El vampiro que pasó del folclor a ícono pop

El 26 de mayo de 1897 en Gran Bretaña, un libro de cubierta amarilla y letras rojas llegó a las librerías para convertirse en las pesadillas de la Inglaterra victoriana y del mundo. Drácula, de Bram Stoker, acaba de cumplir 120 años de publicación. Y sin saberlo, el escritor irlandés soltó la correa del que sería el vampiro más famoso de la historia.

Antes del conde Drácula, los vampiros ya acechaban en las noches. Alrededor del mundo existieron criaturas míticas que vivían del consumo de sangre humana: desde Tlahuelpuchi en México hasta Obayifo en África occidental. Sin embargo, el vampirismo —tal como lo conocemos actualmente— nació alrededor del siglo XI en la Europa sudoriental, como explicación de algunas enfermedades como la peste bubónica, la pelagra o la descomposición de los cuerpos.

Al escarbar y ver a un cadáver con el cabello y las uñas largas, con el estómago hinchado y un hilo rojo saliendo de su boca, los europeos de hace nueve siglos se alarmaron. Creyeron que el muerto salía de su tumba por las noches y consumía la sangre de los vivos. Fue por eso que se desarrollaron diversos métodos preventivos —entre esos, los métodos clásicos— como decapitar a los cadáveres, enterrarles estacas, colocarles tierra en la boca, quemar sus corazones o incinerarlos. Desde entonces, el vampiro se introdujo en el bestiario del folclor de Europa oriental y comenzó a acechar en las pesadillas.

El boom del vampirismo se dio como fenómeno en Serbia en el siglo XVIII, cuando dicho territorio se encontraba en medio de un conflicto entre el Imperio Austriaco y el Otomano. Los médicos y autoridades austriacas redactaron informes acerca de los estragos de la guerra y ahí describieron los rituales serbios de entierro para prevenir el ataque de los vampiros. A través de esos textos estalló una histeria por supuestos ataques de estas criaturas, que finalmente fueron desmentidos por una investigación médica en 1755.

El vampiro sobrevivió, invadió la noche del viejo continente y comenzó a tener un papel más sofisticado en el imaginario europeo. En una noche de 1816 en Suiza, cuatro escritores ingleses se hospedaron en Villa Diodati por el mal tiempo. Eran Lord Byron, John Polidori, Percy Shelley y Mary Godwin (que terminaría casándose con Shelley y adoptando su apellido). Mientras se contaban y redactaban historias de terror en las tinieblas, dos criaturas se gestaron: el monstruo de Frankenstein y el vampiro moderno.

La evolución del vampiro hasta llegar a convertirse en Drácula tiene diferentes paradas literarias. Después de ese episodio en Suiza, Lord Byron inició una historia de horror que nunca terminó, pero influyó a Polidori para escribir El Vampiro (1819), el primero de la literatura inglesa. Entre 1945 y 1947, el escritor James Malcolm Rymerel y el ilustrador G. T. Bourne crearon y distribuyeron un folletín llamado Varney, el vampiro, que después sería recopilado en un libro; y, por otro lado, en 1872 nació la primera vampiresa en la novela Carmilla, del irlandés Sheridan Le Fanu.

Desde El Vampiro hasta la Carmilla dieron detalles precisos a Bram Stoker para la creación de su propia novela vampírica. Pero es, sobre todo, el personaje de la novela de Polidori, Lord Ruthven —quien es recordado como el primer vampiro dandi, aristocrático y seductor— el que influyó de forma literaria para la creación del conde Drácula.

Entre los personajes históricos que supuestamente influenciaron para dar vida al conde de Transilvania son varios. Entre esos está ‘Jack el destripador’, el asesino en serie que mató cinco prostitutas en Londres en 1880.También está la condesa sangrienta Erzsébet Báthory de Eslovaquia (1560-1614), quien asesinó a 650 chicas vírgenes para extraerles la sangre y darse baños de juventud. Pero ninguno se destacó tanto como un tirano príncipe de Valaquia, al sur de Rumania: Vlad III (1431-1476), también conocido como ‘Vlad el empalador’ o Vlad Dracul, quien ayudaría a nombrar el vampiro de Stoker: Drácula.

La historia de un conde de Transilvania que se muda para Inglaterra, vampiriza a dos mujeres y se enfrenta al conocimiento del doctor Abraham Van Helsing, que concluye con su muerte. La novela se caracteriza, como el monstruo de Frankenstein, por estar conformada por la unión de páginas de diarios, cartas y telegramas de todos los personajes humanos, mientras la presencia de Drácula es permanente ante el ojo del lector y muchas veces se encuentra a la ignorancia del resto de los personajes. El libro, a pesar de las duras críticas, salió de las fronteras de Gran Bretaña.

Drácula comenzó una carrera contra el olvido. En 1922, adaptaron la novela al cine, pero con otro título: Nosferatu, dirigida por el cineasta alemán Friedrich Wilhelm Murnau. Por no haber pagado los derechos de autor, el estudio alemán fue demandado y el filme confiscado. Bram Stoker había fallecido hacía más de una década, por lo que su esposa Florence le dio los derechos de su novela al actor de teatro Deane Hamilton, quien realizó una adaptación en 1924 y tres años después cruzó el océano Atlántico para llegar a Estados Unidos.

El verdadero ascenso de la popularidad de Drácula sucedió en 1931. El director Tod Browning adaptó otra vez el libro de Bram Stoker y eligió al actor austrohúngaro Béla Lugosi, quien interpretó al conde y le dio las características por las que el público lo recordaría. El personaje que desarrolló Lugosi influyó en casi todas las adaptaciones y apariciones del vampiro en cine, televisión, cómic y videojuegos.

El conde de Transilvania se convirtió en una estrella de cine que se paseó de película en película. En su extensa filmografía encontramos a directores como Francis Ford Copolla en la adaptación más fiel al libro de Bram Stoker en 1992, o Werner Herzog con su versión de Nosferatu de 1979. Los vampiros nunca mueren, en el cine muchos van y vienen, pero solo Drácula se convirtió en ícono pop.

Jorge André Hernández

Jorge André Hernández Periodista
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