Que sea poético no quiere decir que no se entienda

En esta era de la información, en la que no es necesario imprimir un libro para dar a conocer la poesía que se escribe en el mundo, es siempre importante tener señas de cómo reconocer a la buena poesía. En una conversación informal, el poeta y narrador guayaquileño Ernesto Carrión lanzaba algunas ideas sobre cómo lograrlo. Una de esas señas —decía— es que «no tiene lugares comunes». En estos días la poeta venezolana María Auxiliadora Álvarez visitó nuestro país, y en una entrevista concedida a CartóNPiedra, dio también algunas pistas. Mientras se refería a cómo el lenguaje lírico puede hablarnos de este tiempo, soltó la frase que le ha dado título a nuestra portada: «El poema original, auténtico, genuino no necesita vestirse de poema».

Las manifestaciones artísticas siempre serán un reto para el espectador, y lo serán en distintos niveles: no solo se trata del sentido —o la ausencia de este—, sino también de, entre otras, la intención, la experiencia del autor y la audiencia, la investigación o la ejecución, que es tal vez el nivel más sencillo de advertir, pues —pensemos, por ejemplo, en el teatro— cuando un actor olvida una línea, exagera sus gestos o tropieza sobre el escenario, algo se rompe en el artificio; se incumple ese contrato tácito que uno acepta cuando se pone delante de una obra dispuesto a ver las cosas bajo las reglas de su creador.

Por eso hay que estar atentos, por si aparece una canción con sonido de calidad, interpretada con virtuosismo por quienes tocan los instrumentos, y cantada por la mejor voz de la historia, pero con una letra que no tiene sentido (un problema que está cada vez más a la vista con el rock de las bandas jóvenes en el país). Al parecer, en el largo camino que recorre un poeta, un músico, un artista, hay un trayecto en el que se pretende parecer misterioso, verse intelectual, ser etéreo, lo que se traduce, de alguna forma, en no dejarse entender. Y para evitar esto, hay algo que estamos olvidando: en el arte, cualquiera que este sea, no hay nada más universal que ser uno mismo. Porque —retomemos esto— el poema (o insértese aquí el arte que sea) auténtico «no necesita vestirse de poema».

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