Siete esbozos de Pablo Palacio

Alguna vez, Pablo Palacio Palacios, hijo del autor lojano Pablo Palacio, se refirió a una idea casi cabalística acerca del número siete que rodea la vida del creador de Un hombre muerto a puntapiés: murió el 7 de enero de 1947; su hijo nació el 7 de enero de 1940; Palacio Palacios tenía 7 años cuando falleció su padre; Carmen Palacios, viuda del autor, fue sepultada el 7 de agosto de 1976; 77 son las cicatrices tras sufrir un accidente en el río a los 3 años.

Y este 2017 se cumplen 70 años de su muerte, coincidencia que se incorpora una vez más al imaginario que rodea al mito. Es mucho lo que se ha hablado acerca de Palacio. Se lo ha etiquetado como el innovador y transformador de una forma de narrar que supera la mera reproducción de las realidades sociales de la época. Se lo identifica por exhibir un gabinete de seres «fuera de la norma» y por incorporar en su obra pequeñas vivencias, insignificantes para el realismo social.

Para situar a Palacio también sería preciso analogarlo a Julio Garmendia, Martín Adán, José Félix Fuenmayor, César Vallejo, por nombrar a algunos representantes de la vanguardia hispanoamericana. El escritor lojano fue uno de los ejecutores de las nuevas fórmulas estilísticas en ese «descubrimiento de las maravillas de lo cotidiano (que) representa(n), evidentemente, un enriquecimiento de las posibilidades de experiencias del “hombre urbano”», según apunta Peter Bürger en su publicación La obra de arte vanguardista.

1. Vida en un cubo

Palacio nos sigue diciendo muchas cosas. Tiene una mirada que se instala en los alrededores de una sociedad que limita a sus ciudadanos, transforma la concepción de personajes que habitualmente eran planos como rasgo predominante de la época. La reacción del autor lojano es la de quien protesta y es consciente de que desde el poder no es posible narrar. Para ello, desbarata las estructuras judiciales en sus relatos, y gestos inabarcables rodean su narrativa. En Vida del ahorcado, Andrés Farinango, el condenado, dice a modo de presentación: «Venid, entrad, señoras y señores burgueses, señoras y señores proletarios». A partir de esta invitación, emergen las ideas inconexas —una fórmula ya conocida en Palacio—, se tratan temas incómodos y se aborda a seres incomprendidos, que sin razón alguna son protagonistas de las situaciones más condenables en el orden civil. Vida del ahorcado es el relato del hombre que deja conducir su cuerpo por las retorceduras de la mente y que en ningún momento obliga al lector a condenar al personaje, a descalificarlo y ponerlo en el lado de los malos. Andrés es un filicida, cuyas acciones, al igual que las de Nico Tiberio, protagonista de El antropófago, tienen origen en esferas ocultas que escapan a cualquier intento de empatía social. Vale hacer referencia a una sospechada característica de las sociedades contemporáneas y de Palacio, que era un adelantado, de incluir la noción de «horrorismo» (neologismo transformado de la palabra terrorismo), como lo definió la filósofa italiana Adriana Cavarero: «(un modo) que ayuda a suponer que un cierto modelo del horror sea indispensable para comprender nuestro pensar».

2. Contra el panoptismo

Si se acoge la idea de Michel Foucault de que «el panóptico (…) debe ser comprendido como un modelo generalizable de comportamiento; una manera de definir las relaciones de poder en la vida cotidiana de los hombres», hay varios personajes de Palacio que se inscriben en este concepto de control, y el autor, como un conocedor de las leyes, modela conductas atrapadas en las redes que tienden las sociedades controladas.

Más allá de cuestionar leyes o de dar a entender que hay un orden que limita libertades, prevalece lo irracional, se instaura como un eje común y surge una nueva jerarquía en las narraciones de Palacio. En Señora, un relato que empieza con una mujer que acusa a un joven de robarse su «bolsita de joyas» durante una salida al teatro, incorpora una serie de sentencias que le hace preguntarse al lector lo mismo que opina el personaje acusado: «¿Estoy yo loco o está ella loca? (…) ¿Soy ladrón o no soy ladrón?». Es decir, encontramos las posturas implícitas de lo correcto e incorrecto, de lo que es normado o no normado.

Esta situación también se repetirá en voz de otros personajes masculinos conocedores del orden público, individuos expuestos en estas ficciones para desbaratar un sistema de valores predominantes. El protagonista de Las mujeres miran a las estrellas, Juan Gual, es un historiador «dado a la historia como a una querida» —como lo describe el narrador—. Para Gual, la reputación es más importante, por lo que decide hacerse de la vista gorda ante una infidelidad de su esposa con un copista con quien engendrará dos hijos más: «Tres datos: el historiador tiene 45 años; la señora del historiador, 23; el historiador se porta un poquito flojo».

En este cuento, relucen modelos de conducta patriarcales conducidos a una pasividad: «Hay que esperar. La vida es una paralización de espera. Siempre estamos mirando, a la ventana, que pase el buen tiempo». Como si tratase de capturar el presente de muchos hombres, Palacio modela una aparente postura ante la sociedad. Es decir, no solo los «anormales» importan, también está el hombre común atrapado por el sistema, he aquí un guiño a los personajes kafkianos.

El amor, como es de suponerse, se «presenta de una forma especial». Primero, porque hay que aislar a los protagonistas de sus otras motivaciones y entenderlos en su mundo fragmentado. En el orden discursivo, el amor es un tema que pasa a un segundo plano, pero que no hay que perder de vista. En La doble y única mujer, se enuncia: «Diré pronto que estaba enamorada de él. Y como antes ya he explicado, este amor no podía surgir aisladamente en uno solo de mis yos».

3. En busca de Eros

El amor, como es de suponerse, se «presenta de una forma especial». Primero, porque hay que aislar a los protagonistas de sus otras motivaciones y entenderlos en su mundo fragmentado. En el orden discursivo, el amor es un tema que pasa a un segundo plano, pero que no hay que perder de vista. En La doble y única mujer, se enuncia: «Diré pronto que estaba enamorada de él. Y como antes ya he explicado, este amor no podía surgir aisladamente en uno solo de mis yos».

Como ella, los otros personajes son seres torturados, pero no imposibilitados de amor. Así, en esta misma dualidad se inserta Andrés y la proximidad que tiene con Ana en Vida del ahorcado: «Ana, primer instante de la mañana más amarilla (…) por eso yo también estoy lleno, con la tranquilidad del mueble fino que tiene todas sus superficies lisas y sus junturas cabales, justas y completas. ¿Ves, ves que yo me he comparado con un mueble fino? Ana, te amo».

Según la crítica María del Carmen Fernández, «el teniente de Débora y Antonio Recoledo, el sociólogo de ‘Un nuevo caso de mariage en trois’, son personajes inactivos que, incapacitados para la vida, sueñan con una mujer irreal».

También hay un Palacio que narra las pequeñas vidas del campo, dos personajes, que en ‘Los aldeanos’ huyen a la ciudad para poder estar juntas (no para tener un mejor desarrollo de vida):

Miguel creía todo lleno de los ojos grandes de Margarita, y en los ojos de ella lo veía todo: el campo grande y florido, como su ilusión.

4. Ruptura

Hay sin duda una serie de licencias y libertades poéticas presentes en el autor de Débora. Desde la inclusión de onomatopeyas que resultan tan pertinentes al relacionar un Chaj/ Chaj/ Chaj o un ji, ji, huy, huy, tac, tac, como esos resonadores que acompañan todo el dominio de lo real. Además, es evidente que la estructura lineal desaparece y que la discontinuidad en el discurso es una impronta en Palacio, propia de los vanguardistas:

El vanguardista por su parte, reúne fragmentos con la intención de fijar un sentido (con lo cual el sentido podría ser muy bien la advertencia de que ya no hay ningún sentido). La obra ya no es producida como un todo orgánico, sino montada sobre fragmentos.

Peter Bürger, La obra de arte vanguardista

5. Salto a la irrealidad

El mundo psíquico y de los sueños es tomado en cuenta en la narrativa de Palacio como el hilo conductor que será parte de algunos de los relatos. En ‘Luz lateral’, el narrador en primera persona es protagonista y expone su situación:

Al octavo tuve un sueño especialísimo que me llenó de inquietudes. Por inherente disposición creo en lo misterioso y no dudaba ni dudo de la veracidad de ciertos sueños que son para mi proféticos.

También podría entenderse la «transición del mundo» propuesta en Vida del ahorcado, Andrés empieza su testimonio con un «yo he despertado». Solo seguir su recorrido es probar la fuerza de la alegoría que Palacio promueve en este relato. Para Walter Benjamin, entenderla es posible en términos de nostalgia y extrañamiento.

6. Víctimas del absurdo

Sin duda, acomodar el tapiz literario para exponer a seres en acciones fuera de lo común y lejos de toda racionalidad tiene en Palacio un puesto principal. Existen varios cuentos —al estilo de Un hombre muerto a puntapiés— en los que se exhibe la tendencia a colocar a personajes en contextos cotidianos sin grandes acontecimientos que exponer. Sin embargo, la fuerza de estos relatos radica en cómo lo que parece incoherente es la vía para incomodar:

En el mundo solo existen dos cosas: su notable persona y la niebla. [...] Si usted viene de adentro, no olvide decir «¡O! ¡O!» [...] Si usted viene de adentro, no olvidará decir que este ha sido el maravilloso espectáculo que tuvo en su vida ¡en su pobre vida! y con las nubes bajo los pies.

Pablo Palacio, ‘Sierra’

De la ironía y de la burla de esquemas que proponen los que quieren manejar la verdad, se ocupó bastante Palacio.

7. Literatura sobre literatura

Si hay algo que se debe tener presente sobre Pablo Palacio son sus planteamientos sobre lo que es escribir una novela o qué se entiende por literatura. Obras como Débora, Novela guillotinada o relatos como Un hombre muerto a puntapiés o El cuento son también ejercicios de crítica y posturas literarias. En una carta dirigida a Carlos Manuel Espinosa en 1933, sostuvo:

Si la literatura es un fenómeno romántico, reflejo fiel de las condiciones materiales de la vida, de las condiciones económicas de un momento histórico, es preciso que en la obra literaria se refleje fielmente lo que es y no el concepto romántico o espirativo del autor. Dos actitudes, pues, existen para mí en el escritor: la del encauzador, la del conductor y reformador —no en el sentido acomodaticio y oportunista—.

La temprana pérdida de Pablo Palacio consagró a la literatura ecuatoriana a rastrear la potencia de este vanguardista y heredamos de él la la idea de seguir hurgando en:

El descrédito de las realidades presentes […] a medias repelente, porque esto es justamente lo que quería: invitar al asco de nuestra verdad actual.

Bibliografía

Verani, Hugo (1986). La narrativa hispanoamericana de Vanguardia.

Burger, Peter (1974). La obra de arte vanguardista

Fernández, María del Carmen (1990). El realismo abierto de Pablo Palacio.

Cavarero, Adriana (2009). Horrorismo, nombrando a la violencia contemporánea.

Palacio, Pablo (2000). Obras completas.

Modificado por última vez en Miércoles, 01 Febrero 2017 10:35