Gabriela Wiener pone su cuerpo en el texto

Gabriela Wiener es tan sincera que convence. Convence a los que la han leído y a los que no. Su trabajo siempre parte de su experiencia. Narra desde sus afectos.Está conectada con las historias que le interesa contar y nada más. En Sexografías, su primer libro, su primer hit, además de la crónica en la que cuenta cómo conoce a ese «gran semental» del porno hardcore que es Nacho Vidal, narra la historia de Badani y su poligamia cósmica, casi perfecta. Se introduce en un criadero de cerdos, donde los lechones más flacos tienen encima la amenaza de la muerte y entre ellos se siente más animal. Habla de Mozart, la iguana con priapismo; e intenta estudiar, casi antropológicamente, las tendencias de los tatuajes en la cárcel más peligrosa de Perú.

Ejerce el periodismo al estilo gonzo, en un trabajo en el que se sumerge como buzo sin miedo a retener la respiración. Es su modo de convertirse en un personaje que no indaga de manera impertinente en la intimidad de los demás. Eso no es lo suyo. Pero su trabajo se vuelve difuso. No es el mismo periodismo de quien acciona desde los conflictos de los migrantes mexicanos en la frontera con Estados Unidos. Aunque para muchos su ejercicio está ligado a la literatura, ella se rehúsa a entrar a ese club.

En Dicen de mí, su último libro, Wiener utiliza la entrevista para construir un Frankenstein de sí misma. Entrevista a Jaime, su marido; a Rocío, la madre de su hijo (son una familia con un padre y dos madres); intenta hablar con su agresor, un exnovio que le rompió la nariz. También conversa con la escritora argentina Leila Guerriero, a quien Wiener reconoce como su tótem. Guerriero le dice a Wiener sobre su escritura que «hay una intención muy potente de comprender un mundo ajeno, como ponerle el cuerpo a esa experimentación y en ese ponerle el cuerpo (trabajas con material potencialmente sórdido, pero nunca caes en lo morboso, es una operación casi milagrosa) hay un esfuerzo por traducir esa realidad a algo que un lector pueda comprender, como traducir algo complejo a algo igual de complejo».

Para Guerriero se trata de ponerse incómoda, recorrer otros senderos. «Creo que siempre conviene trabajar un poco en contra de los caminos que una ya conoce», dice la argentina. Wiener se pone incómoda con su escritura para contar su cuerpo y sus propios afectos.Lo hizo, aún cuando no había más mujeres haciéndolo en Perú. Ahora, ese ejercicio necesario que inició quiere que se convierta en nuevas voces que armen un gran relato humano.

Has construido un personaje de ti misma a través de tus libros, ¿cómo eso ha cambiado tus perspectivas de las historias que buscas para contar y tu propia manera de contarte?

Mi literatura siempre ha partido de una autoexploración, de una vivencia, de una experiencia, de una inmersión en un mundo extraño. De alguna manera mis relatos hablan de esta retroalimentación entre los individuos y el mundo porque, como yo soy periodista, puedo a veces ser una especie de investigadora o detective de mí misma, o puedo ser hasta alguien que intenta escarbar en sus asuntos más profundos y a veces vergonzosos.

Termino esperando del mundo y, a veces, de los demás una respuesta. Por eso te digo que hay como una comunicación entre esa subjetividad que está en mis libros y el resto de personajes que transitan por allí. Tienes razón en que, aunque yo haga una literatura autorreferencial (yo lo que hago es no ficción), siempre uno está creándose como personaje, incluso cuando uno hace autobiografía, metes unas cosas y otras las dejas afuera.

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A la sala en la que conversamos llega la madre de su hijo. El bebé, en el coche, lleva una coca-cola que mueve de un lado a otro con su manito. Gabriela lo anuncia como en una ceremonia de mimos. «Bebé, hola bebé, bebé». Recibe la botella negra en sus manos, la destapa y dice: «Sin esto mi cerebro no funciona». Después de los mimos y la cafeína, seguimos con la entrevista.

En tu último libro Dicen de mí entrevistas a la gente más cercana a ti, en lo personal y lo profesional, para definirte, ¿por qué necesitabas de ellos para construir esta subjetividad personal?

En este libro, lo que está pasando es que ya no solo yo creo mi propio personaje, no desde la ficción, sino desde la subjetividad, la mirada, desde la memoria, los recuerdos. Todo es así de móvil, de ambiguo, y esta vez lo hacen los personajes que me conocen bien, con los que he tenido relación, y que, de alguna manera, tienen una versión de Gabriela. Entre todos vamos construyendo una especie de Frankenstein de mí misma, en el que me puedo sentir reflejada o no, pero es mi monstruo.

He hecho con este libro mi propio monstruo, uno personal, en el cual todos me han ayudado a hacerlo. Siempre los demás tienen una idea de uno que se puede sospechar o intuir, hasta que decides, como lo acabo de hacer yo en este libro, casi como un divertimento y un ejercicio saludable, preguntarles qué tienen en la cabeza respecto a mí, respecto a nuestra relación. Es un libro que celebra un encuentro, los vínculos afectivos, y es sobre esos vínculos que quería hablar.

A modo de advertencia, le dices a Jaime, tu marido: «Si tienes algo que decir de mí, dilo ahora». En las entrevistas siempre hay una lógica de poder que usas con la gente más cercana, pero finalmente eres quien decide incluir o excluir determinadas preguntas y respuestas, ¿cómo lo editaste?

Usando la entrevista, que es la típica herramienta del periodismo y que sé usar porque llevo muchos años siendo entrevistadora, sé cómo hacer que mis entrevistados vayan hacia dónde yo quiero ir, sé cómo llevarlos, orientarlos. Eso nunca quita del todo la libertad que ellos tienen. No voy a ser omnipotente ni tan vanidosa de pensar que eso pueda pasar.

Estas entrevistas personales tienen mucho margen para la sorpresa. Las personas a las que convoqué, si bien en algunos casos me siguen la corriente, si pueden, se rebelan, y de repente deciden salir con alguna cosa muy extraña sobre mí que me deja loca o a lo mejor me pueden llevar hacia otros lados porque, como en toda entrevista, aparecen otros temas.

A mí me ha impresionado saber que mi hermana piense que mi relación con ella es uno de los temas medulares de su análisis psicológico, por ejemplo con sus terapias. Es fuerte saber eso, que de alguna manera mis actos la afectaron de tal manera que ella tiene que sentarse en un diván a hablarlo. Son cosas que no son fáciles de escuchar. De pronto, la conversación que tengo con quien era mi mejor amiga y que, finalmente, terminamos distanciadas, me dice que le hice daño, y que yo sabía lo que hacía, me reconoce como alguien que actúa con alevosía. No es fácil escuchar que un crítico literario (Jorge Carrión) te diga: «Lo que tendrías que hacer es dejarte de entrevistas como esta, para libros como este, y escribir el libro sobre tus raíces alemanas y la exploración de Machu Picchu que estás pensando hace tiempo. Lo que los lectores necesitamos de ti no son más artículos y experimentos, sino un gran libro, una gran novela, de ficción o sin ella». Es díficil que te digan que te dejes de libritos como este de mierda. O, como pasó con la entrevista imposible con mi maltratador. Eso tiene toda la complejidad del mundo, todos los obstáculos, es muy complicado y no me esperaba sus respuestas. Pensaba que él y yo podíamos revisar el tema del machismo, pero veinte años después él seguía siendo un machista.

Cuando empezaste a escribir en la revista de crónicas Etiqueta Negra no había otras voces femeninas que contaran los temas que abordaste desde el principio de tu trabajo, como los clubes de swingers o ser puta en Lima. ¿Qué te movió a ir contracorriente y cómo tu residencia en España cambió tus perspectivas?

Me parecía primordial. Era de las pocas o la única peruana que escribía en Etiqueta Negra en ese momento, aunque había otras mujeres, sí es verdad que era mejor que hubiera una a que no hubiera ninguna. También era importante que estos temas se tocaran. Ahora también pienso que es importante que estos temas los traten los hombres, que empiecen a hablar de su identidad, de su masculinidad o de su paternidad. Y está pasando.

Cada vez hay más voces de este tipo, pero para eso tuvimos que caminar un largo trecho. Creo que el momento en el cual empecé fue urgente. Ahora mismo estamos en otro momento histórico y desde hace un tiempo hay una apuesta por narrar en primera persona nuestros cuerpos, para hablar de nuestra feminidad, de las experiencias vitales de las mujeres, para hablar de los cuidados, de cosas compartidas que antes se pensaban que eran solo de mujeres;u otros grandes temas que ha puesto en agenda el feminismo.

En esa época había que hablar, había que salir. A mí me interesaban esos temas y en España había más apertura y me encontré con un ambiente que daba más pie a que yo pudiera hablar fuerte y claro desde una realidad más abierta. Por supuesto que Sexografías es producto de eso, de esa época y ese momento en el que empezaban a salir escritoras feministas, de género, en España. Eso tuvo mucho que ver con que Sexografías se publicara en una serie que se llamaba UHF, de la editorial Melusina, que estaba publicando a autoras como Virginie Despentes, Lydia Lunch y muchas mujeres que estaban siendo publicadas en ese momento. Yo leí a todas estas autoras, y creo que poco a poco todo eso ha llegado aquí también, a América Latina. Todo eso es local, y creo que es otra época.

¿Te parece que Latinoamérica es una fuente para este tipo de narrativas?

Creo que muchos de los países de Latinoamérica tienen sociedades muy conservadoras, donde todavía la Iglesia es la que manda, incluso en las políticas públicas. Son gobiernos básicamente patriarcales que hacen políticas contra el cuerpo de las mujeres. Hay una realidad muy dura. Se matan muchísimas mujeres, se invisibiliza el trabajo que tenemos y se paga fatal. Es algo mundial, pero en Latinoamérica especialmente es así. Vengo de una ciudad como Lima, donde el personaje femenino clásico era la Tapada Limeña (un personaje que cubría la mayor parte de su cuerpo).

Entonces, este es el destape de una necesidad importantísima, un claro momento de nuestra madurez, de nuestra conciencia. Nuestro despertar feminista tiene que ver con ese destape en una primera persona contundente y el poder decir a todas estas instituciones políticas, eclesiásticas, que todos estos cuerpos son nuestros. Por eso es importante el feminismo, la literatura feminista y es muy importante escribir sobre nosotras ahora mismo. En América Latina se ha convertido en un clamor. Todos los movimientos feministas tienen que ver con un relato, con un testimonio en primera persona. Todos han surgido de escritura en redes, de escritura que circula, que se viraliza, pero que en realidad son historias de vida. Es lo que he hecho toda mi carrera como periodista y escritora. Me siento muy contectada con este momento histórico para las mujeres.

Siento que de alguna manera mi literatura nunca fue doctrinal, ni en ningún sentido intentó ser solamente un panfleto feminista. Mi literatura termina siendo política por hablar de cosas que no se hablan, que están invisibilizadas y tiene que ver mucho con las mujeres. Es política, y sobre todo es política aquí en Latinoamérica. Tengo que ordenar esos cambios.

¿Qué relatos te influyeron?

Yo he leído un poco de todo. Desde el periodismo narrativo de Joan Didion, poetas como Sylvia Plath, Blanca Varela. Vengo de un país de muchas poetas, la poesía siempre ha estado en el sustrato de toda mi escritura, aunque escribiera crónica, siempre ha habido una búsqueda poética.

He leído muchísima narrativa. Cuando llegué a España leí mucho de Roberto Bolaño, me marcó muchísimo aunque mi literatura no beba directamente de él. Pedro Lemebel, por ejemplo, ha sido esa voz travesti de la diversidad sexual, una gran lectura para mí. Mario Bellatin es un escritor que admiro mucho desde esa isla que es su literatura y que habla de esos cuerpos fuera de la norma.

He leído muchísimas tradiciones y creo que bebo un poco de todo.

En Sexografías hay frases que te pueden descolocar, como cuando dices que el actor de porno Nacho Vidal es «por lo demás el violador que toda mujer quisiera encontrar en su camino cuando se haya empalagado de hacer el amor». ¿Qué tanto editas tus pensamientos cuando escribes?

Esa línea no la aceptaría un fact-checking feminista. Me refería por violador a un hombre como Nacho Vidal que tiene una performance agresiva. Yo lo que quería decir en esa crónica es que dentro del sexo mainstream que hace Nacho hay una clarísima ficcionalización del sexo violento dentro de la ficción, porque el porno es ficción. Allí se ficcionan a cada rato violaciones, ese porno es un porno machista y toda mi crónica sobre Nacho Vidal es una crónica que critica ese único porno hegemónico que se conoce y que realmente recrea fantasías masculinas, sobre todo.

Por un lado digo que las mujeres no nos identificamos con ese porno, pero también sería un error pensar que a las mujeres no les gusta el sexo o el porno hardcore. Conozco muchas mujeres a las que les gusta y sería prejuicioso decir lo contrario. Con Nacho Vidal me encuentro con este semental al que quiero recordarle que no todas las mujeres están dispuestas a darle la cara para que él lance su leche. Eso es para mí importante de decir en esa crónica. A mí me puede gustar tener sexo duro con alguien, pero desde luego no me gusta el porno que hace Nacho Vidal, en lo absoluto, ahora menos que nunca, pero en ese momento lo veía como algo antropológico y curioso. Hay una periodista gonzo que va por ahí llegando mucho más lejos de lo que se podría pensar en su investigación de un actor porno.

Yo no hago una literatura moral y, en ese sentido, de ninguna manera voy a sacrificar la potencia de una historia narrativa porque de repente alguien me diga «esto no es feminista». Me parece que la crónica de Nacho Vidal es muy feminista, muy potente, también en toda su singularidad porque no tengo una postura clarísima de las cosas.

En ese momento soy alguien que va conociendo un mundo, narrándolo, cuestionándolo por partes. Para llegar a la conclusión de esa historia, que es como una cachetada a ese tipo de porno machista, tuve que dar otros pasos, tuve que equivocarme, pensar cosas que después rectifiqué. Si lees la última edición de Sexografías, hay cosas que no conté y explico por qué. Como ese libro tiene sus añitos, sentí la necesidad de explicar cosas y justificarme en algunas otras. Había momentos en los que ya no me sentía identificada.

¿Esos pies de página que agregas en la última edición de Sexografías son parte de la inocencia que tenías en ese momento como periodista?

Me reconozco mucho en ese libro, pero con diez años menos piensas cosas distintas. Agrego cosas que me callé por miedos a no perder a mi marido, mi trabajo, que se cuestione mi ética por cosas que hacía porque mi inmersión a veces era total. En la crónica de Nacho y Badani (un hombre que tiene seis esposas) hice muchas más cosas de las que conté y en esta última edición lo cuento todo.

¿Cómo trabajas la figura del editor cuando tu propuesta en el periodismo es gonzo, narrado en primera persona y como un actor más?

Solo he hecho periodismo gonzo en Sexografías y si de alguna manera quieres forzar la cosa Nueve lunas es algo gonzo, sobre mi propio cuerpo en la maternidad. Alguna historia de Llamada perdida tiene algo. Lo que he hecho es literatura personal, de la experiencia. Cuando trabajo para medios siempre lo hago con un editor. El trabajo siempre es estrecho y colaborativo. Un medio sabe lo que quieres y cuando tienes un buen editor funciona bien.

¿Qué crónica te gustaría escribir en Guayaquil?

He visto muy poco, pero tal vez una crónica en un club de lecturas de señoras, que son las que más asisten a la Feria del Libro.

Modificado por última vez en Martes, 10 Octubre 2017 10:41
Jessica Zambrano Alvarado

(Guayaquil, 1990) Reportera de Cultura de El Telégrafo. Ciclista urbana.