El caótico mundo de los viajes en el tiempo

Uno de los mayores anhelos de la humanidad es el poder visitar el pasado o el futuro. En pleno siglo XXI, la época de la hiperconectividad y el internet de las cosas, hasta un ticket a Marte se quedaría corto ante el menor atisbo de poder viajar en el tiempo. Es el turismo soñado. Y es también el menos comprensible.

Y es que un recorrido de esta naturaleza genera más dudas que respuestas (y eso sin considerar los detalles técnicos). La ficción ha tratado el tema en casi todas las formas que constan en el manual de probabilidades de viajes en el tiempo. Sin embargo, ¿sería como nos lo contaron?

Empecemos por definir lo que es un viaje en el tiempo. Para considerar esta empresa debemos ser capaces de trasladar materia a través de lo que en física se conoce como el tiempo-espacio. Esto último es también llamado la cuarta dimensión.

Sentimos y manipulamos el mundo en tres dimensiones (largo, ancho y profundidad). El tiempo-espacio, formulado por primera vez por el famoso científico Albert Einstein en la Teoría de la Relatividad es una dimensión superior a las tres anteriores. Según el postulado inicial de esta concepción, si pudiéramos situarnos sobre esa cuarta dimensión, seríamos capaces de ver y manipular la línea de tiempo y desplazarnos libremente como lo hacemos en las tres dimensiones de nuestro mundo material.

En el clásico filme The Time Machine (1960), el artefacto que hace posible los viajes en el tiempo es una gran máquina con unos pequeños indicadores que muestran la fecha hacia la que se desplaza. Al igual que en la cinta de los sesenta, en el popular filme Back to the Future (1985) utilizan un mecanismo numérico dentro de un auto Delorean (la máquina del tiempo) para fijar la fecha a la que se va a viajar. En ninguna de estas películas se muestra como tal una línea de tiempo que se pueda manipular o tener en cuenta para viajar libremente, como sucedería si tuviéramos el control del espacio-tiempo. Quizás, la narración no permita el spoiler que se suscitaría si tuviéramos una visión del lugar adonde vamos a ir, incluso si es un pasado que por historia ya conocemos.

Hasta aquí en dos películas, casi de culto. Antes de seguir, hagamos un pequeño recorrido literario. Ray Bradbury es sin duda uno de los grandes baluartes de la literatura de ciencia ficción del siglo XX. En 1952 escribió ‘El ruido de un trueno’, un cuento que relata los viajes en el tiempo auspiciados por Safari S. A., una compañía que se dedica a mandar ‘cazadores’ a la prehistoria para aniquilar dinosaurios. Aunque este es un clásico sobre el tema que se trata en este artículo, no se dan detalles específicos sobre la mecánica que les permite desplazarse en el espacio-tiempo. No obstante, es un impresionante aporte a lo que más tarde se llamaría Teoría del Caos.

En 1958 se publicó otra joya: ‘Los hombres que asesinaron a Mahoma’, de Alfred Bester. Las cosas aquí son más simples. Un científico de una universidad excéntrica ve a su mujer en brazos de otro hombre y decide, con una enorme simpleza —casi como si se tratase de armar legos—, construir una máquina del tiempo que le permita viajar al pasado a matar a los ancestros de su mujer para que ella no exista más en el presente. Lo hace primero con su abuelo. No funciona. Lo intenta luego con otros familiares más antiguos. Tampoco. Luego se entera de que el tiempo-espacio de cada individuo no influye en los demás, en un concepto bastante coherente de por qué nuestra propia existencia es al azar. Sin ánimo de avanzar en este interesante precepto que pocas veces ha sido narrado en el cine, detengámonos en lo que planteé primero: el control sobre el espacio-tiempo en el que reposa el concepto científico original.

Ni en las dos películas ni en los dos relatos —muy aclamados por los seguidores de los viajes en el tiempo, por cierto— existe esta muestra de cómo se puede tener un control ‘real’ sobre la línea de tiempo en la que se desplazan.

¿Por qué tanto énfasis en esto? Porque si una persona fuese capaz de manipular a su antojo la línea de tiempo, podría retornar a esas épocas a las que se desplazó y podría alterarlas una y otra vez, si quisiera. Y es aquí donde nace la diatriba de este razonamiento. Si tuviéramos la capacidad de viajar en el tiempo, ¿cuál sería nuestra realidad inmediata? Esta pregunta surge de entender cómo nuestra existencia puede darse en dos líneas de tiempo distintas. Es decir, en aquella de la que venimos y en esa a la que vamos, sobre todo porque nuestra propia existencia tiene influencia en el orden establecido del mundo caótico donde vivimos. Sí, es una paradoja.

El efecto mariposa (2004) es una película que relata la historia de un joven que tiene el extraño poder de viajar al pasado a través de escritos en su diario personal. Este personaje busca remediar su vida y la de sus allegados a través de cambios en el pasado que influyen enormemente en el futuro, de manera completamente inesperada. La película trata lo mismo que Ray Bradbury anticipó en ‘El ruido de un trueno’: la Teoría del Caos.

En el cuento, la mayor preocupación de Safari S. A. es la de no alterar de ninguna forma el pasado, pues tendría repercusiones en el futuro. Y vaya que las tiene. De formas jamás pensadas.

La Teoría del Caos, en resumidas cuentas, es un modelo matemático que sostiene que determinados sistemas tendrán cambios sustanciales si varían sus condiciones iniciales; dependencia sensitiva. Dicho de otra manera, el más pequeño de los cambios en una situación puede derivar en cambios ‘astronómicos’. Por ejemplo, pensemos en la fábula en la que origina la archiconocida frase «mi reino por un caballo»: por culpa de un clavo se perdió una herradura, por una herradura, se perdió un caballo, por un caballo, se perdió una batalla, por una batalla, se perdió el reino. Y todo por un clavo de una herradura.

A pesar de la narración de El efecto mariposa y el relato de ‘El ruido de un trueno’ —que dicho sea de paso, anticipó el trabajo realizado por Edward N. Lorenz sobre la Teoría del Caos en la meteorología en 1963—, aún quedan dudas sobre si en verdad funcionaría así la realidad. En la película, por más esfuerzos que hiciera el personaje principal, su futuro se alteraba de manera que no podía remediar los traumas del pasado, pues se manifestaban de tal forma que la cura era casi peor que la enfermedad.

No obstante, en ‘El ruido de un trueno’ es más fácil de dilucidar, pues se tiene claro que los cambios se producen sí o sí. Aquí retomamos la interrogante planteada en un párrafo anterior: ¿qué sucedería con nuestra realidad presente si interviniéramos en nuestra propia existencia en el tiempo al que nos desplazamos?

Parecería que en Twelve Monkeys (1995) y Primer (2004) tienen una respuesta un tanto más plausible en torno a esta diatriba y a la paradoja que genera. En el primer filme, un exconvicto de un futuro postapocalíptico es enviado al pasado para obtener información sobre el virus que acabó con el 99% de la especie humana en la superficie terrestre. Son viajes erráticos, por cierto, pues los científicos a cargo del ‘tour’ no tienen la precisión exacta para que el protagonista viaje a la época correcta. Lo interesante del filme está en que parecería que la naturaleza evita que se modifique el curso natural de la historia. Cada vez que se intenta realizar un cambio puntual, el azar se lo impide sutilmente, quizás porque su presencia en esa época interrumpe la normalidad de la línea del tiempo o porque ambas líneas no pueden coexistir, pues la lógica natural lo impide. De ahí que el protagonista sufra de amnesia, casi como si al trasladarse a la época de su niñez perdiera todos sus recuerdos actuales, pues no ha ‘vivido’ ese futuro todavía.

En Primer las cosas se vuelven aún más complejas. En esta película del genial Shane Carruth, dos amigos y compañeros de trabajo crean, por accidente, una máquina del tiempo. La narrativa del filme es sumamente compleja, tanto como lo es desplazarse hacia en el tiempo-espacio según el director y también actor. Primer plantea hacer viajes en el tiempo para poder saber en qué cotizar acciones y obtener dinero rápido. Hasta ahí es sumamente trivial, salvo cuando los dos personajes empiezan a hacer viajes por cuestiones personales sin informar al otro. Un detalle técnico muy acertado de este filme ocurre cuando se genera la paradoja del teléfono celular. En uno de los viajes, el protagonista se lleva su teléfono y recibe una llamada. Las redes celulares funcionan ubicando el número por satélite, pero si existen dos números idénticos recibiendo la señal al mismo tiempo: ¿quién contestaría primero? O más extraño aún: ¿cómo se efectuaría la conexión? Este pequeño experimento inserto en el filme deja claro lo siguiente: la lógica natural se derriba cuando un individuo se desplaza a un espacio temporal en el que él mismo ya existe. Quizás este es otro postulado que agregar a la Teoría del Caos.

El razonamiento más cercano a una lógica entre los viajes en el tiempo y el caos generado por sus paradojas se encuentra en el cuento de Alfred Bester: ‘Los hombres que asesinaron a Mahoma’. En el relato se explica algo que no ha sido abordado por la pantalla grande, algo que aquí llaman continuum universal, y se trata de una continuidad que por lógica deriva de acciones puntuales, o sea, de la vida misma. Resulta que eso no existe para un viajero del tiempo, pues su línea de tiempo o la que desarrolla en sí es única e intransferible. Es decir, los cambios que producen en la historia (el pasado), no tienen repercusión más que para su propia existencia y, tal vez, en sus recuerdos, pues el pasado es como la memoria. Cuando le borras el recuerdo de un hombre, lo borras, pero no borras a ningún otro, explica el texto. Y agrega: no hay ningún continuum universal. Solo hay millones de individuos, cada uno con su propio continuum, y un continuum no puede afectar al otro. Somos como millones de espaguetis en la misma cazuela. Ningún viajero del tiempo puede encontrarse jamás, ni en el pasado ni en el futuro, con otro viajero. Cada uno viaja solo por su propio espagueti.

Esto último cobra sentido cuando analizamos nuestro entorno y tratamos de entender por qué si la civilización ha llegado hasta este cénit tecnológico, no existe un visitante del futuro que nos muestre las maravillas de un tiempo en el que no tendríamos dificultades para inventar los viajes al pasado.

Lo más cercano que tenemos de poder observar el pasado distante sigue siendo lo que este periodista llama ‘La Máquina del Tiempo Cósmica’, que no es otra cosa que un efecto de la relatividad cuando al observar un cuerpo celeste, por estar a veinte años luz de distancia, lo vemos veinte años en el pasado, y viceversa: si alguien a dicha distancia nos observa, estaría viendo a la Tierra en 1997. A pesar de que es una especie de consuelo, es un fenómeno maravilloso, tanto así que hasta podemos superar la barrera de las tres dimensiones, quizás manipulando el espacio-tiempo, como en el videojuego Final Fantasy XIII-2, donde existe un retrato muy preciso de cómo se verían las líneas del tiempo a las que podemos acceder. Algo de lo que podrían tomar nota en Hollywood.

Modificado por última vez en Miércoles, 17 Mayo 2017 15:13