Ernesto Carrión: «Asumo la literatura desde mi memoria»

Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977) no miente. Cada palabra que dice está cargada de rabia, de despecho, del humano que es y que se inventa. Así construyó su tratado lírico titulado ø (Vacío). Cuando decidió no seguir escribiendo poesía, porque quiere tener una lírica de juventud cargada de desfachatez absoluta, empezó a probar con la narrativa. Fue una señal de madurez en su escritura. Desde entonces, Carrión construye un nuevo modo de huir y encontrarse, en medio de una realidad que, piensa, está siempre enmarañada por la ficción.

En 2015 inició el relato de Un hombre futuro, su primera novela, con la necesidad de rendirle homenaje al ser que lo nombró en una especie de designio de su militancia izquierdista. Este libro, publicado por la Campaña de Lectura Eugenio Espejo tras haber recibido una mención de honor en la primera edición del Premio La Linares, es la historia de una relación que se ‘desarma y sangra’ hasta la muerte del padre.

En Tríptico de una ciudad, Carrión presenta el lado B de Guayaquil, la ciudad a la que le debe su forma de asumir la vida: con una astucia y una desconfianza casi paranoica. Sus personajes, Mariano Torres y Pablo Paredes, se juntan para un trabajo universitario. El primero plantea un documental sobre los travestis de las calle Primero de Mayo y el otro sobre el paso de Ernesto ‘Che’ Guevara, en Guayaquil, en 1953. «En el fondo —dijo Carrión en una entrevista— es una investigación que tomó cuatro años en la que demuestro que el Che estuvo vinculado con homosexuales en Guayaquil, con quienes vivió».

Uno de los personajes de esta novela habita su último trabajo inédito: Incendiamos las yeguas en la madrugada. Esta historia lo hizo ganador del Premio Casa de las Américas en la categoría de novela. La obra aborda la adolescencia de cinco chicos en el sur de una ciudad que no tiene nombre, durante los años noventa. Retrata una década de rock, drogas y billar, durante la cual Kurt Cobain, el fundador de la banda de rock grunge Nirvana, era visto como un dios.

Los protagonistas son de La Saiba, Los Almendros, la ciudadela 9 de Octubre, Las Terrazas y la ciudadela Naval Sur. Con sus historias, Carrión homenajea la amistad y a toda esa generación que, dice, se arruinó por la ambición o la falta de ella. «Son unos chicos del sur que están tratando de llegar al norte. Crecer en el sur —dice Carrión— siempre ha sido un combate biológico, existencial. De alguna forma la ciudad está dividida así. El sur creció sobre los manglares, que son como arenas movedizas. La gente que creció en el sur sabe que siempre ha sido más difícil que hacerlo en el norte».

Para Carrión, esta condición humana se traslada al continente porque «llegar al norte, para estos personajes del sur, es una idea conflictiva y pujante; pero es también la situación sicológica de todo un continente, al que se le ha vendido la idea de las ‘bondades’ del norte y de alcanzarlo como si fuera un mejor sitio».

En 2015 empezaba a escribir novelas. Iniciamos el 2017 y ya van cuatro publicadas y cuatro premios. Podríamos pensar que ha sido un trabajo muy fértil.

Escribo así, perseguido por las historias que he narrado, del mismo modo en el que antes escribía poesía perseguido por la necesidad de ahogar un grito. Aunque ambos suponen oficios distintos, me aproximo a la novela con la libertad y la intuición que empleé en la poesía por más de dieciséis años. Aunque escribir narrativa es un oficio que demanda una lógica más estructurada, no tiene tampoco por qué adoptar moldes ni forma específica alguna organizada por ningún canon, menos por el canon nacional que vive en una burbuja ficticia. Esa sí es la mejor obra de ficción que han creado ciertos autores y catedráticos de este país: su canon.

¿Realmente está divorciado su trabajo poético de la narrativa?

Mi narrativa no está del todo divorciada de mis libros de poesía. Hay zonas en las que se encuentran. Por ejemplo: hay un verso en Verbo (’bordado original’), que luego aparece radicalmente asumido por Pablo Paredes en la novela Tríptico de una ciudad. Asimismo, el personaje Río Carcelén, un poeta mulato de Guayaquil que aparece dentro de la novela Cementerio en la luna dándole un giro al rumbo de la poesía nacional, aparece también en la novela Cursos de francés como amigo del protagonista. Hay otros momentos más sutiles en que mis obras se encuentran. Y esto, sucede así, porque mi obra narrativa se teje con la ficción y con los materiales de la realidad. No conozco otro modo de hacerlo.

En el poemario Labor del Extraviado, editado por K-oz, se puede leer en la dedicatoria: «A la memoria de Luis Alberto Bustamante/ a quien adeudo el extravío: el tan importante costo de las confidencias/ a él, que tostaba las yeguas en la madrugada».

Todas las novelas que ha publicado hasta hoy tienen una reminiscencia del pasado. En el caso de Incendiamos las yeguas en el madrugada, ¿se trata de una nostalgia o es una forma de reivindicarlo, tal vez?

No lo había pensado antes. Indudablemente uno escribe contra la muerte. O para llenarla. Para engordar esa muerte de vida. Mis novelas ciertamente se deslizan sobre algunas inquietudes que están enredadas con momentos reales, como lo he dicho ya. Sin embargo, no pueden ni deben ser asumidas como literatura testimonial, porque no es así. Trabajo con mi memoria, porque así es como asumo la literatura. Sin embargo, mi vida como tal no deja de ser común. Ahí es donde entra la ficción a potenciar ciertos aspectos en favor de mis historias, a darle vida e importancia a ciertos vacíos.

En el caso de Incendiamos las yeguas en la madrugada, esta obra se escribió contra el olvido, contra lo que nos hace el tiempo despedazándolo todo, haciéndonos nada. Estos cinco amigos existieron. Se reconocieron y persiguieron una identidad, siempre al borde de arruinarse. Y aunque todo está entrelazado con la ficción de lo que vivieron o pudieron haber vivido, ellos en realidad recorrieron las calles del sur, huyendo de sí mismos para encontrarse, que es como los veo y como permanecerán para siempre en este libro.

¿De dónde surge el título de esta novela Incendiamos las yeguas en la madrugada?

En el poemario Labor del Extraviado, editado por K-oz editorial de Quito (2005), se puede leer en la dedicatoria: «A la memoria de Luis Alberto Bustamante/ a quien adeudo el extravío: el tan importante costo de las confidencias/ a él, que tostaba yeguas en la madrugada (5502)». Esa dedicatoria esconde el título y al posible narrador de este libro.

En Un hombre futuro se pone en conflicto la ideología política en tanto que patriarcado y, de alguna manera, esto se siente en otras obras que ha publicado. ¿Qué tan consciente es de promulgar una insatisfacción política?

Todo libro esconde una postura política, así esté dada por un sujeto que no hace nada, porque no hacer nada también es asumir una posición política. En Un hombre futuro, el protagonista se enreda con la ideología de su padre, persiguiendo su aceptación y el amor que le ha sido negado desde su abandono, pero toda ideología casi siempre provoca un absolutismo radical que nos empuja a desaparecer al prójimo. Y el prójimo, me parece, debe ser más importante que cualquier ideología. Incluso más importante que aquellas ideologías que dicen poner por delante al prójimo, y que también pueden estar erradas desde su perspectiva, porque somos únicamente hombres buscando organizarnos en un mundo convulso y condenado al fracaso de su especie.

Mi insatisfacción es política, claro, pero es, sobre todo, humana. No sé si pueda decirte que persiga alguna verdad con mis libros, pero sí puedo decirte que cuando pongo en evidencia a la argolla poética de la capital en Cementerio en la luna; o los asesinatos a travestis en Guayaquil en la década de los noventa en Tríptico de una ciudad estoy colocando el dedo sobre la llaga de una realidad que pretendemos no ver.

En Ciudad Pretexto se cruzan las coincidencias del Che y Burroughs en Guayaquil, ¿hay límites para abordar hechos históricos desde la ficción?, y si no los hay ¿qué tanto cree que cambia la forma en que vemos estos hechos cuando se cruzan con la ficción?

No hay límites ni debe haber límites. Por supuesto, hay gente contraria a esto. Hay lectores y críticos que exigen que los límites se definan. Ellos quieren saber que están frente a una novela histórica o un trabajo testimonial, al mismo tiempo que quieren saber si están frente a una obra de pura ficción. Y me pregunto: ¿qué no está mezclado con la ficción? Cuando nos referimos a Hitler, a JFK, a Fidel o al papa, o a un evento político determinado, cuando nos movemos por las aguas de la historia y abordamos a ciertos personajes (que existieron y fueron personas) todo está ya envuelto por la ficción, por el modo en el que los demás siguen inflando esas figuras de mármol y esos momentos históricos que parecen ser, cada vez más, creaciones nuestras que pedazos de la realidad de un planeta. Si aceptamos esto, que todo está enmarañado con la ficción (nuestra propia mente está siempre elucubrando, imaginando, recreando, reciclando, resucitando, reinventando) por qué debo yo ubicar límites al momento de crear, que no es otra cosa que recrear.

Para ponernos de acuerdo, te doy dos ejemplos: en Retornamos como sombras, de Paco Ignacio Taibo, él mismo aclara que el autor ya no puede distinguir la realidad de la ficción de lo que ha escrito; y en No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, estupendo libro de Patricio Pron, aparecen escritores fascistas italianos dentro de un congreso acontecido en la década de los cuarenta, con la sombra del poeta Ezra Pound como organizador, y algunos de sus protagonistas sí existieron y otros no. La idea final, me parece, es lo que se consigue con estos libros: darle vida a un espacio desaparecido de la historia, o provocar otra mirada sobre algo que ha poseído un solo modo de ser visto.

Guayaquil es un escenario frecuente para sus obras narrativas. Ya me ha dicho que se trata de contar personajes que se conocen, pero ¿cómo es el Guayaquil que le interesa contar y por qué?

Guayaquil, la verdad, sigue siendo un espacio vital lleno de contradicciones. De una calle a la otra puedes pasar de la opulencia a la miseria y de la alegría a la violencia y hasta a la muerte. Me reconozco como guayaquileño no por sus espacios físicos, sino por el modo de ser frontal y decir lo que pienso, así esto me deje con pocos amigos. Ser guayaquileño, más que identificarte dentro de sus calles, es asumir la vida con rapidez, con una astucia y una desconfianza casi paranoica. Quizás por eso la ciudad que aparece muchas veces en mis libros es una mancha siniestra. La vía Perimetral, el Estero Salado, ciertas calles del centro y del suroeste, al igual que ciudadelas del norte lucen llenas de personajes que toman malas decisiones y que en un segundo alteran sus destinos y el del prójimo.

Modificado por última vez en Lunes, 06 Febrero 2017 07:34