La escritura que hace al hombre: Ernesto Carrión

En los últimos dos años, Ernesto Carrión ha publicado cuatro de las seis novelas que ya constan como parte de su prolífico proyecto narrativo: Cementerio en la luna (2015, mención de honor en el Premio de Novela Corta Miguel Donoso Pareja), Un hombre futuro (2016, mención de honor en el Premio de Novela Corta La Linares), Tríptico de una ciudad (2016) y Ciudad pretexto (2016). Las todavía inéditas Cursos de francés (Premio Miguel Riofrío de Novela 2016) e Incendiamos las yeguas en la madrugada (Premio Casa de las Américas 2017) se publicarán próximamente, aunque no serán el colofón de su trabajo en prosa. «Tengo otro texto inédito, por ahí, que aún está madurando», dice. Pero esta desmesura creativa no es, para quienes conocen la trayectoria literaria de Carrión, algo sorprendente: su proyecto poético se sostiene sobre trece poemarios publicados, galardonados también por numerosos premios literarios nacionales e internacionales, y dos inéditos.

«Empecé mi proyecto narrativo en el 2012, con lo que terminaría siendo el 90 % del contenido de Tríptico de una ciudad y de Ciudad pretexto», puntualiza al referirse a dos de las tres novelas que compondrán el proyecto Triángulo Fúser. La última novela de esta tríada, aún inédita, se conecta con las demás por abordar elucubraciones varias sobre lo que el Che Guevara hizo durante su estancia en Guayaquil (uno de los lugares recurrentes en su novelística es esta ciudad-puerto como centro de lo salvaje en donde la memoria estalla, se deconstruye y se vuelve a armar; esa «piel de elefante» de la que habla Jorge Martillo Monserrate: el puerto es una piel de elefante/ un colmillo de marfil/ un cementerio extraviado en la memoria).

Carrión sigue un recorrido literario reconocible por su intensidad: una escritura desmesurada en poesía y en prosa que se preocupa, en palabras del autor, por la exploración y del estudio de las experiencias y de la memoria. «De alguna forma muchos de mis personajes se reencuentran en mis libros. R. Carcelén, que aparece mencionado en Cementerio en la luna, es un amigo del narrador de Cursos de francés; y en Incendiamos las yeguas en la madrugada los cinco chicos del sur, en algún momento, se encuentran con los chicos del norte que aparecen en la última parte de Tríptico de una ciudad». Los personajes de sus novelas son recurrentes porque forman parte de «algo mucho más extenso que, aunque es ficción, procede de distintas partes de mi memoria».

Este trabajo con el pasado es una declaración de intenciones, una poética (aunque Carrión reniegue de poéticas fijas). En su prosa la ficción está ligada a la experiencia biográfica, por lo que uno de los rasgos de su narrativa es la indagación en los vericuetos de la memoria. Cementerio en la luna se remonta a la visión de Carrión respecto a determinado círculo de poetas de la capital y la desvirtuación de la poesía en ese ambiente; Un hombre futuro, a la relación que mantuvo con su padre (quien fue asesinado en 2014) y a la experiencia de revisar esa relación; y Tríptico de una ciudad, a la filmación de un documental sobre travestis en Guayaquil que él mismo realizó en sus años universitarios, aunque confiesa haber perdido. Incendiamos las yeguas en la madrugada, según ha explicado en algunas entrevistas, trabaja con la memoria de su adolescencia.

Si la memoria es un lugar pantanoso y opaco, lleno de cimas y de abismos, Carrión opta por hacer literatura desde ese lugar plagado de trampas. Asume el riesgo porque para él no puede escribirse nada sin esa voluntad de arriesgarlo todo: el estilo, el tono, el sentido. Y con esa postura ante la creación nos entrega novelas desenfadadas que no aspiran a crear mundos, sino a asomarnos a una forma de mirar y de entender que, a veces, es conmovedoramente poética.

Imaginemos que un hombre está frente a la imagen de sí mismo. En dos edades distintas de su vida. Uno tiene dieciocho y el otro tiene veintiocho años. Ambos sobre la arena. Uno frente al otro comienzan a caminar saliendo hacia lugares distintos, uno va hacia la derecha y el otro se mueve a la izquierda. Luego realizan el mismo giro en el centro (que es donde se repite en ambas vidas una situación particular) y vuelven hacia el punto de partida, por la necesidad de tomar una decisión. La figura trazada por ambos hombres sobre la arena sería esta:

Un infinito. Un hombre distraídamente puede estar dibujando su propio infinito.

Un hombre futuro, 2016

Si Cementerio en la luna es una novela en la que se satiriza el mundo de los poetas de la capital (preocupados por la fama y los premios antes que por la poesía), abordando, a la vez, una postura reflexiva en torno a la creación poética, Un hombre futuro es, en cambio, una novela sobre la identidad, sobre el narrador y su relación con la figura paterna. Ambas, sin embargo, son novelas de formación: en la primera, el narrador descubre algo de sí mismo en oposición a los poetas que desprecia, mientras que en la segunda, lo descubre a través de su oposición al padre (fiel seguidor de la revolución cubana).

Yo heredaré América y su retrato de víctima. Y no haré por América nada. Y me cruzaré de brazos hasta verla morir.

Porque Un hombre futuro es una novela sobre el padre: el que nombra a su hijo y con ese nombre arroja su hijo al mundo. Un padre que no podía ser padre porque fue niño siempre; porque fue utopía encarnada con todas sus incoherencias. Esta novela, que ganó la mención de honor en el Premio de Novela Corta La Linares, bien pudo haber ganado el primer lugar, pues no solo desarrolla (en momentos de alta poesía) la historia de un hombre y su padre, que es su dios —y la experiencia del rechazo de dios a través del rechazo del padre—, sino que propone una mirada que va tras cabos sueltos de la memoria y los hilvana para crear sentido.

Tríptico de una ciudad, por otro lado, es una novela sobre las conjeturas, sobre la homosexualidad en una ciudad conservadora y construida bajo el signo del macho, sobre la violencia hacia los cuerpos que revelan la hipocresía subyacente, sobre la relación homoafectiva entre dos compañeros de universidad, sobre una banda de chicos del norte que se reúnen para asesinar travestis. Es una de las pocas novelas que se han escrito sobre Guayaquil para ofrecernos un retrato no de ensalzamiento, sino uno descarnado, enfermo, como un trozo de madera podrida: una ciudad sumergida en la violencia y que no distingue la caricia del golpe.

Tanto en Un hombre futuro como en Tríptico de una ciudad se perfilan, además, dos rasgos del carácter indomesticado de la prosa de Carrión: su interés por los narradores conjeturales; narradores que, igual que él mismo, construyen posibles historias paralelas como el robo de la espada de Eloy Alfaro para el «luminoso plan» de replicarla y hacerla aparecer en diferentes lugares del país, o las posibles relaciones con homosexuales del Che durante su estancia en Guayaquil. Quizás este trasvase entre autor y narrador se deba a que, como Carrión ha expresado ya en numerosas entrevistas, lo que busca en una novela es la veracidad y no la impostura. Con esto se refiere a que le interesa crear una ficción que diga verdades profundas sobre su mirada del mundo —una mirada asumida y para nada rehuida en pos de una seudoobjetividad narrativa— y que contenga algo genuino. No se trata, por lo tanto, de una prosa dedicada al artificio, sino de una prosa exploratoria que, por la misma poética de exploración asumida, deviene en indomesticada e indomesticable.

Por eso, quizá, sus personajes imaginan compulsivamente, sospechan y atan cabos que no piden ser atados. Tienen la necesidad de llenar los agujeros de sus propias historias y la de los demás. Precisamente en Ciudad pretexto (tal vez la menos interesante de sus novelas ya que, al ser la menos biográfica, tiene poco de esa mirada narrativa potente que tiñe el resto de su obra en prosa), Carrión continúa indagando en su interés por los resquicios del pasado; esos agujeros por donde se cuelan los encuentros secretos, las conspiraciones y, sobre todo, las elucubraciones que abren caminos a nuevos escenarios y a nuevas posibilidades de mirar y entender el ayer. Esta nouvelle aborda el imaginario encuentro entre el Che Guevara y William S. Burroughs en Guayaquil, en 1953. Ambos personajes comparten la teoría de que Bolívar fue traicionado y envenenado y la sustentan, poco a poco, a partir de conjeturas. Sobre la nouvelle, Carrión dice:

Su atractivo, de tenerlo, reside en ese imposible y ficticio encuentro entre dos personajes que representan dos territorios contrapuestos, dos miradas (la salvaje y hedonista de Burroughs; y la ingenua de Guevara). Ambos tienen dos ancestros asesinos y ambos vienen asesinando (Guevara llega a Guayaquil después de asesinar a un perro llamado Bobby; mientras que Burroughs acaba de asesinar a su mujer). Burroughs, sin embargo, no matará más y se convertirá en un escritor, mientras que Guevara no se volverá escritor, sino que asesinará a cientos.

Si bien es cierto en su ficción se plantean hipótesis que sirven de línea de partida a elucubraciones sobre el pasado que, a su vez, nos dicen mucho sobre el presente, lo que realmente resulta iluminador de su prosa es que consigue lo que se propone: ser genuina, sincera en la ficción, es decir, que nos interpela no con el fin de contarnos una historia (este es, más bien, el medio), sino de permitirnos otear lo que implica escribirse a uno mismo para entenderse, escribir a los demás para entender cómo los entendemos, escribir al hombre para ser el hombre.

En un momento de Tríptico de ciudad, uno de los personajes dice: «Sólo un hombre puede hacer de otro hombre, un hombre». Carrión se hace así mismo en su escritura: por eso su prosa es carne.

Modificado por última vez en Martes, 07 Febrero 2017 18:03