La ruta del animal de ceniza

Los primeros libros de un poeta siempre son un riesgo entre el aportar a la poesía o no, jugándoselas con el lector y la vida. Por lo que no favorece a estos libros que aparezcan comentarios inflados sobre su realidad. Generar una falsa expectativa de un libro es el camino directo a la frustración de un lector. Lo que sucede muchas veces cuando leemos un libro del que alguien ha redactado previamente un comentario artificioso, lleno de sutilezas intelectuales que terminan por recrear un eco falso sobre su contenido. La idea es, por supuesto, otorgarle un valor inexistente a un libro que se publica en un país como el nuestro, donde decir la verdad es hablar mal; todos, por ende, son magníficos autores. Y mientras todos escribamos buenos y perfectos libros, que es donde nos empuja esta práctica poco ética de la ronda de elogios, ¿para qué mejorar? La verdad, a la que me refiero, es aquella perspectiva que acontece en un lector.

La poesía no es un club de élite sino un trabajo. No es un acontecimiento social, sino un acontecimiento de la lengua que viaja y vuelve de ese abismo que es uno. Y que, una vez publicada, deja de ser de su autor estrellándose, a través de la lectura, en un sinnúmero de posibilidades que pueden traicionar su sentido.

(Otro comentario: una vez publicada, toda obra literaria se entrega a la prueba de fuego de la lectura, pero la falsa crítica interpone la cortina de un blindaje intelectual artificioso que desubica al lector, algo que en lectores más experimentados puede jugar más en contra que a favor. La publicidad, por ejemplo, puede hacerte comprar un mal producto una vez, pero no puede lograr que lo adquieras nuevamente. Y es ahí donde la literatura nacional pierde en todos los sentidos).

Animal de María Auxiliadora Balladares y La ruta de la ceniza de Gabriela Vargas son dos poemarios ganadores de los fondos concursables del Ministerio de Cultura 2016, y fueron publicados por la editorial La Caída, casi al mismo tiempo.

En la contratapa de Animal, de Balladares, dice Daniela Alcívar: «La cadencia dibujada por las partes de este volumen figura una posibilidad de vida: entre el imposible, el siempre ajeno yo animal, y el ineluctable y violento yo humano, se abre la zona indiscernible del devenir, ese instante ajeno a la identidad en el que toda palabra se vuelve rumor y todo cuerpo, roce». Fuera de lo intencionalmente retórico del comentario, nos invita a experimentar ese devenir, esa posibilidad de una vida en un devenir que es, de algún modo, ajeno a la propia identidad y que sucederá gracias al contraste entre el yo animal y lo humano. Algo que, a mi parecer, no sucede en el libro. Un poema, un libro de poesía, no debería necesitar para comprenderse (o experimentarse) el respaldo de la teoría literaria de Deleuze, Derrida o algún otro pensador.

En Animal, su fauna no despunta algún significado en oposición al símbolo de lo humano o de la personalidad de la autora. El poemario no consigue producir un contraste entre lo animal y lo humano (ni entre lo animal humano y lo humano deplorable), ni permite experimentar una posibilidad de vida como resultado de la lucidez de la poesía que leemos. En su lugar, el libro se va construyendo gracias a una suerte de mirada múltiple y desordenada sobre el animal como animal, sobre lo animal, sobre lo animal-sexual, sobre el hombre como agresor del animal y sobre la visión humana de lo animal, debilitando la intención del poemario, si es que la tuvo.

Por ejemplo, en poemas como ‘Telaraña’, ‘Las iguanas’, ‘Cuchucho’, ‘Rata’ y ‘Pulpo’, se nos entrega un trabajo prácticamente descriptivo sobre los animales, se trata de una poesía que no emplea los favores del lenguaje poético (posibilidades que construyen nuevos sentidos) para guiarnos a una connotación diferente, por lo que muchos de estos poemas terminan encerrados en su literalidad, con finales incluso borrosos, con cierto sabor a inconclusión.

Por otro lado, poemas como ‘Langosta’, ‘Rata’, ‘Peces en la pecera’, ‘Oso’, ‘Las hormigas’ y ‘El Gato’ (que hace trip, trip, trip, mientras se mueve por la casa, lamiendo algunos vasos de whisky), tal vez por accidente, poseen un fuerte sonido y fondo infantil (había aquí un camino hacia una poesía poco trabajada en nuestro país). En cambio, ‘Tres’ y ‘La Perra’ son poemas de una carga erótica insoslayable que se encuentran disgregados en el libro, a pesar de compartir esa intención.

Destaco, de su poema ‘Caballo’, los versos: esto se llama libertad y la carga que arrastro se llama hombre. Al igual que los dos estupendos poemas que aparecen en su tercera parte, y que exhiben una destreza moderadamente barroca, titulados ‘Mono’ y ‘El pelícano’, en los que leemos:

Mañana / eso se dice / tanta sal estropeará sus ojos / esos ojos de vaca / del pelícano en flor / no servirán para nada / y querrá morirse / matarse / ahogarse en tanta agua de mar / en mar de tanta agua (…).

Dos libros de animales que recomiendo al lector: El Gran Zoo, de Nicolás Guillén, en que el poeta cubano contrasta a los animales con los conflictos sociales y políticos de su época, obteniendo versos como: Esta es el hambre. Un animal todo colmillo y ojo; y Concierto animal, de Blanca Varela, en que aparecen en lo pequeño lo inmenso y en la oscuridad la luz (cliché, pero cierto).

La ruta de la ceniza, de Gabriela Vargas es un estreno acertado de esta autora. El libro comienza con su nacimiento, mete al lector de lleno en una situación poética, dolorosa y mística que implica el asistir a la reconstrucción del propio nacimiento.

Por medio de párrafos de prosa poética, versos largos, y usando las estrategias de la vanguardia, la voz avanza con seguridad y nos invita, desde su nacimiento, a una auténtica travesía sobre la pérdida de la madre, la enfermedad, los hospitales y la inasible identidad de quien escribe este libro, ataviada por el insomnio, la droga, la angustia, las noches pegada a las ventanas, las visitas médicas y su propio cuerpo como un reflejo opaco.

Dice Vargas:

Porque soy tu obra y tu sangre, pero nuestro mar es una pesadilla / Entonces cierro las piernas, las aprieto como si fuera a orinarme encima. / Esto acaba aquí conmigo, con mi vientre y su infertilidad voluntaria.

Y en otro poema:

Los candelabros de plata ennegrecen, te siguen a través de la mesa, te reclaman, te rodean, se apagan. / MADRE: por más que me parta la lengua en dos no puedo decir tu nombre. / MADRE: por más que me parta la lengua en dos no puedo leer «TERMINAL» / Porque me vuelvo el perro encerrado que soy, la rabia con todos sus signos silentes, transparentes, porque nadie me verá llorar, porque desde hoy me volveré de piedra: Para que nadie reconozca las máscaras que me habitan.

Robert Lowell decía que un buen poema necesita las contradicciones del hombre; frase que, indudablemente, se aplica a cualquier género. Vargas consigue, en esta primera publicación, devastar al lector enfrentándolo a las contradicciones que implican nacer y morir, la maternidad y la orfandad, así como la fertilidad y la infertilidad voluntaria para no recrear nuevamente aquel ciclo de vida y muerte.

La ruta de la ceniza es un libro valiente, autobiográfico, que nos remite a trabajos como el que hiciera la poeta peruana Victoria Guerrero en Ya nadie incendia el mundo (2005), en el que se construye un mapa de dolor por medio del nacimiento, la madre con la enfermedad terminal del cáncer, los viajes a los hospitales y el asombro ante el propio cuerpo que delira y se detiene ante la nada cotidiana.

Escritos por dos autoras guayaquileñas, Animal de María Auxiliadora Balladares (1980) y La ruta de la ceniza de Gabriela Vargas (1984) comparten —además de ser óperas primas— un mismo premio, un sello editorial y un problema de edición por parte de las autoras. Por ejemplo, desde el tercer capítulo, La desviación del centro, el libro de Vargas, cambia de sentido inexplicablemente y comienza a hablarnos sobre la palabra y lo que implica el ejercicio poético, por lo que no retomará el asunto sobre la enfermedad y muerte de la madre hasta el último poema, más de treinta páginas adelante, lo que no se justifica, restándole fuerza al tema con el cual inició. Y en el caso de Balladares, esa indefinición al momento de escoger la mirada sobre el animal y/o de (o desde) lo animal para elaborar su libro, despoja al lector de la posibilidad de la experiencia.

Ejercer crítica sobre la poesía, o sobre cualquier otro género, desde la iniciación de un autor, es necesario y debe empezar por un divorcio de lo netamente afectivo. Dirá alguien que esto es muy difícil, cuando somos tan pocos quienes escribimos y escribimos sobre el trabajo de otros, sin embargo comentar de un libro lo que no tiene y no es, solamente lastima al autor y a la misma literatura. Inhibe el crecimiento de todos. La honestidad, en una época como la nuestra, de falsas tolerancias, es importante. Solo la censura es innecesaria.

Modificado por última vez en Martes, 18 Julio 2017 15:32
Ernesto Carrión

Escritor lector es una columna quincenal de crítica literaria del poeta y narrador guayaquileño Ernesto Carrión. Como sugiere el nombre de este espacio, la idea es que el escritor elabore sus reseñas desde el punto de vista de quien lee (y ha escrito) una obra, ya sea un poemario o una novela, para ofrecer a nuestros lectores una mirada por fuera de los criterios académicos que suelen regir las reseñas literarias.

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