Raúl Vallejo: Retrato con bibliografía de fondo

Concierto inicial

A Raúl Vallejo (Manta, 1959) le calzan muy bien aquellas palabras que en los años treinta el maestro Benjamín Carrión lanzara sobre el vanguardista Humberto Salvador: «Es un escritor que escribe». La amplia y diversa bibliografía de Vallejo abarca narrativa, poesía, crítica, ensayo y artículos periodísticos de opinión. Es una bibliografía que crece de manera intensa y cuyos logros lo han convertido en un referente clave de la literatura ecuatoriana y latinoamericana actual, a pesar de que durante algunos años y tramos de su vida, fiel a sus convicciones políticas, ha desempeñado cargos de alta responsabilidad en la administración pública del país, desafío que pocos intelectuales y creadores de su generación se han arriesgado a asumir.

Es un hecho que desde la década de los setenta, Vallejo no ha dejado de escribir ni de publicar. Debutó en el escenario literario nacional con Cuento a cuento cuento (1976), hoy una rareza bibliográfica que en su hora despertó cierta polémica (alguien lo calificó de pornográfico), en la que el crítico Miguel Donoso Pareja, desde México, intervino, como recuerda Vallejo, «poniendo las cosas en su lugar». Dos años después, luego de haber dejado las aulas del colegio y de ser parte del taller Sicoseo, dio a conocer, en la Colección Letras del Ecuador, que coordinaba el escritor Rafael Díaz Ycaza, el cuentario Daguerrotipo. «Intento plural de profundidad», anotó la crítica Cecilia Ansaldo sobre este volumen, en el que ya se avizoraban algunos de los temas, así como los recursos y estrategias narrativas que constituirían el universo ficcional de Vallejo, uno que con los próximos libros iría profundizándose y expandiéndose hasta abordar temáticas más complejas, sensibles y reveladoras respecto a la condición humana.

En 1978 obtiene el Premio Nacional José de La Cuadra, que para entonces convocaba el Municipio de Guayaquil, con Toda temblor, toda ilusión (nunca llegó a publicarse), libro del que dio a conocer algunos cuentos en revistas literarias de Quito, Guayaquil y México, y que será el origen de su posterior y lograda novela El alma en los labios (2003).

Década perdida y final de siglo

En la llamada, por los neoliberales «década perdida» (la verdad es que para ellos los ochenta fueron de mucho provecho), mientras ejercía como periodista y catedrático universitario, Vallejo publica Máscaras para un concierto (1986)1, un cuentario de gran factura, en el que la máscara y el enmascaramiento son parte de una estrategia que permite al autor levantar el que será el mapa simbólico de su narrativa; una en la que lo popular y marginal se articulan con lo que proviene de esos otros mundos enmascarados por los que están en las otras orillas de la realidad y las convencionalidades.

Por esos años se vincula al taller de literatura que coordina el novelista Miguel Donoso Pareja en Guayaquil. Una experiencia que sin duda es clave para Vallejo. Ese encuentro significará el afianzamiento de una amistad que se verá enriquecida por el diálogo crítico y creador que se había dado en años anteriores cuando Vallejo puso a consideración del maestro los originales de Toda temblor, toda ilusión, y decidió, luego de los comentarios del crítico, no publicar. Esas observaciones desbancaron el texto por su familiaridad (visión polémica y discutible) con dos novelas del medio: La linares (1976), de Iván Egüez, y María Joaquina en la vida y en la muerte (1976), de Jorge Dávila Vázquez.

En 1988, aparece la colección de cuentos Solo de palabras, en los que ahonda y emergen algunos nuevos elementos de su orbe ficcional que siempre está buscando ese otro lado, esos pliegues de la realidad para poner en descrédito —como diría Pablo Palacio— lo que esa realidad pretende ocultar o legitimar. Entre los cuentos que destacan de este libro están: ‘Los borradores de Adriana Piel’, ‘Una experiencia de santidad’, ‘Beatriz huele a café’, y los que incorporará en la edición corregida y definitiva de Eskeletra de 2007: ‘La sombra viste un nuevo rostro’ y ‘Mañana a las siete’.

En 1991, en la Colección Antares, se edita la primera antología personal de Vallejo: Manía de contar, con un amplio y lúcido estudio de Jorge Dávila Vázquez2. Al siguiente año circula Fiesta de solitarios (1991), que mereció los premios: 70 Años de Diario El Universo y el Joaquín Gallegos Lara. Sin duda que este es un libro que consolida a Vallejo como un narrador con oficio y con un mundo peculiar. Entre una y otra historia se examina lo que es el amor homoerótico con sus variantes, paradojas y complejidades. Lo hace desde perspectivas y enfoques que resultan descarnados, en los que ese «tabú» o «tema escabroso», como se suele llamar desde el poder y sus prejuicios a esas otras formas y prácticas de la sexualidad, son puestos en cuestionamiento. Son situaciones que se plantean con una fuerza poco frecuente en un medio en el que ese tema, desde la década de los veinte y los treinta, con Palacio, Humberto Salvador y Joaquín Gallegos Lara a la cabeza, tuvo un tratamiento marginal y revelador.

Concluyendo el siglo, Vallejo publica Huellas de amor eterno (2000), que mereció el Premio Aurelio Espinosa Pólit, y que no hace sino confirmar al narrador que en cada una de estas historias se presenta con una solvencia y madurez que perturban. En este libro, la aventura amorosa deja los esquemas heterosexuales para poner en escena, nuevamente, lo que es el amor homoerótico. En estos cuentarios está presente un personaje que es fondo y trasfondo central: la ciudad, en la que, según la crítica Alicia Ortega Caicedo, «la identidad del sujeto aparece permanentemente negociada en una relación variable del cuerpo y el espacio»3.

Por esos años se publican tres antologías personales de textos de Vallejo: Vastas soledades breves (2004), Memorial de amores (2004), y posteriormente Ópera prima y otros corazones (2011). En las que siempre agrega un texto «no publicado en libro».

En 2013 volverá al cuento con un proyecto tan desafiante e irreverente como Fiestas de solitarios y Huellas de amor eterno. Se trata de Pubis equinoccial, que por sus logros en el lenguaje, las situaciones límite que crea y las historias que cifra, se hizo acreedor al premio Joaquín Gallegos Lara. Esta propuesta rompe con la tradición, pues pone en entredicho lo que implica la noción de lo erótico, los obsceno y lo pornográfico, deconstrucción de discursos y concepciones que dentro de la sociedad burguesa siempre se han mantenido como parte de ese sistema de valores en el que la hipocresía es parte consustancial. Sin duda que se trata de una propuesta regia y soberbia de la que Vallejo sale muy bien librado.

Alguna vez Mario Vargas Llosa observaba con cierto asombro el descuido de los escritores ecuatorianos respecto a un personaje como José María Velasco Ibarra y sus potencialidades para la ficción. El perpetuo exiliado le da a Velasco, el personaje novelesco, el lugar que demandaba.

Novela y crítica

Pero a su intenso trabajo de cuentista, hay que agregar el del novelista. Género en el que ha alcanzado logros destacables, empezando por Acoso textual (1999), con la que obtuvo el premio Joaquín Gallegos Lara, y en la que Vallejo experimentó de forma pionera con los mundos virtuales y el lenguaje que gestaban los nuevos formatos tecnológicos de la sociedad posmoderna. Luego, retomando una de sus «obsesiones» desde la década de los setenta, reelabora el leitmotiv de un libro orgánico como Toda temblor, toda ilusión y lanza El alma en los labios (2003)4, en la que bucea, a través del cronista Jean d’Agreve, en la biografía real e inventada del escritor modernista Medardo Ángel Silva, un autor que desarrolla toda una poética de excepción dentro del modernismo ecuatoriano y latinoamericano en la década de los veinte. Es un retrato conmovedor, quizás el más bello y total que se ha escrito en torno a ese flâneur del que teorizaron en más de una ocasión Baudelaire y Walter Benjamin y que se encarna en este cronista de Guayaquil. De ahí que se justifique su cuarta reedición en la Colección de Literatura Latinoamericana de Casa de las Américas de Cuba en 2014.

Vallejo volverá a la novela doce años después con Marilyn en el Caribe (2015), Premio Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá (2014). Se trata de uno de los tributos más estremecedores y logrados que se le hayan brindado, desde la literatura latinoamericana a la diosa Marilyn Monroe. Lo que consigue el ecuatoriano con este texto está atravesado por una intensidad que lo único que provoca es volver a meternos entre esas páginas que seducen y fascinan en su brevedad.

Desplazándose, dentro de la novela, hacia la historia y con un personaje que innegablemente encarna la política, sus prácticas viciadas y viciosas en la sociedad capitalista del siglo XX, Vallejo publica El perpetuo exiliado (2016) —Premio Internacional Héctor Rojas Herazo (Colombia, 2015)—. José María Velasco Ibarra, personaje presente en algunas novelas y cuentos ecuatorianos, es examinado por Vallejo desde los meandros de su interioridad; lo hace con un conocimiento de causa respaldado en un descomunal trabajo de archivo. Ese examen prolijo del alma de Velasco y su compañera de aventuras políticas y de vida, la poeta argentina Corina Parral, que firmaba como Alma Helios, es lo que marca las diferencias. Alguna vez Vargas Llosa observaba, con cierto asombro, el descuido de los autores ecuatorianos respecto a un personaje como Velasco Ibarra y sus potencialidades para la ficción. Este texto le da a Velasco, el personaje novelesco, el lugar que demandaba. El perpetuo exiliado, por sus méritos intrínsecos, es una de las novelas ecuatorianas y latinoamericanas de primera línea en lo que va del siglo.

Vallejo, además de su trabajo narrativo, es autor de una importante y significativa obra que ha realizado como antólogo y crítico, en la que destacan las compilaciones: Una gota de inspiración, toneladas de transpiración (1990), reeditada y actualizada en 2007 como Cuento ecuatoriano de finales del siglo XX; y Lectura y escritura: manías de solitario (2010), que incluye algunos ensayos en los que la perspicacia y la lucidez del crítico se pone de manifiesto a la hora de abordar los textos de autores contemporáneos como Pablo Palacio, Medardo Ángel Silva o clásicos del siglo XIX como Juan León Mera. Luego está Amor y desamor en la mitad del mundo. Muestra del cuento ecuatoriano contemporáneo (2013), traducida al chino-mandarín en 2016. En las dos antologías, Vallejo estudia la obra de algunos autores canónicos de la narrativa ecuatoriana del siglo XX en diálogo con la de los nuevos escritores. Sus apuntes, reflexiones y análisis críticos están cargados de hallazgos así como de una amplitud de miras. La primera de las antologías se ha convertido en un referente dentro y fuera del país a la hora de examinar la evolución del cuento ecuatoriano de los siglos XX y XXI.

De la poesía y otros lugares

En 2003 circula Cánticos para Oriana, que recoge una serie de poemas que durante algunos años Vallejo había trabajo en secreto. Es su primera publicación en el campo de la lírica. A propósito de este y de sus otros dos poemarios, en una panorámica de 2010 sobre la poesía ecuatoriana de 1985 al 2000, señalé esto: «Es digno de destacar el caso del narrador Raúl Vallejo […] En 2003 sorprendió gratamente a propios y extraños con Cánticos para Oriana, un texto sobre el que en su momento anoté que “la escritura es una sumatoria de sentidos y ciframientos cuyo origen es el cuerpo amado y la imposibilidad de que el olvido (terreno en el que se afianzan otras formas de la ‘realidad y el deseo’) sea una muerte o adiós total”»5.

En 2007, publica Crónica del mestizo, un antiboletín que, junto con el texto de Javier Ponce, A espaldas de otros lenguajes (1982), a su vez deviene en correlato de lo que César Dávila Andrade plantea en su insuperable Boletín y elegía de las mitas. La voz poética, en este caso, es la del «escribano incapaz de escuchar los murmullos de aquellos invocados»6. En 2008 publica Misa solemnis, que tal vez es, al menos en el contexto de nuestra tradición, uno de los pocos si no escasos ahondamientos en lo religioso. Si bien, como signo destacado de algunos de los autores de las últimas dos décadas del siglo XX, lo religioso atraviesa su escritura. En muchos de los casos, esta experiencia está marcada por lo imprecatorio, en otros, por una especie de cuestionamiento, condena no solo a Dios, sino a la Iglesia como parte de los juegos del poder. Visiones que van desde un nihilismo acendrado y militante hasta cierto agnosticismo en el que la carencia de fe de unos se ve cubierta o encubierta por la propia escritura del poema. En Vallejo, la experiencia es de quien desde la palabra poética (es decir, desde la blasfemia y la herejía de un creyente) lo que busca es instaurar un diálogo en el que en ningún momento la búsqueda convierte al poema en sermón. Que se ampare y explote recursos de los rituales de la religiosidad (la estructura parte de la célebre pieza compuesta por Beethoven en 1818) es algo que corresponde a las urgencias expresivas del sujeto lírico, quien, por cierto, lo hace de manera legítima y lúcida7.

Desde entonces, la poesía, de la que se nutre toda su narrativa, será un territorio en el que Vallejo se irá moviendo como un explorador sediento de nuevas y audaces experiencias. Tanto así que en 2015 da a conocer, en Bogotá, Mística del tabernario, un libro polifónico y alucinante, que da cuenta, en sus partes y en su todo, de la mirada y de la vitalidad, el azoro y el desconcierto con los que el poeta busca escudriñar —como ese «minero de la noche» del que habla Jorge Carrera Andrade— en las diversas estancias y estaciones del sujeto posmoderno, escindido y atravesado por un sinfín de interrogantes que van desde lo identitario, como la deconstrucción de la experiencia de los cuerpos en las confrontaciones del amor, así como las visiones del poeta que pone en cuestionamiento esas discursividades que la sociedad burguesa engendra como parte de su cultura del espectáculo. Pero también están los tributos. Y sucede que aquí se recogen tres textos honda y desgarradoramente conmovedores, de una belleza que —como toda belleza— arrasa y funda. Se trata de los poemas (¿confesiones, testimonios o reinvención del dolor y reivindicación de la vida?) ‘Padre, ¿extraviaste nuestros nombres acaso?’, ‘Madre, sé que me nombras desde lo eterno’ y ‘Tito de alma liviana, hermano’, a los que hay que sumar los tres poemas dedicados a resignificar la figura de esa «criatura esplendorosa» que es la actriz Marilyn Monroe, y el «homenaje y celebración» al escritor salvadoreño Roque Dalton: ‘Poeta indignado’.

Quizá la intensidad, la pasión, esa rabia que es grito sin jamás llegar a ser panfleto; esa fuerza interna y devastadora de cada poema que rompe con la tradición para reinventar otras posibilidades expresivas, hicieron que este libro sea aquilatado en su real dimensión por la cubana Casa de las Américas, que en enero de 2017 le otorgó el Premio Latinoamericano de Poesía José Lezama Lima. Es un tributo a un creador lúcido y sensible que ha construido sin tregua un mundo, una obra particular y gravitante, con una humildad extraña en estos tiempos de verdaderos «conciertos de máscaras». Reconocimiento a un trabajador consecuente con la palabra, con su palabra y con la de los y las otro/a/s que siempre están, son parte de sus juegos y reinvenciones con esa palabra.

Notas

  1. En 2005 Eskeletra Editorial reeditó este cuentario cuya edición fue supervisada por el autor.
  2. En una reedición y actualización (2009) de este volumen, el estudio introductorio está a cargo del escritor Juan Carlos Moya.
  3. Ortega Caicedo, Alicia (ed.) (2004). Antología esencial —Ecuador siglo XX— El cuento. Quito: Eskeletra, p. 87.
  4. Sobre este texto, cfr. Raúl Serrano Sánchez: ‘Raúl Vallejo, El alma en los labios: La memoria indeleble de la escritura’, en Revista Casa de las Américas, Nº 273, La Habana, octubre-diciembre 2013.
  5. Cfr. Raúl Serrano Sánchez: ‘Raúl Vallejo: el mundo lapidado’, en Eskeletra, Nº 10, Quito, 2004, p. 39.
  6. Vallejo, Raúl (2007). Crónica del mestizo. Quito: [email protected]/Libresa, p. 30. Este texto obtuvo el Premio Nacional de la VI Bienal de Poesía Ciudad de Cuenca 2007.
  7. Serrano Sánchez, Raúl. La lírica en el período: segunda parte (1985-2000)», en Historia de las literaturas del Ecuador, vol. 7, Período 1960-2000, Primera Parte, Alicia Ortega Caicedo (coord.) (2011). Quito: Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador/Corporación Editora Nacional, p. 118.
Modificado por última vez en Martes, 07 Febrero 2017 11:35