Encerrado en el hielo: la Antártida de Federico Bianchini

Desde los barcos del capitán James Cook que cruzaron el círculo polar antártico en 1773 hasta la expedición del Discovery del Reino Unido y la exploración de James Clark Ross por lo que hoy se conoce como el mar de Ross, la Antártida ha sido el sueño de aventureros y exploradores de todo el mundo.

De esa mancha blanca pintada al extremo sur del mapamundi, del continente de hielo, se sabe oficialmente apenas desde inicios del siglo XIX, cuando se confirmaron las primeras observaciones y la ciencia aceptó como cierta la leyenda que contaban marineros y cazadores de focas.

En Argentina, junto con Chile, el más austral de los países latinoamericanos, el periodista Federico Bianchini (Buenos Aires, 1982) recuerda que una de sus primeras referencias sobre la Antártida la tuvo de su abuelo, cuando le contaba de un amigo que había ido y le faltaban palabras para describir la belleza misteriosa de los paisajes antárticos.

El comentario de mi abuelo se me quedó como algo latente, como una especie de desafío —dice Bianchini cuando le pregunto «¿por qué la Antártida?».

Después, en 2010, Federico Bianchini hizo una nota para la revista Viva, del diario argentino Clarín, sobre los militares y los científicos que trabajaban en la base de la Antártida. Así pudo reportear el entrenamiento de un curso de aspirantes que se desarrolló en el Cerro Tronador, en las nieves de Bariloche.

«Es un curso que hacen montones de militares de todo el país, pero muy pocos son aprobados. Hay una gran selección antes de viajar», asegura.

Bianchini acompañó cuatro días a esos aspirantes: anduvo por grietas, hizo escalada en roca..., aunque asegura que «no fue tanto un entrenamiento físico sino más de precaución… para saber qué hacer si te agarra una helada (por ejemplo), qué es lo que hay que hacer…».

De ese primer contacto, se le presentó a Bianchini la posibilidad de hacer un viaje a la Antártida, pero la invitación se fue postergando y no se cumplió sino hasta 2014, cuatro años después de su primera nota periodística sobre los militares que aspiran a llegar al continente blanco.

¿Cómo te documentaste?, ¿qué leías?, ¿qué revisaste antes de viajar a la Antártida?

Cuando revisaba lo que había sobre la Antártida, me di cuenta de que se había escrito poco.

La Antártida era un territorio no solo inexplorado en el ámbito científico, sino en el ámbito narrativo-literario. Hallé por ahí un texto breve sobre gente que había ido, pero no encontré bibliografía sobre la vinculación de las personas con el continente, sobre cómo pasan los días, cómo viven… Encontré descripciones sobre el clima. Hallé un libro de un biólogo que se apellida Campbell (El desierto de cristal, de David Campbell) y habla de la fauna y la flora del continente. Mientras lo leía, ya en la página cincuenta —recuerda el periodista— uno se decía: «¿Pero cuándo va a pasar de esa descripción minuciosa de flora y fauna a algo un poco más entretenido?», y nunca pasaba. Por eso traté de que mi libro no fuera una mera descripción de paisajes, y de que mostrara historias épicas, de vida, reflexiones de la misma gente que reside un año o más alejada de su familia. Trate de encontrar el sentido que ellos le dan a vivir en la Antártida.

Para explicar la imagen distorsionada de la realidad que se tiene de los lugares desconocidos, o acaso «conocidos» solo por televisión, internet o fotos de revista, Bianchini pone como ejemplo un viaje que hizo el año anterior a Rusia, donde se topó más de una vez con «gente y lugares maravillosos» en situaciones que a veces le resultaban inentendibles, sobre todo debido al lenguaje y las diferencias culturales. Algo similar le pasó con las imágenes y el material que recopiló antes de ir a la Antártida: «Cuando llegué, me encontré con paisajes de belleza indescriptible, como decía el abuelo».

De hecho —apunta Bianchini—, al volver de la Antártida, ese fue un problema que tuve que resolver. Y me junté con una poeta argentina muy importante, y muy amiga, y charlando con ella coincidimos en que, para poder transmitir lo que había visto y sentido, debía llevar el registro narrativo del libro un poco hacia lo poético, con imágenes y metáforas que lograran que el lector imaginara esa Antártida mítica. De otra manera, escribir el libro iba a ser una experiencia frustrante y no iba a poder transmitir lo que producían esos paisajes, que de hecho eran algo casi improcesable.

La estancia de Bianchini en la Antártida estaba programada para 10 días, en los que realizaría algunas entrevistas y registraría cómo es la vida en el continente de hielo. Pero por los caprichos del clima, que es el que allí tiene la última palabra, su estadía se prolongó hasta los veinticinco días en una base científico-militar argentina, «encerrado en el hielo», como dice el título de su libro.

Sin saber cuándo regresarías a casa, ¿en algún momento sentiste desesperación, miedo?

Me habían dicho que una de las cosas más peligrosas que puede pasarle a la gente en la Antártida es encerrarse en sí misma. De hecho, era curioso que cuando alguien te veía solo en la base se te acercaba para hablar; tanto que, por ejemplo, me costaba leer una novela que había llevado, porque siempre había alguien que me encontraba y me empezaba a hablar… Lo que me pasó es que después de unos días de estar encerrado en la base, sin poder salir por una tormenta, no había nada que hacer porque todos los lugares estaban generalmente copados. Entonces me metí a un cuarto y, después de unos días, empecé a sentir que nada de lo que estaba haciendo tenía sentido: me puse a leer, pero no tenía ganas; me puse a escribir y tampoco. Era una especie de depresión antártica que acabó cuando alguien me golpeó la puerta y me invitó a un encuentro con otras personas para hablar de la base. Me fui con ellos para romper el aislamiento en el que estaba.

Al volver de la Antártida a Buenos Aires, después de esos veinticinco días, Bianchini tenía grabadas cerca de 48 horas de entrevistas. Era demasiado material para la nota que debía entregar, pero, en cambio, era información todavía insuficiente para escribir un libro. Además de que su regreso coincidió con el Mundial Brasil 2014, adonde viajó para reportear el evento futbolístico.

Cuando Bianchini quiso por fin sentarse a organizar el material que había recopilado en la Antártida y escribir, ya «estaba en otra frecuencia», desconectado del tema. «Esas 48 horas me resultaban lejanísimas», dice. Por eso debió retomar los contactos y seguir con la documentación y las entrevistas, hasta completar el rompecabezas que supone escribir una historia.

Escuchar las entrevistas completas y transcribir el material importante es una costumbre sana que no todos los periodistas tienen; suele ser un trabajo lento y cansino. Bianchini, sin embargo, cuenta que no le saca el cuerpo a esa tarea, porque así se hace un mapa mental del material del que dispone, selecciona frases, ideas, con las que después arma sus textos. «Me gusta sentarme a escribir con una idea clara de lo que quiero», asegura, aunque aquello implique procesar 48 horas de conversaciones grabadas.

El reto de ahí en adelante, apunta el periodista, consistió en combinar esas historias y hacer que cada una aportara un concepto al libro. Así eligió la historia de un militar, el sargento primero Fernando Cumil, quien le contó de la vez que durante sus trabajos de buceo se topó cara a cara con una foca leopardo, «un animal de 500 kilos que se mueve en el agua como si no pesara» y que meses atrás había arrastrado hasta el fondo del océano a una bióloga británica.

Me pareció que ahí —reflexiona Bianchini— había una historia que mostraba el peligro que puede haber en la Antártida en el encuentro inevitable con los animales, más allá del peligro del clima (sobre lo que también escribe, por ejemplo, en la crónica de un hombre que se pierde en una tormenta de nieve)… O la historia de un médico de 26 años que espera, sin dormir, junto a un paciente y compañero de la base, por un helicóptero de rescate que se demora cuatro días en llegar debido a las inclemencias del clima. Eso da una idea de lo alejada que está la Antártida, de lo poco que podemos hacer en circunstancias extremas, de la insignificancia del ser humano… En ese sentido, creo que el periodismo sirve como excusa para comprender el mundo, para conocer lugares y gente maravillosa que, de otra manera, tal vez no hubiese conocido.

Antártida. 25 días encerrado en el hielo (Mirada crónica, Tusquets Editores), de Federico Bianchini, es la obra ganadora de la beca Michael Jacobs para periodistas de viajes que ofrece la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Bianchini fue el ganador de la convocatoria 2016. Ha sido merecedor del primer lugar del premio Las Nuevas Plumas, en 2010, y del premio Don Quijote de Periodismo, en 2013. Es también editor de la revista Anfibia y autor de Desafiar al cuerpo: Del dolor a la gloria (Aguilar), un libro de crónicas sobre deportistas extremos del que «se empezará a rodar un documental este año», explica el periodista y también guionista del filme.