Cuando la estrategia narrativa es el mensaje

Una novela sin ningún tipo de indicio de argumento, le gustaría al Escritor. Sin trama sin personajes. Que sin embargo induzca al lector a seguir pasando las páginas. Sin acción, la quiere el Escritor (…) En definitiva, una obra de arte sin tema siquiera.

David Markson

Hace unos meses el poeta Iván Carvajal, en un diálogo que mantuvo sobre su obra, en La Casa Morada, dijo que no ha existido la crítica literaria en el Ecuador. Y estoy parcialmente de acuerdo. Porque si bien en los once Encuentros sobre Literatura Ecuatoriana Alfonso Carrasco Vintimilla, y en los catorce Congresos de la Asociación de Ecuatorianistas, los escritores y académicos han proporcionado crítica literaria (puntos de vista, argumentaciones, materiales para discutir nuestra literatura), esto no cambia el hecho de que lo que ha existido, mayormente, en lo que a reflexión literaria refiere (en revistas, diarios y webs), es un periodismo cultural flojo intercalado con reseñas seudocríticas elaboradas por circuitos de amigos, que hacen esto para engordar las relaciones sociales de su comunidad visible, aunque abstracta para la mayoría de los ciudadanos. Hay que celebrar en nuestro medio cuando aparece alguna crítica sobre un libro donde no ha primado nada más que el auténtico deseo, sin ataduras, de hablar sobre una obra en particular.

Pero de estar equivocado, y existir una crítica literaria ecuatoriana sostenida, ¿dónde aparece y cada cuánto tiempo? ¿Sobre quiénes se la realiza? ¿Quienes la realizan saben de lo que hablan? ¿Cuál es la distancia (relación sentimental/ intelectual) entre el que reseña y el reseñado?

Si bien las revistas académicas son el perfecto receptáculo para la reflexión literaria (pensando aquí, por supuesto, en ensayos sofisticados que muchas veces alejan al lector común), los diarios y revistas (webs y blogs) son otro soporte necesario.

También la circunstancia de vivir en un país sin una crítica literaria sostenida y bien remunerada, produce rápidas y erradas interpretaciones sobre un libro (o un autor); o desemboca en casos como el que, por ejemplo, un periodista cultural pase a erigirse como crítico literario. Y luego de eso, de comentar libros, pase fácilmente a ser jurado en concursos sin haber escrito jamás un solo libro. Por lo menos en el mundo del fútbol sucede al revés: el ex gran jugador pasa a convertirse en comentarista deportivo. Y, por qué no, en entrenador. Alguien dirá que el fútbol es un deporte, una actividad física, y la otra, no. Bueno, mi respuesta es que en ambos casos hay una cancha donde debe ganarse experiencia.

Sobre Una comunidad abstracta de Salvador (Jorge) Izquierdo encontré múltiples comentarios y valoraciones críticas. Las hay también sobre Te faruru, su segunda novela. Estas dos forman parte de una trilogía anunciada por el autor. La primera entró en la lista larga de finalistas del Premio Herralde, en 2014. La segunda fue finalista del Premio Herralde, pero en la lista corta, en 2015. La primera la publicó Cadáver Exquisito ediciones en noviembre de 2015. La segunda la publicó la Campaña Eugenio Espejo en julio de 2016.

Comentarios y reseñas emergieron rápidamente. Y, ya que sus libros han recibido toda la cobertura y atención que nuestro medio ofrece, puede decirse que el caso de Izquierdo no es el de un «autor solitario». Estar «en soledad» en la literatura no es no pertenecer a un grupo de escritores, sino el que una obra sea poco atendida como pasó con Hugo Mayo en vida, quien vivía como un sencillo archivador del Ministerio de Finanzas, y de quien nadie en su oficina daba cuenta de que era un gran poeta.

En todo caso, de entre los encabezados y las reflexiones sobre la obra de Izquierdo, que aparecieron en medios como El Comercio, El Universo, EL TELÉGRAFO, Diners, El Expreso, etc., sitúo a la brevedad algunos para el lector: «Nueva Literatura»; «Una novela experimental que cautivará a los lectores»; «Acumulación viva, dinámica, caprichosa de la memoria»; «La novela que por suerte sale del molde», entre otros.

Lo cierto es que la lectura de Una comunidad abstracta sí produce la sensación de novedad en el lector inexperto, por tratarse de una novela sin trama y, prácticamente, sin personajes (lo que pasaré a explicar más adelante). Genera curiosidad a pesar de ser un artefacto exageradamente intelectual que, ya desde esa intención, la de no ser otra cosa que una libre recopilación de citas, anécdotas, de trivialidades y curiosidades de artistas y escritores, pierde lectores. Porque apela, por supuesto, a muy pocos lectores cultos que se sienten estimulados por la resucitación de ciertos momentos de estas leyendas del arte y la literatura. La que es una decisión valiente del autor. Orillar su obra aún más al margen de la literatura nacional en un país de escasos lectores. Su estructura remite al «puro movimiento» y al boceto, así como al reciclaje y la deconstrucción textual de lo que es un lector (un recopilador de momentos, una futura fuente de citas).

En Una comunidad abstracta el narrador/autor que vivió en Vancouver por una beca de investigación, echando mano al libro 50 artistas del siglo XX que Ud. debe conocer se planta a desenrollar montones de citas sobre artistas plásticos, críticos, músicos y escritores. Durante las 93 páginas sabremos muy poco del narrador. Estudió en Vancouver, fue padre joven y perdió un perro llamado Fito. Por lo que se trata de una novela sin trama y sin personajes. Ya que su personaje/autor, carente de una vida real y de un desarrollo en el libro, se convierte en un pretexto para poder levantar la novela entre escalones y escalones de citas y datos curiosos.

«¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales, por así decirlo, pero casi sin novela?» Quien habla aquí no soy yo, quien habla aquí es David Markson, dentro de su novela La soledad del lector. Autor a quien Izquierdo adeuda en estilo, tono y sobre todo en propósito.

David Markson (1927-2010) fue un autor norteamericano de un trabajo radical y poco convencional, quien tras la publicación de su novela La amante de Wittgenstein (1988) dio forma a una tetralogía (La soledad del lector, Esto no es una novela, Punto de fuga y La última novela) donde no hay personajes, no hay historia, por lo que no hay conflictos sino «lenguaje», saltos de información a información. Este trabajo vanguardista, celebrado por autores como Kurt Vonnegut y Vila-Matas, es precisamente un soporte de citas discontinuas, un collage y ensamblaje de anécdotas sobre las vidas de escritores, filósofos, artistas y figuras históricas relevantes, con cierto aire reflexivo.

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David Markson escribe:

Picasso hizo posar a Gertrude Stein más de ochenta veces para retratarla.

Y después pintó la cabeza por encima y la rehízo a los tres meses sin haber vuelto a verla.

Durante más de setenta años Pablo Casals empezó el día tocando Bach.

He venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida.

Salvador Izquierdo escribe:

Hughes, a propósito, tenía 24 años cuando nació su hijo Danton.

Whiteley, durante su época en Londres, fue amigo y discípulo de Francis Bacon. Un obituario de su muerte, sucedida en Australia, en 1922, la describe como «asistida por heroína».

Una pintura suya fue utilizada como portada de un disco en vivo de la banda Dire Straits, que fue grabado en el Hammersmith Odeon.

David Markson escribe:

Anna Ajmátova tuvo una aventura con Amadeo Modigliani en París en 1910 y 1911. Ya en la vejez, sin haber vuelto a salir de Rusia por un tercio de siglo, quedaría atónita al enterarse de lo famoso que había sido.

En 1579, cuando Shakespeare tenía quince años, la población de Stanford debía de ser poco más de mil quinientos habitantes. ¿Podría pensarse que conocía a la mujer llamada Katherine Hamlet que ese verano cayó al Avon y se ahogó?

Emily Dickinson se recluyó tan desmesuradamente en la segunda mitad de su vida que durante los últimos diez años no salió de su casa ni una sola vez.

Salvador Izquierdo escribe:

Mientras estuvo en Brasil, Bishop, además, tradujo la obra poética de Carlos Drummond de Andrade y Joao Cabral Melo Neto, entre otros.

Antes había hecho lo mismo con la obra de Octavio Paz y de Max Jacob.

Este último, se sabe, fue el primer amigo que Picasso hizo al llegar a París en el año 1900.

William Faulkner estuvo de paso por Brasil en 1954.

Markson:

El padre de Leonardo da Vinci tuvo cuatro esposas.

Ninguna fue la madre de Leonardo.

Izquierdo:

Fitzgerald, a propósito, tenía 25 años de edad cuando nació su hija Frances. Zelda, la madre, tenía 21.

Markson:

De las primeras notas biográficas de Rembrandt: podía leer tan sólo el holandés elemental, y con dificultad.

Rembrandt.

Izquierdo:

En uno de sus cuadernos Schwarzkogler escribió en mayúsculas: «El principio que guía la vida monástica es no desperdiciar nada».

Una puerta que se abre, por ejemplo.

Markson:

En principio, Hector Berlioz sería médico.

Hasta que huyó de golpe por una de las ventanas del hospital en su primera disección.

Izquierdo:

Sontag, como se sabe, no era su apellido original sino el apellido de su padrastro que la adoptó a los doce o trece años.

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Como lector y escritor, me es difícil desligar ambos trabajos. David Markson (en su tetralogía) y Salvador Izquierdo (en su trilogía) fabrican libros que rechazan la novela tradicional, la elaboración de personajes y la composición de una historia, haciendo de su montaje su propósito. O haciendo de su estrategia su mensaje.

Incluso las muletillas empleadas por los narradores de estos libros, para decirnos que alguien vive detrás de esa recolección antojadiza de datos, se parecen. A pesar de que David Markson, dependiendo del libro, nombra a su narrador como «Lector», «Escritor», «Autor» y «Novelista»; y en el caso de Izquierdo, en Una comunidad abstracta, el narrador es un «Artista» en primera persona. Pero me refiero aquí a la forma en que emergen los narradores con debilidad y dubitación, rechazando así cualquier protagonismo dentro de la no-trama. Lo que es parte de la estrategia: el narrador no puede aparecer demasiado, pues de otro modo terminaría propiciando alguna trama, desplazando a la trama intencional que son las citas como una pista hecha de migajas. Por ejemplo: «Autor ha estado garabateando sus notas en fichas de tres por cinco pulgadas. En realidad Autor pudo haber comenzado a escribir a máquina hace algunas semanas. Por alguna razón, lo ha postergado.», dice Markson. Y en el caso de Izquierdo: «Mis reproducciones, traducciones. ¿Errores en libros o errores dentro de mí? Más errores, distorsiones. Escribo estos parrafitos.»

Pienso que el comentario del crítico Carlos Burgos, de todo lo que pulula sobre las obras de Salvador (Jorge) Izquierdo, es el más acertado: «Los dos últimos trabajos de Izquierdo, tan curiosos como poco convencionales, se desmarcan de cualquier noción de originalidad literaria y nos presentan una idea de la cultura hecha a través de retazos y reciclajes».

¿Y qué escritor no es un reciclador? ¿Y qué arte no es un reciclaje de más arte? Todo arte se hace con más arte; y siendo así, la noción del plagio se deslíe. Y con escombros, incluso. El arte —parafraseando a Zurita— está forjado con los escombros de una civilización que fracasó.

Sin embargo en una novela como La comunidad abstracta, tan vinculada a la obra de David Markson (algo que el mismo autor ha referido en entrevistas), la idea de un arte que aporta, saliendo de la reflexión de otro, se debilita. Incluso me parece que su trabajo termina encolándose detrás del de Markson. Porque aunque un lector no está persiguiendo necesariamente la originalidad, sí persigue enfrentarse a una discusión que tal vez no ha existido antes dentro de él (o dentro de otro libro). Y en ambas apuestas se genera un solo discurso. Ambas apuestas se acoplan bajo la misma idea: rechazar la trama y a los personajes; e instalar al lector en un proceso de ilación de datos curiosos. Dejando casi como única diferencia, entre la propuesta de Markson y de Izquierdo, la información de las citas.

Paso a explicarlo de otro modo. Algunos lectores y críticos comentaron, por ejemplo, sentir la influencia de la obra de Bolaño en las novelas de la escritora Mónica Ojeda. Se refieren a la estrategia de articular una novela en base de distintas entrevistas que ofrecen diferentes puntos de vista de golpe. Algo que recuerda a Bolaño y sus Detectives salvajes. Y también a Rant de Chuck Palahniuk. Sin embargo, al tener las novelas de Ojeda un tema, una trama y unos personajes bien definidos, la estrategia, el ensamblaje, pasa a un segundo plano. El lector se ve envuelto y atacado por la historia. Y, por supuesto, una novela como Nefando (sobre los apetitos y horrores en la deep web) nada tiene que ver con la vida de un grupo de poetas delirantes a finales de los setenta y comienzos de los ochenta en México.

Un cubo de Rubik solo puede ser un cubo de Rubik, así a alguien se le ocurra elaborar otro que, en lugar de colores, posea rostros de animales. Y no puede ser ya otra cosa, porque su propia dimensión es también su naturaleza. Y esa es la sensación gemelar que produce la lectura de Una comunidad abstracta con cualquiera de los libros de Markson. No se trata de influencias que, como he dicho, son siempre bienvenidas1.

En una obra como Una comunidad abstracta, sin trama, sin personajes, donde su ensamblaje es su propósito, su punto de vista sobre lo que también puede ser una novela (un compendio de citas), no hay un segundo plano. Ese es su principal problema. El que las citas de un libro vayan de una cosa, y las de otro libro sobre otra cosa, es algo, hasta cierto punto, irrelevante. Porque lo que el lector se está llevando como experiencia es la forma en la que se ha organizado esa no-novela. Lo que hace de la estrategia narrativa el todo de la obra.

No recuerdo en qué lugar leí que David Markson optó por escribir estos retazos de información, movido por el deseo de registrar la muerte de sus amigos escritores de Greenwich Village. Un arte levantado contra la muerte, como sucede siempre. De él se ha dicho (o de sus libros) que «como Whitman, contiene multitudes». Lorca, Dalí, Chagall, Kerouac, Capote, Corbière, Melville, Cato (…).

Dejo aquí al lector algunas líneas suyas:

Richard Burton murió de una hemorragia cerebral.

Ensor murió a los ochenta y nueve.

Habiendo concluido cada pizca de su trabajo significativo antes de los cuarenta.

Thomas Wolfe murió de una tuberculosis que se había esparcido hasta el cerebro.

***

¿Pero Escritor existe

en un libro sin personajes?

***

Obviamente Escritor existe.

No siendo un personaje, pero el autor, aquí.

Writer is writing, for heaven’s sake.

Notas

1. La influencia, aunque lo parezca, no es lo mismo que la imitación. Genera nuevas composiciones partiendo de otras. Sin embargo hay propuestas tan radicales, minimalistas, fragmentarias que, a mi parecer, difícilmente pueden repetirse sin provocar la idea en el receptor de una imitación. Pienso aquí, por ejemplo, en la pintura de Mark Rothko. O en el libro I Remember, de Joe Brainard. Tanto así que cuando George Perec decide escribir Je me souviens (Me acuerdo), contagiado por I Remember, de Brainard, ubica en la primera página una dedicatoria, a manera de crédito, donde anota que tanto el título, la forma y el espíritu se inspiran en este autor. La única diferencia, entre ambas obras, estará entonces marcada solamente por las anécdotas personales seguidas de la frase «me acuerdo de».

Modificado por última vez en Martes, 26 Septiembre 2017 18:11