freud y de cómo los niños, en realidad, sí tienen sexualidad desde que son pequeños y se tocan.

En efecto, los niños sí son seres sexuales, pero los pedófilos y pederastas que escriben estos manifiestos pervierten ese hecho hasta llevarlo a un punto sádico. Es como leer Filosofía en el tocador de Sade. En este libro existen partes que son casi manifiestos de por qué no hay nada de malo en matar a alguien o lastimar a otra persona para llevar a cabo todos tus deseos. Los participantes de este foro hacen justamente eso: citan a Freud, a Sade y a otros filósofos y desarrollan manifiestos muy bien escritos, con argumentaciones sólidas que conducen a pensar que la única razón por la que las personas no satisfacen en su totalidad sus deseos es porque la sociedad te podría calificar de perverso. Sostienen que esta represión de deseos es solo cultural.

En Nefando hay niños que han sido violados por su padre. No podría, personalmente, defender eso. Pero también hay una pornovela con niños que tienen sexo entre ellos, voluntariamente. No me trago el discurso de que los niños son seres que no tienen sexualidad. Los niños descubren su cuerpo, se tocan abiertamente y no tienen tabúes. El tabú lo pone el adulto que le dice que tocarse está mal.

Modificado por última vez en Martes, 14 Marzo 2017 03:06