La seducción de los escritores malditos

El escritor maldito se hace de la reputación de llevar el mal en sus entrañas. Las definiciones de este tipo de autores varían desde el Romanticismo hasta el día de hoy: de personajes con vidas atropelladas y lastimeras, una minoría o una persona antagonista al sistema. Uno contra todo. Los escritores malditos nos seducen con su rebeldía y la expresión de un universo único, donde son todopoderosos. Desde inicios de 2017 nos llegan los fantasmas de personajes como el tímido y caótico escritor colombiano Andrés Caicedo, al cumplirse cuarenta años de su suicidio, el 4 de marzo de 1977, el día que publicó su única novela, ¡Que viva la música!. Décadas después, el chileno Alberto Fuguet diría que es la historia que debió leer en su adolescencia. El maldito se vuelve esencial.
Otro fantasma aparece en la misma fecha. El 4 de marzo se cumplió un año del día en que la editorial Alfaguara compró los derechos de las obras del chileno Roberto Bolaño (quien escribió en una carrera contra la muerte hasta el 2003 y catalogado como maldito por un documental español) y revelando una novela inédita, El espíritu de la ciencia-ficción, y un libro de cuentos. El escritor maldito vende desde la tumba y atrae lectores.


La idea de la atracción del maldito comienza con un ensayo del francés Paul Verlaine en su libro recopilatorio llamado Los poetas malditos (1884), en el que examina su obra y la de otros cinco autores (Rimbaud, Corbière, Mallarmé, Desbordes-Valmore y Villiers de L’Isle-Adam), quienes —consideraba— tenían voces y visiones únicas que los alejaba del resto de la sociedad al declararla como decadente; y claro, tuvieron una vida trágica. Dicha definición trasciende hasta crear una etiqueta que encasilla a cada escritor con una historia caótica o desgraciada, o ambas.
La definición se concretaría con el tiempo. En el libro La historia maldita de la literatura (1977), el alemán Hans Mayer dictamina que la esencia de este tipo de autores es que «se empeña a negar el orden establecido».
Mayer coloca a la rebeldía y la marginalidad como características esenciales para distinguir a un escritor maldito, pero aporta un detalle más al establecer tres grupos de marginados naturales: mujeres, homosexuales y judíos. Técnicamente declara a estas tres facciones como productoras de escritores malditos, por su marginalidad y condición de ‘peligrosos’ para el orden establecido. Ese mismo concepto usaría Fernando Díaz Ruiz, catedrático español, en su artículo ‘Fernando Vallejo y la estirpe inagotable del escritor maldito’ (2007): señala la homosexualidad y la iracunda y filosa voz del escritor colombiano contra Dios, contra la Iglesia, contra la reproducción humana, contra el asesinato de animales, contra Gabriel García Márquez, contra la política colombiana, contra todo lo que él desapruebe, y esa es una larga lista para nombrar.
Por su lado, el intelectual francés Georges Bataille agregó otra característica al escritor maldito en La literatura y el mal (1971): «no sienten ninguna obligación social hacia sus lectores, convirtiendo sus obras en una rabiosa búsqueda del mal, en otras palabras, de la soberanía individual frente a la sociedad». La definición se vuelve amplia y abraza a una mayor variedad de malditos.
Los escritores malditos se han diversificado: suicidas como Sylvia Plath o Dolores Veintimilla; atormentados como Edgar Allan Poe o Martín Adán; extravagantes como Oscar Wilde o Pablo Palacio, o rebeldes como Simone de Beauvoir o Federico García Lorca. No todos murieron a temprana edad, pero todos tuvieron una sensibilidad y visión única al escribir, y una vida destacada por tragedias y combates contra los prejuicios de una sociedad moralista.
A lo largo de la historia, cada país ha visto surgir a sus propios escritores malditos. En 2011, la periodista Leila Guerriero editó y prologó Los malditos, libro recopilatorio de perfiles de diecisiete escritores con vidas desgraciadas, y laureados en la literatura latinoamericana. Hay personajes desde poetas como el colombiano Porfirio Barba Jacob o la argentina Alejandra Pizarnik, hasta personajes ignorados en el exterior como el escritor ecuatoriano Pablo Palacio, perfilado por Gabriela Alemán, quien determinó a «la locura» como el hilo conductor de su vida. Un maldito por nación.
En el prólogo de ese catálogo de malditos latinoamericanos, Leila Guerriero menciona que «el malditismo es quizás una categoría difusa y evasiva pero, en todo caso, no está reservada para siglos viejos: no es una categoría en extinción». Esa es la atracción casi sexual del maldito: agresivo, rebelde e incomprendido. A la industria literaria le harían una jugarreta por su adicción a las vidas jóvenes y trágicas.
En enero de 2016 se estrenó el documental Autor: La mentira de J. T. Leroy, que narra cómo una mujer, Laura Albert, inventó un escritor y sus tres novelas desde 1999 hasta 2005. Se trata de la obra de un autor ficticio, J. T. Leroy, que a los 12 se prostituyó, a los 15 se convirtió en heroinómano y ya enfermo de sida decide escribir. El falso maldito se convirtió en una explosión literaria.
La vida inventada de J. T. Leroy y sus libros sedujo a famosos como Winona Ryder, Bono, Lou Reed o Madonna, y detrás de ellos a una multitud de lectores. El juego acabó en 2005 cuando se descubrió el engaño. «Ser un mito está bien, porque mis libros no son un engaño, son de verdad. Pero sí me siento como un fraude, porque tengo caras muy diferentes. Soy J. T. Leroy pero a la vez no», dijo Albert en el documental que muestra cómo la simple esencia de un escritor maldito puede atrapar a miles de lectores entre las páginas.
«Ser maldito es no encontrar tu lugar en el mundo, no soportar la vida y no soportarte a ti mismo. De alguna manera todos somos escritores malditos», dijo Rosa Montero de su novela La carne (2016). Sin embargo, no hay que ser escritor para ser maldito. Existen personajes no relacionados a la literatura como James Dean, Kurt Cobain, Jim Morrison o Marilyn Monroe, que han tenido un vida desgraciada, alrededor de la cual gira un culto al mito que representa: locura, excesos e inconformismo.
En eso consiste la seducción del escritor maldito: en la representación de nuestros problemas, existenciales o no, que marcan nuestra vida, crean las marcas que hace una existencia única y a la vez similar a la de otros que se sienten representados en las páginas de los libros. El maldito es una persona cualquiera, inadaptada o rechazada, que escribe para poder sobrevivir.

Modificado por última vez en Miércoles, 12 Abril 2017 10:12
Jorge André Hernández

Jorge André Hernández Periodista