De Gulliver a V for Vendetta: Las distopías en constante reciclaje

En un mercado que está bombardeado por las distopías, tanto en libros como en películas, se desatiende un poco su sentido original. Más allá de una revolución de las máquinas con Skynet o de ver a Jennifer Lawrence como parte del retorcido juego romano en que actúa, podemos encontrar textos distópicos cuyo mensaje social y político se recicla y se vuelve actual, aunque hayan pasado sesenta o noventa años desde su publicación.

En épocas más románticas, en las que las ideologías políticas ofrecían utopías como una igualdad total o la capacidad de escalar socialmente con la acumulación de bienes, las distopías mostraron que en la práctica todo se puede desvirtuar.

A pesar del paso de las décadas, los fantasmas de escritores como George Orwell —el alias de Eric Arthur Blair— y Aldous Huxley deambulan todavía entre las librerías. Ellos son autores de dos muy conocidas obras maestras de la distopía: 1984, publicada en 1948, y Un mundo feliz (Brave New World), que había aparecido diecisiete años antes, en 1931. Sus mensajes son tan actuales que cuando Donald J. Trump ganó las elecciones estadounidenses en noviembre de 2016, las ventas de 1984 aumentaron. La crítica política de Orwell se renueva en cada época.

Cuando estas novelas fueron publicadas, las distopías literarias no eran algo nuevo. Su estallido en el siglo XX tuvo una larga mecha desde finales del siglo XVIII. Escritores como Jonathan Swift —el autor de Los viajes de Gulliver (1726)—, iniciaron los primeros libros con tintes distópicos. Entre una narrativa de aventuras y estéticas utópicas, Swift relataba una parodia social y política sobre Inglaterra. En el ensayo ‘Política frente a literatura: un análisis a Los viajes de Gulliver’ (1946), Orwell lo pone más claro y afirma que «el objetivo, como es usual, es humillar al hombre recordándole que es débil y ridículo, sobre todo que apesta».

Entre los siglos XVIII y XIX, los libros distópicos comenzaron a publicarse entre grandes lapsos. En 1872, Samuel Butler publicaría Erewhom, y en 1895, H. G. Wells, La máquina del tiempo. El boom no se dio hasta que Jack London, en 1907, escribió la historia de una oligarquía totalitaria que reacciona oprimiendo y encarcelando al proletariado. Ese libro, El talón de hierro, marcó la estructura que influiría al resto de escritores distópicos, sobre todo a Orwell. En el siglo XX, con sus guerras y revoluciones, estallaría oficialmente el género distopía.

Luego de terminada la Gran Guerra, el ruso Eugene Zamiatin escribió Nosotros (1921), un libro reaccionario ante la Revolución Bolchevique. Se trata de una distopía sobre el totalitarismo que dio las piezas clave para la creación de Orwell: un Estado con control absoluto, culto a la imagen del gobernante o pérdida de la identidad individual. La publicación del libro causó tanto revuelo, que llevó a Zamiatin a exiliarse en París.

El clímax de las distopías políticas se presenta con George Orwell. Luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, el escritor inglés publicó dos libros con una dura crítica al gobierno comunista de Stalin: Rebelión en la granja (1945), y tres años después, 1984. El tinte político de las novelas distópicas empezó con Zamiatin criticando al gobierno de Lenin o con London describiendo las atrocidades que vive la clase obrera frente al capitalismo inglés. Sin embargo, otros escritores miran desde otro ángulo.

Novelas como Un mundo feliz (1931), de Aldous Huxley, o Farenheit 451 (1953), de Ray Bradbury, se encargarían de hacer una crítica de la sobrecarga de placer como forma de control social. Tanto la obra de Huxley como la de Bradbury utilizan drogas, el placer sexual e hiperconsumismo como forma de dominio a las masas. La distopía señala los dos lados de las utopías más presentes en el mercado político: el comunismo y el capitalismo.

La diferencia entre los dos libros se encuentra en las sociedades a las que retratan. En la obra de Huxley, la población está bajo control de un Estado basado en la filosofía creada por Henry Ford. Mientras que en el texto de Bradbury, el Estado participa en la quema de cualquier tipo de libro, porque todo ya está en video: predicciones que hoy en día se vuelven palpables ante la llegada de internet y la constante actualización tecnológica. En ambas historias —al igual que en las demás distopías— el mundo de opresión se desmorona cuando un individuo comienza a reflexionar sobre su contexto.

Aunque esa tradicional interacción entre personaje y contexto que ocurre en la distopía no se desarrolla igual en La naranja mecánica. Anthony Burgess crea en 1962 un mundo corrupto con un gobierno autoritario; pero en vez de un protagonista que reacciona por la represión, Alex de Large es un adicto a la violencia y al sexo, lo que lo lleva a prisión. En la novela de Burgess el protagonista es producto de su realidad retorcida, la acepta y la abraza hasta que al final decide llevar una vida estable: tener una familia y un trabajo.

El final, el cine lo arrebató. En 1971, Stanley Kubrick, al adaptar la novela, decidió que Alex debía vivir por siempre disfrutando de la ultraviolencia, y la película se viralizó de una forma que nunca alcanzó el libro. Aunque el filme se ha calificado como de culto, se encuentra una evidencia del declive del texto frente a la imagen. Y así, las viejas y nuevas distopías se han encontrado en reciclaje: entre la novela y el cine.

Para entender por qué se reutilizan los textos distópicos —ya sea para cine o porque el contexto lo amerita— debemos entender lo más básico: la relación de la utopía con la distopía. La primera, siendo acuñada por el pensador Tomás Moro en 1516, durante el Renacimiento, para describir una sociedad ideal: un Estado caracterizado por la convivencia pacífica, el bienestar físico y moral de sus habitantes, y el disfrute común de los bienes. Tal pensamiento idílico da a entender que aquello no existe, pero no detiene la ansiedad de buscar la perfección.

En su artículo ‘De la utopía clásica a la distopía actual’ (1985), el catedrático Luis Núñez Ladeveze escoge analizar el libro La ciudad del sol (1613), del filósofo Tommaso Campanella, para delimitar las características de esa ciudad utópica: identidad homogeneizada, abolición de la propiedad privada y sumisión ante el Estado. Núñez lo compara con 1984, de Orwell, y las características de las sociedades de los dos libros son idénticas. Lo que lleva a la conclusión de que, al igual que el Yin y el Yang, no existe distopía sin utopía.

Esta unión entre utopía y distopía como hermanas siamesas podemos observarla en el libro El cuento de la criada (1985), de la escritora canadiense Margaret Atwood, o la novela gráfica V de Venganza (1982-1988) escrita por Alan Moore e ilustrada por David Lloyd. En estas dos historias, un mundo utópico se corrompe y se va desmoronando ante el cuestionamiento de un individuo.

El libro de Atwood describe una utopía teocrática puritana, en la que la mujer queda como una ciudadana de segunda clase con el único valor de la fertilidad. Dentro de esa sociedad, se ha creado una clase social: las criadas, que no tienen identidad, que son propiedad de un hombre —llamado «comandante»— y con la única finalidad de reproducción. Así, como en 1984 o Farenheit 451, un personaje dentro de ese grupo oprimido empieza a preguntarse acerca del orden establecido. La distopía nace en el momento en el que existe el cuestionamiento.

Esa reflexión se lee en V de Venganza. El cómic ilustra a una Gran Bretaña dominada por un régimen fascista, promesa de una estabilidad después de una guerra mundial. Alan Moore, influenciado totalmente por 1984, crea un partido dominante y a un Estado que controlan a su ciudadanía con dos agencias de vigilancia (el Ojo y la Oreja) y una de propaganda (la Boca). En ese contexto aparece un personaje llamado V, que cuestiona el orden, y que con actos propagandísticos y terroristas viraliza su cuestionamiento en la ciudadanía, abriendo las puertas a la anarquía.

Todos los textos distópicos nacen como reacción ante su contexto: Swift y el Imperio Inglés; Orwell y la Segunda Guerra Mundial (nazismo, fascismo y comunismo); Zamietin y la Revolución Bolchevique; Bradbury, Huxley y el consumismo; Atwood y la segunda ola del feminismo; Moore y el gobierno de Margaret Thatcher; entre otros. En todos existe un concepto de sociedad ideal hasta aplicarla a la realidad. La utopía pasa por las manos de seres humanos, se distorsiona, y se convierte en distopía.

Jorge André Hernández

Jorge André Hernández Periodista