Son tan importantes los festivales de cine

A Óscar le hicieron un favor cuando lo dejaron plantado a los 15 años. La chica a la que había invitado para ver una película nunca llegó, pero él, de todos modos, no iba a perder la tarde, así que fue a ver la cartelera. Justo ese día, en las salas del centro comercial había un festival de cine español. Como la desilusión provoca ganas de algo distinto, entró y descubrió que había algo que no era Hollywood. «Ahí empezó mi gusto por el cine independiente», recordó Óscar años después, cuando era el editor de la sección de Cultura de un periódico que priorizaba los contenidos por fuera de los centros hegemónicos.

Todos tenemos en algún momento esa especie de puntapié inicial. Algo parecido le sucedió a Andrés Cornejo, cuando, al asistir al Festival Encuentros del Otro Cine (EDOC), pudo ver en vivo a algunos de los cineastas que hoy son sus referentes. En 2014, Cornejo presentó en ese mismo espacio su documental La clara y la oscura, sobre la lucha de los habitantes de Salango contra una fábrica que pone en peligro la reserva, y en la edición que está acabando, trajo El utilero, la historia de Júnior, utilero de Independiente del Valle, equipo que el año pasado jugó la final de la Copa Libertadores. El EDOC es un espacio al que Cornejo le sacó el jugo, «una experiencia que no te deja indiferente».

Fundado por Corporación Cinememoria (organización cuyo objetivo es preservar el patrimonio audiovisual y promover el cine documental en Ecuador), este festival es el único que se ha mantenido durante quince ediciones trayendo, una vez al año, documentales de todo el mundo.

Desde sus inicios, el EDOC fue dirigido por Manolo Sarmiento, quien en 2013 presentó ahí su propio documental —la película más vista en las salas de cine ese año—, La muerte de Jaime Roldós. Desde 2016, al frente del festival está Alfredo Mora Manzano, quien opina que la importancia de estos eventos radica en que son un punto de encuentro entre los creadores y el público, y, en ese sentido, se constituyen en puntos de encuentro y de intercambio de ideas, además de que alojan otras actividades relacionadas con las industrias culturales y la búsqueda de alianzas de coproducción entre países. «Un festival debe mantenerse en el tiempo porque crea un nicho esencial en el imaginario cultural de una ciudad», dice Alfredo Mora. En los últimos años, la asistencia al EDOC ha fluctuado entre las quince mil y dieciocho mil personas.

El EDOC programa exclusivamente documentales. «Buscamos películas que partan de la realidad pero en que su autor tenga algo que decir», precisa Mora, y agrega: «Creemos que el cine documental tiene una importancia particular en la actualidad ya que, como decía Michael Moore en su discurso de agradecimiento de los Óscar, “vivimos en tiempos ficticios”, la objetividad de los medios tradicionales prácticamente ha desaparecido y necesitamos que a través del cine tengamos visiones apegadas a la realidad que nos traigan porciones del mundo para que las conozcamos. No importa si nos hablan de grandes conflictos o de pequeñas historias personales».

En un país en el que más del 90% de la oferta cinematográfica de las salas proviene de un mismo origen, Hollywood, la importancia de que festivales como este se mantengan en el tiempo salta a la vista. Mora lo define así: «Los festivales son eventos de una enorme trascendencia no solo para nuestra identidad, sino para nuestra soberanía y nuestra independencia. Si no sobrevivimos culturalmente, tampoco sobreviviremos económica ni políticamente».

Por eso, plantea, es necesario que entidades públicas aporten con recursos que permitan que estas subsistan con el tiempo. Algo que ocurría sin problemas durante algunos años, pero que en 2015 tuvo una reducción dramática.

«Los festivales no son solo importantes para los directores de cine, sino para la ciudad donde se realizan, porque incentivan el comercio local y el turismo, diversifican la cartelera cultural con cine no comercial que presenta seres humanos de carne y hueso con formas diferentes de vivir la vida, es decir son una ventana desde la cual podemos ver distintos rincones del planeta», dice Freddy Alfaro, director de otro festival de cine que ha subsistido por más de una década, El lugar sin límites. Para Alfaro, «los festivales le dan una personalidad cultural a las ciudades».

Creado en 2002, El lugar sin límites promueve los derechos humanos de la comunidad LGBTI, a través de trabajos cinematográficos de género documental, largometraje y cortometraje ficción, tanto desde trabajos de corte experimental, como de animaciones o video arte de temática lésbica, gay, bisexual, trans o intersex.

En una sociedad que no ha logrado derribar las barreras de género, la intención de El lugar sin límites es generar, a través del cine, espacios de integración cultural y social, con actividades que combinen el conocimiento, entretenimiento y la reflexión en torno a la diversidad de género. «La cultura ocupa un lugar estratégico en la búsqueda de soluciones de los problemas sociales», apunta Alfaro.

La función de generar espacios de debate también la ha cumplido por 16 años un festival dedicado a las niñas, niños y adolescentes, Chulpicine. Freddy Sarzoza, el director, dice que buscan hacer efectivo el diálogo sobre los derechos de los menores. «Pese a los esfuerzos que se han hecho, y pese a todos los discursos que se generan en torno a niños, niñas y adolescentes, no se ha generado estos espacios para este grupo», dice. Y sostiene que hacerlo con filmes dirigidos a ellos es vital, porque «desgraciadamente el cine en su conjunto pocas veces regresa a ver a este grupo».

Según Sarzoza, Chulpicine se enfrenta a una doble falta de acceso: las películas que proyectan no están en los circuitos convencionales, y, además, el festival busca poblaciones lejanas, sectores con escasez de producción cultural, pues «creemos firmemente que todas las personas deben tener el acceso a estos espacios», dice.

Y concluye en que lo importante es que los festivales tengan continuidad. En efecto, una de las cosas que tienen estos eventos es el simple hecho de estar ahí y ser una alternativa. Una alternativa que uno nunca sabe cuándo va a necesitar.