María Auxiliadora Álvarez | Foto: Jhon Guevara María Auxiliadora Álvarez | Foto: Jhon Guevara

M. A. Álvarez: la consciencia de la fragilidad

María Auxiliadora Álvarez (Caracas, 1956) llegó a Guayaquil un lunes escandaloso para hablar del silencio de su poesía. Es la segunda vez que está en el país, pero esta vez ha sido una visita más prolongada. Primero, en el marco del Festival Internacional de Poesía Ileana Espinel, participó en varias mesas de diálogo. Luego, presentó sus dos últimos libros Las nadas y las noches y Piedra en :U:, en Quito, Guayaquil y Cuenca. Ambos fueron editados por esa pequeña y valiente editorial española que es Candaya, dirigida por Olga Martínez y Francisco Robles.

Álvarez reside en Estados Unidos desde hace dos décadas. Salió de un hogar y de un país en el que muchas veces se sintió sin voz, sin autoridad, como un ser excluido de la esfera pública. Álvarez vivía en una estructura de poder en la cual, dice, no tenía ni los derechos humanos más básicos como opinar sobre la educación de sus hijos. En ese estado nacieron sus primeros trabajos. Ahora vive sola en la residencia de la Universidad Miami, que queda en Ohio (por lo que también se la llama Miami of Ohio), donde da clases de Literatura.

Desde su primer libro, Cuerpo (1985) Álvarez piensa la pérdida como una propiedad. Esa primera muestra de su trabajo era una denuncia tras su experiencia en la maternidad pública de la ciudad donde nació. En ese lugar —rodeada de la indiferencia de los doctores que pasaban tomando café todo el tiempo— vio morir a muchas mujeres a punto de parir al lado suyo, o con sus hijos respirando cerca de su seno. Ella, que empezó a escribir poesía de adolescente, dejó la lírica para usar la palabra como denuncia. La maternidad cambió su registro y su consciencia poética. Pero no solo cambió su modo de representarse en el mundo, también irrumpió el entorno de su generación con una nueva forma de escribir, desde la feminidad.

Es de esas autoras que dejan que el poema tenga su momento preciso: «Pienso que las progresiones, regresiones o atolladeros que los poemas padecen o producen han respondido al golpe de su propio acontecer (interior versus exterior o viceversa). Hay quebraduras del espíritu que nunca sanan, que pueden tardar años en sanar o que ya sanadas jamás desaparecen. Cada noche que amanece, amanece diferente».

Mientras Las nadas y las noches hace una revisión de sus últimos once años como poeta, Piedra en :U: es su «último inventario de pérdidas». Para titular este último recuento de poemas que en algún momento estuvieron desperdigados, Álvarez parte de una imagen concreta de la que derivan varias simbologías interrelacionadas. En sentido gráfico, representa la vista de la cavidad de la boca desde una perspectiva aérea: en el centro está la lengua en forma de U y a ambos lados se encuentran varios promontorios (los molares) circunscribiendo el territorio. «Si de pronto la lengua pierde su organicidad en una representación plástica o bajo el rictus mortem, por ejemplo, nos encontramos apenas con una pequeña ‘piedra’ inutilizada por la supremacía de los límites; una contradicción causal o virtual que socava la función esencial de la lengua en un oxímoron tan insólito como el del Mar Muerto».

La poesía de María Auxiliadora Álvarez, según dice el crítico peruano Julio Ortega, de la Universidad de Cambridge, al referirse a Las nadas y las noches, «es la historia de estos huesos del desierto, cuyo lenguaje roto debemos recomponer para entender nuestro propio lugar del presente».

Todos los lenguajes artísticos tienen una nueva forma de describir el presente. La música suena distinta, el arte contemporáneo se ve de otras maneras y desde otros objetos. ¿Cómo la poesía, a través de su forma, lenguaje y estructura, puede hablarnos del lenguaje de este tiempo?

Pienso que toda forma cambia siempre de alguna manera. Aunque a veces parezca que está detenida, en realidad, como ser vivo, el objeto de arte se va modificando en todo momento. En la poesía esta forma fluida de cambiar, de transformarse y de transitar es parte de su condición como lenguaje vivo, como intelecto vivo.

Cuando los cambios son impostados, cuando alguien tiene una voluntad expresa de mostrar una transformación que no es natural, se siente como una falsificación. Cuando las formas del poema son originales y tienen relación con el contexto, pienso que esa voluntad de transformarse se excede y logra lo contrario, logra expulsión del poema. El poema original, auténtico, genuino, no necesita vestirse de poema. Es como una mujer que se arregla para parecer mujer: ya es mujer, cuando se arregla tiene un disfraz, una representación de sí misma.

Siempre hay cambios en la forma, pero no necesariamente tienen que ser radicales. Tal vez, lo sean, pero si son genuinos, van a fluir dentro de la forma. No sé si la búsqueda profesa va a devenir en algo genuino, que si se lo deja fluir a su manera.

¿Cómo piensa que la poesía hispanoamericana que leemos nos habla de nuestro tiempo?

La poesía no existe como una entidad solitaria. El poema es siempre una interacción con el contexto. Siento que en nuestro continente, que hay una poesía hispanoamericana a la que veo desde la distancia, permite distinguir que los dolores de las culturas cambian. Cada región tiene sus propias características. En nuestra poesía hay una gran presencia e influencia de la condición humana dentro de una historia de sufrimiento, porque es nuestra realidad.

Hay mucha poesía reflexiva, interior y también social. Pero no social como quien hace un recuento desde afuera. Existe un aspecto social internalizado del cual el autor es partícipe. En la poesía de Estados Unidos hay más experimentación con el lenguaje.

¿Parecería que el inglés se presta más para eso?

Es la psiquis. Un poeta amigo me contaba que un joven norteamericano entrevistó a un poeta mayor inglés. Este joven le preguntó al inglés: «¿Por qué yo no veo en su poesía un juego lúdico, ese juego con el lenguaje?, ¿no le interesa?». El viejo poeta inglés le respondió: «Mira hijo, yo vengo de dos guerras mundiales, no tengo deseos de jugar». Hay una diferencia en lo que hemos visto. En América Latina, si no has sufrido, has visto sufrir. Si no lo has padecido, lo has visto padecer. Eso no es un lastre que te quitas para pensar en el amor, en las dudas existenciales o en tu propia muerte. Es una dinámica compartida, un dolor común, una esperanza común. Este continente sigue cargando con un aura gregaria, esta energía que a todos nos une, que nos hace amigos rápidamente, que nos hace contarlo todo en un bus, esa cosa de participar de la vida del otro, si el otro participa en la tuya, está en nuestra cultura. Todo esto lo llevamos adentro.

Sin embargo, desde la narrativa y desde la poesía cada vez es más frecuente poner al cuerpo al descubierto y esta lógica gregaria se rompe y aún así lo particular se vuelve universal

Cuando una historia particular se vuelve comunitaria, porque lo universal es relativo, es cuando una reflexión individual se convierte en un objeto de arte, cuando es válido para otra persona.

La historia femenina en América Latina sí es muy dura. Tal vez sea comparable con África o con Asia. Las teóricas feministas de Medio Oriente tratan los mismos problemas que trataría Nelly Richard. Estos temas no coinciden con los de las feministas de Francia, ni con los de las feministas de Estados Unidos. Nos ha tocado mucho más duro, y nos toca aún, por condiciones, más que reales, psicológicas.

¿Como cuáles?

Yo, por ejemplo, vivo sola en el campus universitario. A nadie le importa si soy hombre, mujer o dónde está mi familia. Al menos, si les importa no dicen nada. Pero no sería lo mismo, si me voy a la ciudad de México. En nuestras sociedades estos temas están sobre la mesa, en otras se tocan con más mañas. Aún así, en otras historias, las mujeres tenemos otras formas de estar solas.

¿Considera que su consciencia poética nace de estas luchas feministas?

No toda mi poesía, pero parte de mi poesía de juventud tiene que ver con estas luchas. Aún así, la consciencia se crea cuando te haces consciente, valga la redundancia. Sin embargo, escribí todo esto muy intuitivamente. No sabía las bases de nuestro malestar como mujeres. No había recorrido los hilos que me dieron.

En el principio, era un malestar intuitivo. Me preguntaba ¿por qué todo este desmerecer? ¿Por qué nuestra opinión no tiene valor?, ¿por qué nos tratan como si fuéramos seres auxiliares?, que está bien porque cuando eres madre eres un ser auxiliar, pero no entendía por qué eso nos excluía de la esfera pública. No entendía que el padre de familia era el que tenía que tomar las decisiones. Aún así, pienso que tuve un padre muy inteligente, pero en general sentí una opresión tremenda, en una sociedad en la que ni siquiera tenía los derechos humanos más básicos como opinar sobre la educación de los hijos. Mis primeros libros fueron por esa lucha por la libertad psicológica. Partí de preguntarme ¿qué pasa aquí?, ¿quién tiene el poder?, ¿lo tienen los militares?, ¿lo tienen los médicos?

En esta revisión de su obra que es la antología Las nadas y las noches, ¿cómo siente que ha evolucionado su voz poética?

Cuando la palabra se volvió acción me cambió el sentir. Cuando tomé el timón con todos los riesgos de mi vida y solté las cadenas, empezó a cambiar mi consciencia de ser sujeto y no objeto de la costumbre social, de la ley patriarcal o federal. Poco a poco fui sintiendo un cierto empoderamiento, una libertad que me dejaba ser parte de mi propia historia y pensar en lo que funciona mejor para mí y mi familia.

¿En ese cambio de consciencia, también le afectó ver desde fuera lo que ocurre en su país?

Claro, pero lo que pasa en Estados Unidos no es menos grave. A veces el discurso de la abundancia es peor que el de la escasez, porque crea una sensación falsa de poder, un trastocamiento de lo que es la vida verdadera. Esa visión te encierra en una cápsula ficticia de bienestar y de progreso. No creo que la sentencia económica sea algo negativo, pienso que, a veces, es mejor sufrir y estar consciente de nuestra fragilidad.

¿Es peor creer que tenemos poder?

Lo que es más humano está más vivo dentro de la consciencia de nuestra precariedad, de nuestra fragilidad. No lo digo a la ligera, no. Lo digo dentro de las dos experiencias (la de vivir en Venezuela y en Estados Unidos). Lo que veo en América Latina me preocupa, pero lo que veo en Estados Unidos me horroriza.

¿Como qué?

Como el racismo en el siglo XXI. Esa es la mayor superficialidad, la mayor frivolidad. Después de todo lo que ha sufrido la humanidad —las guerras mundiales, las guerras nucleares—, mantener la misma estructura mental, sin que hayan existido cambios, me parece, que raya en la patología. ¿Cómo es posible que solamente puedas ver lo superficial, lo que está a la vista? ¿Cómo es posible que eso te dé la definición moral del mundo? Aquello me parece tan escaso, tan corto, tan insuficiente. Esa sensación que ellos tienen de ser tan importantes se crea desde niños, desde la escuela. Los educan diciéndoles que son los mejores y así crecen, con el aplauso de todos.

Y también insisten en el discurso de make America great again

Eso se me parece a las peores épocas del nazismo. Es un retroceso a lo más primitivo de la mente humana.

¿Demuestra que el poder se sigue formando de la misma manera?

Demuestra que es un factor escatológico que va corroyendo lo que te hubiese salvado. Ese discurso me parece muchísimo más grave que nuestra lucha de cada día por resolver la pobreza.

En ese entorno en el que vive, ¿qué tan frágil es la poesía y qué tan frágil se siente usted?

La poesía es justamente el lado contrario al poder. Hay que comprender que también hay poesía que busca el beneficio del poder. Toda expresión humana está construida y alimentada por mil razones. Si no usas tu poesía como instrumento de beneficio para el exterior, para el conocimiento de la naturaleza humana, pasa de ser un dibujo de la fragilidad a ser un dibujo de la consciencia y la consciencia no es frágil ni poderosa. El verdadero poder es la consciencia de la precariedad. Y hay poesía que está situada en ese camino, en la consciencia de nuestra condición humana limitada.

De usted se dice que es una de las poetas vivas más importante de Venezuela, ¿esa es también una categoría de poder?

Creo que eso no es verdad. Se trata solamente de una pretensión generalizada. Es como decir, por ejemplo, que el agua de coco es más fresca que la de papaya. Son rótulos circunstanciales entre los cuales nos movemos. Nos nutrimos auditivamente de cosas que no siempre se relacionan con definiciones francas. Hay gente muy buena escribiendo. Se trata de accidentes, pero hay muchísima gente con mejor trabajo que tal vez nadie conoce. Es muy relativo lo que suena, en qué momento y de qué manera, y creo que lo que es más valioso está siempre guardado, siempre en silencio.

Jessica Zambrano Alvarado

(Guayaquil, 1990) Reportera de Cultura de El Telégrafo. Ciclista urbana.