Michaux y De la Cuadra: Contrapunto para lectores ecuatorianos (II)

Para Hacia Ecuadores y allende: Michaux y su Journal de Voyage, Humberto E. Robles ensayó diálogos entre el escritor y artista francés Henri Michaux y tres ecuatorianos: Jorge Icaza, Pablo Palacio y José de la Cuadra, pero solo se publicó el del autor de Huasipungo. A poco del aniversario de la muerte de Michaux (19 de octubre de 1984), y tras publicar la conversación con Palacio la semana anterior, incluimos este fragmento inédito, relativo a De la Cuadra, autor de Los Sangurimas.



No está claro cuándo se da, si acaso, el fortuito e imaginado encuentro entre un escritor u otro en la mente de un lector. Nadie entiende cuándo sensaciones y memorias aisladas son reanimadas furiosamente, dice Michaux en alguna parte. Ese sería también el caso del encuentro fortuito en un espacio específico, o en la imaginación y la memoria, entre un autor nacido en Namur en 1899 y otro en Guayaquil en 1903.

Michaux y De la Cuadra

Todo adquiere una pátina borrosa en los recuerdos imaginarios del porvenir. Tengo tantas imágenes de escritores de ese entonces, evoca Michaux, que no puedo precisar con quién iba De la Cuadra el día en que lo conocí: ¿con Carrera Andrade, con Gonzalo Escudero, Raúl Andrade o Humberto Salvador? Quizás con uno solo de ellos. ¡A lo mejor mi encuentro con él nunca ocurrió! No importa. Prefiere pensar Michaux que un día encontró a Palacio e Icaza conversando, ventilando una evidente sensibilidad compartida, con un tercer compañero escritor. Recuerdo ahora, dice, que tenía un deje distinto. Hombre reservado, pero rápido en su decir. Algo de pugilista había en él. No de pugilista de ring, se entiende, sino de esos seres que se pelean con las palabras, que les dan puñetazos, que buscan domarlas, recrearlas. Lucía impaciente consigo mismo y con los absurdos de los otros; no temía altercados y tampoco se escatimaba en cuanto a emitir ásperos juicios. Era duro en sus pronunciamientos. Pronto me enteré de que era un flamante jurisconsulto y dueño de una amplia cultura, según pude comprobar en su día. Me daba la impresión de ser un escritor que iba a madurar de repente, y que durante un lapso de apogeo creativo, siete u ocho años en su caso, iba a producir lo grueso de su obra, no obstante el hecho de que quien sea, algún crítico, pudiera rastrear rasgos definidores, en gestación, evidentes en obras juveniles, de aprendizaje. Guayaquileño de nacimiento, unos cuatro años menor que yo, su nombre era José de la Cuadra.

Tiene ínfulas de alcurnia paisana, me confió Icaza, entre dientes, en voz muy baja, socarrona, dijo, con esa afectada sonrisa, muy suya, que a lo mejor había también algo de chulla en ‘el Pepe’. La verdad es que supe en el porvenir de los porvenires que De la Cuadra era masón y que fue miembro, sin ambages, del Club de la Unión (cofradía social de privilegiados guayaquileños, según el decir de las buenas o malas lenguas), y que a su haber contaba él con un rancio linaje. También leía francés e inglés. Recuerdo ahora, piensa Michaux, que tengo que haberlo conocido a mediados de marzo de 1928, quizás después de mis andanzas por Zuña, cerca de Mera, cuando se dio mi encuentro y visión del matapalo. Pudo haber sido también después de mi merodeo por Saloya, a unos 50 kilómetros de Quito, donde pude comprobar que «la selva tropical (…) se extiende hasta la costa del Pacífico»; o, acaso fue después de haberme atrevido, porfiado y majadero, amante del peligro que soy, a pesar de mis males, a escalar y llegar al cráter del Atacatzho y sus 4.536 metros. Todo eso fue el 5 y el 11 de agosto de 1928, respectivamente, y así lo apunté en Ecuador: Journal de Voyage (EJV)1. Mucho aprendí en ambos lugares sobre los límites de la terca llama de la vida en fornida lucha con la muerte. A la larga, la fecha no incumbe. Sí importa recordar el mucho bien que me hizo hablar con De la Cuadra antes de emprender yo, en octubre, mi odisea por la Amazonía, de vuelta de esas tierras, rumbo a Francia. Hablamos sobre su lugar de origen y sobre el matapalo, gran árbol que habría de figurar en sendas obras nuestras, y sobre la avasalladora jungla y otros temas de mutuo interés.

De la Cuadra me decía que él tenía en mente una idea especial de ese árbol que no era ni la de Rivera, ni la de La Condamine, ni la mía. El sabio francés, me dijo, se interesó en las lianas. Rivera, mejor decir Arturo Cova, poeta este a fin de cuentas, vio en el matapalo, según consta en La vorágine (1924), un pulpo que con sus tentáculos acogota, retuerce, injerta, transfunde y produce metempsicosis dolorosas. Tú, bien lo sé, estás quizás más cerca de Rivera. Tu matapalo en EJV es el Gran Rey, es un estrangulador, un asfixiador, un abrazador, es la monstruosidad de una boa, desafía, domina, rompe cercos, se impone, es el superárbol, es un reto aéreo danzante en sí mismo, despuntando en vuelo triunfante hacia verticales delirios inimaginables. Mi matapalo, el que imagino y habrá de figurar en mi novela Los Sangurimas (1934) participa de la monstruosidad, no lo niego, pero es más bien un símbolo, un símbolo de esa «cólera atrapada» que rezuma del fondo de la sensibilidad de los miembros del gremio de escritores de mi generación. Yo lo entreveo como un tronco añoso, antropófago, ícono atroz de la feudalidad imperante que se da en el ámbito social campesino de la Costa; lo veo como una rancia divisa del autócrata Señor feudal que se da en las tierras y aguas montuvias; lo veo como insignia de una tradición empotrada que importa exponer y desmitificar: lo llevo a un plano emblemático, y es hora de que su dañosa mitología acabe carcomiéndose y se venga abajo. Si Carrera Andrade cumple, me dijo, con darme las direcciones que le habré de pedir —de traductores, lectores y críticos europeos de valía— en años futuros, en uno de los tantos porvenires en que tú y yo o, mejor, nuestras obras podrían coincidir —¿alusión a lo que habrá de decir Borges en uno de sus más reconocidos relatos?— te haré llegar un ejemplar de esa novela montuvia y entenderás lo que digo2. Pienso, Michaux, que cuando me leas es posible que deduzcas que he aprendido de tu EJV. Puede ser. Eso nos avecina y engancha. Así, siento que no solo de Rivera y otros podrían hallar rastros en mi apreciación de la jungla los lectores que vendrán, sino tú también.

En Los monos enloquecidos, novela mía que llevará siglos esperando ser publicada en España y que el destino la deparará póstuma, me convulsionaron en una noche de delirios los espantos y desvaríos de Alicia, uno de mis personajes. Ese personaje vive en las extensiones de Pampaló, ficticio fundo de mi autoría, vive allí, fuera de lugar, rodeada de maraña y de selva. La verdad es que ese ámbito no te ha de parecer extraño, Henri, por dos razones: 1°) tú visitaste Saloya y comprobaste allí una vegetación fantasmagórica, exuberante, tétrica, una vegetación blasfema que te marcó y que dejó rastros en ti, evidente, además, en tu proyectado Les arbres de tropiques (1937); rastros que (2°) los llevaste a un nivel de máxima expresión poética cuando fuiste en una ocasión a Mera y después al bajar por el Napo, transitar por la Amazonía hasta llegar a Pará para allí embarcarte de vuelta a tu París.

Algo has visto de la selva tropical y la has interpretado con profundidad, pero creo que aún no la entiendes a fondo, o al menos con la proximidad que yo la he vivido. La variedad es allí monstruosa en su misma repetición. En Los monos enloquecidos quedó claro mi interés por las crónicas de viaje, por los viajeros y la biografía, y por, no menos, la experiencia surrealista frente a la jadeante presencia de la jungla. Tú que puedes, o también los lectores, verás que los viajes y la jungla también figuran en mis escritos. A lo mejor algo aprendí de ti. Figura también la miseria de las ciudades. Lautréamont no me atrae, y a ti sí. Figuran presencias de la vanguardia, y de un mundo medio burgués. Figuran las ínfulas de linaje que perturban a mi gente. Y los camuflajes tan cotidianos en todos los medios de aquí y de allá. Figura una aristocracia paisana de horca y cuchillo que es más brutal que ninguna otra, parecida la de aquí a la cavalleria rustinaca del Sur de Italia y su sentido de la vendetta. (…) Me interesa Jacobo de Vorágine, como a ti, Michaux. Me interesa la sociología, lo legal. Me interesan las crónicas de viaje, si bien mayormente virtuales en mi caso, producto de mis lecturas y admiración por las hazañas y aventuras reales e imaginadas que nos legaron Odiseo Laertiada, Antonio Pigafetta, Juan Fernández, Robinson Crusoe, Juan van Halen, me atraen también las sergas y leyendas biográficas que hallamos en los escritos de Agassiz, de Ludwig, de Strachey, de Romain Rolland de Salaverría y tantos más. Me interesan Poe, las leyendas áureas y las leyendas sin más. Me interesa la teoría. Por allí he dejado unos folios sobre eso. Nada a tu altura, dicho sea. En particular me interesa lo que en EJV sugieres tú, Henri, sobre la idea de los espíritus de cuerpo de mi gente —montenegrino lo llamas— frente a intereses nacionales; eso, y lo que dices sobre el mito del Oriente entre los ecuatorianos y sobre la cuestión de los «cotidianos» culturales, hallan eco en mí. Al respecto, sobre tradiciones, sobre el cruce y choques de cotidianos, sobre las zonas de macidez, yo prefiero esa etiqueta que pedí prestada de Freud, figura que conoces bien, habiendo tú escrito algo sobre él, me entero, para el número que la revista Le Disc vert le dedicó en 19243. Estoy yo tratando de precisar algo que mis paisanos entiendan. Más tarde, aquí y en otras latitudes, se deslumbrarán hablando de transculturación y eso que yo ya les había sugerido, desde mi perspectiva y con empuje social, al hablar de zonas de macidez. Allá ellos. Los críticos, bien sabes, se apoyan en membretes, los ponen de moda y los siguen hasta ajarlos del todo.

Espero que cuando te llegue alguno de mis libros, si llegas a leerlos, halles en ellos sensibilidades compartidas. Ojalá que nuestro virtual encuentro en Quito haya dejado rastro y que años más tarde de alguna manera recuerdes mi nombre y pienses que hasta horizontes generacionales nos vinculan: tú desde la perspectiva del otro lado y yo desde mi lugar de origen. Espero que encuentres que hay algo en toda mi obra que podría recordar coincidencias contigo, ilustrar también lo tuyo, redondear tu silueta, tus rastros por estas tierras. Hallarás mi interés por la leyenda, por el misterio, por el milagro, por la biografía y los viajes, por la geografía y el espacio —coincido, sin llevarlo al nivel abstracto, con tu dentro-afuera que las casas de nuestra tierra caliente proponen— hallarás mi interés también por lo teratológico y lo real maravilloso, por el cruce y entrecruce de clases y culturas, con sus escamoteos y protocolos, por los discernimientos teóricos, por la imagen de la mujer, por llegar a fijar un mapa de la intelectualidad y del ethos de mi país, mapa que tenga en cuenta los diferentes componentes y contrapuntos que lo unen y dividen, mapa que cumpla con fijar una presencia de lo local compenetrada con lo humano universal, mapa que de alguna manera indique las inquietudes, los anhelos míos y de mi generación por ir más allá, por al menos llegar a entrever lo que yace allende del horizonte actual, sea político, social, económico, tradicional o provinciano, horizonte que nos constriñe. Como al que escribe este libro sobre tu EJV le interesan las analogías, las yuxtaposiciones, los mimetismos y los camuflajes, los ecuadores y encuadres que se dan en la nada que es la nada que nunca acaba, le pido que recoja al azar textos míos que a lo mejor ilustren, fuera de un orden cronológico, paralelos y diferencias que quizás nos delinean a ti y a mí y que el lector podrá comparar, contrastar y decirle al autor de este libro que lo suyo no pasa de ser tampoco una invención con ecos novelescos, igual que los míos y los tuyos, salvo que ni tú ni yo presumimos de estar entregando la verdad: 1º) nuestra visión del terreno y del paisaje: monotonía, derrumbes, riquezas, destrozos, inundaciones; 2º) la presencia de la urbe, de mi ciudad frente a la ría, de sus leyendas y de sus bajos fondos, vista por un local y no por un forastero: nunca mencionaste Guayaquil en tu andanzas ecuatorianas, y eso que indicaste que tu destino en el «Boskoop» era ese puerto y allí atracó ese barco y hasta fotografías hay de su presencia anclada en la ría que baña el puerto de los manglares; 3º) los disimulos, las cuotas sociales que enconan los senderos y sombras de los humanos, de su sentido de la historia. Lectores futuros y tú, por ósmosis, se encargarán de ver si mis recuerdos del porvenir conectan los puntos de aquí y allá respecto a tu imaginada presencia en esas reminiscencias. En todos los nosotros de entonces, compañeros de generación tuya, de allá, verás la presencia de una congénita rebeldía, diferente a la tuya, quizás, pero solidaria. Diferente en formas, en intereses y perspectivas; en el fondo, sin embargo, todos cargamos un detonante que aspira a transformaciones, a cuestionamientos de tradiciones y del estado actual de las cosas, a pesar de que no nos divorciamos del todo de las herencias que nos constituyen. Esa sensibilidad la compartimos y la expresamos cada cual a nuestro modo y manera.

Lo último que en algún momento me dijo De la Cuadra, recuerda Michaux, fue que sus paisanos se iban a quejar porque solo han dialogado aquí conmigo cuatro escritores ecuatorianos, dejando al margen de la ruta, en una presunta cuneta, a otras celebres figuras. Allá ellos. La culpa hay que echársela a los antojos del que arbitrariamente selecciona significados y relevancias tomados de los archivos de uno y de todos y del pasado, del presente y de un implícito porvenir. De hecho, sigue Michaux, yo en eso no me meto. Y, entre dientes añadió, muy para sí, que una escritora argentina de cierto alcance se habría de disgustar con él porque habló de Argentina como de un país monótono, de vacunos, de vacas. Parece, imagina, que al expresar mi derecho a decir lo que pienso y lo que siento herí el amor propio y la vanagloria implícita en los atributos que custodian esa nación, ese algo que constituye un hipotético patrimonio patrio que, por la razón que sea, la tradición transmite y repite. A lo mejor habrá custodios ecuatorianos que a su vez se resientan conmigo. Los textos de Icaza, Palacio, y los que siguen de De la Cuadra, puede que les den un poco de pausa antes de, sin recato, proferir querellas que no vienen al caso, si bien, dicho sea, están en todo su derecho de hacerlas.



LA SERRANÍA Y LA FURIA DE SUS ELEMENTOS

Estaban solos en la choza; la choza estaba sola en la montaña; la montaña estaba sola en la sierra infinita. Sin embargo, la india Manuela sentía miedo, miedo de que la oyera el viento. El viento es malo. Lleva donde no debe lo que uno dice.

'Shishi la chiva', OC, p. 746



Estos indios serranos viven metidos en sepulcros. Habitan chozas construidas sobre el suelo desnudo, con paredes de tierra y paja seca. La fibra vegetal —amarillecida—pone una nota simbólica, justamente como una flor sobre una tumba: una de esas llamadas «flores de muerto»…

(...) Acá, en estos paisajes abruptos, formidables, que juegan con lo sublime… llevan desconcierto al ánimo; acá… la huella de los cataclismos es manifiesta (…) y donde se vive, en mucha parte, remotas edades geológicas…

Los ríos de la serranía cantan o gritan. Se enfurecen, también. Se hinchan. Revientan en cascadas sonoras. Riñen con las rocas duras y las vencen. (…)

Cuando he alabado la hermosura de un sitio, se me ha dicho que de visitar tal otro, sí me admiraría. Las frases han variado; el sentido, no.

A lo que comprendo, nada significa cuanto veo. Ni el Chimborazo monstruoso; ni el Cotopaxi perfecto; ni los picos de este Altar que es un altar de veras, (…) Ni siquiera este abrigado valle del Ambato, (…)

Siempre hay algo mejor; más, mucho más hermoso todavía. Detrás de esos cerros, en el fondo de aquella hondonada, por encima de aquesos picachos enhiestos y nevados.

Vibra una razón profunda y cabal en tales afirmaciones.

Sí; es cierto. Nada de lo visto vale. Nada cumple. Nada pesa. Nada llena. No satisface nada. Solo lo desconocido es bello.

El último refugio de la belleza, es lo ignorado. (…)

El campo serrano no tiene toda la paleta. Solo tiene el gris. En sus infinitas combinaciones, sí, pero solo el gris. Ah, y el blanco fresco y nuevo del agua! (…)

Pero, en desquite, el cielo tiene todos los colores, (…) Colores de milagro…

Se le ocurre a uno que los cerros están deshaciéndose. Ruedan peñascos desde las cumbres. Nieve de los ventisqueros. Cataratas, horras o caudalosas, de tierra, caen constantemente, vistiendo a las montañas de faldas ondulantes.

Este valle de Colta, con su laguna de aguas plateadas, (…) con sus indios tranquilos, que de lejos parecen felices, vestidos de colores chillones; este valle de Colta, hundido en el anfiteatro que forman montañas recortadas definida, nítidamente, en el celaje, contra los horizontes, es un paisaje convencional. (…)

Estos pueblos humildes, modositos, bien educados, que se acurrucan, como en un afán de pasar desapercibidos, en la falda de algún monte elevado; sienten miedo o sienten frío. Por eso están ahí, de esa suerte.

¡Ah, estas aldehuelas serranas, todas blanco y rojo, todas silencio! (…) Miedo o frío. (…)

Frío… El frío que muerde las carnes y que, herido de aristas de hielo, baja desde los reposaderos altos de las nieves eternas.

Miedo (…) Miedo del volcán cercano que sufre indigestiones de fuego. Miedo de los derrumbamientos cataclísmicos que cada vez transforman el paisaje y le ponen una tenebrosa novedad al panorama. O, acaso, (…) miedo del gamonal. Miedo y frío por el gamonal.

'Impresiones del campo serraniego ecuatoriano', OC, pp. 911



TRÓPICO

Aún en plena mañana clara, fulgiendo el sol rútilo, cegador, en el cielo límpido, ocurríasele a Alicia Hernández —a pesar suyo, a pesar de sus esfuerzos—, soñar tenebremente.

Las lianas que se entrecruzaban en mil lazos prietos formando redes inextricables contra las cuales el más filudo machete habría sido como un dientecillo débil de niño, (…) antojábansele serpientes fabulosas, cabelleras de monstruo mítico, monstruos ellas mismas (…)

Parecíale que tenían otra vida que no la vegetal: una vida reflexiva, enredada, siniestra: una vida latigueante, obstaculizadora; cazadora y pescadora de seres: una vida de telarañas enormes y animadas: una vida de abismos llamadores, irresistibles; revesas de tierra adentro.

Los grandes árboles de formas arbitrarias, que se erguían orgullosos y desafiantes, o se extendía en una eclosión de ramas ensanchadas como umbelas, o hacían arcos triunfales con sus troncos torcidos, o se arrastraban con éstos por entre las verticales de los otros árboles…; figurábansele a Alicia Hernández que eran gigantes vencidos, encadenados por las lianas que los impedían de todo movimiento. (…)

Los hongos (…) Cobraron importancia para ella cuando, en un delirio que tuvo, se le presentaron como vasos donde reposaban pasajeramente las almas de los muertos.

(…) Y, luego, eran las alimañas: seres que revestían los rasgos de esas criaturas absurdas, que pasan con toda la repulsividad de sus existencias imposibles, en la exaltación nerviosa de las pesadillas.

Los monos enloquecidos, OC, pp. 670-672



El río de los Mameyes debe más vidas de hombre y animales que otro río cualquiera del litoral ecuatoriano.

Durante las altas crecientes, se ven pasar velozmente, aguas abajo, cadáveres humanos, inflados, moraduzcos, y restos de perros, de terneros, de vacas y caballos ahogados. en cierta época del año, para los llenos de Carnaval y de Semana Santa, sobre todo, se ven también cadáveres de monos, de jaguares, de osos frente-blanca y más alimañas de la selva subtropical. Sin duda, para entonces, el río de los Mameyes hincha sus cabeceras y se desparrama sobre la selva lejana, haciendo destrozos.

Los Sangurimas, OC, pp. 467-468



La casa era enorme, anchurosa, con cuartos inmensos, con galerías extensísimas.

Las fachadas estaban acribilladas de ventanas. Entraban al interior el aire y el sol con una desmesurada abundancia. Se ocurría, al encontrarse dentro de la casa, como si se estuviera en campo abierto. Pero en las horas calurosas de los mediodías de invierno, el techo de tejas fomentaba un frescor delicioso en las estancias. (…)

Al edificio lo coronaba un elevado mirador, donde había también una campana.

La campana se llamaba «Perpetua» y tenía una historia tenebrosa, como sucedía con casi todo lo de «La Hondura»: gentes, animales y cosas.

Los Sangurimas, OC, p. 471



El matapalo es árbol montuvio. Recio, formidable, se hunde profundamente en el agro con sus raíces semejantes a garras. Sus troncos múltiples, gruesos y fornidos como torsos de toro padre se curvan en fantásticas posturas, mientras sus ramas recortan dibujos absurdos contra el aire asoleado o bañado de luz de luna, y sus ramas tintinean al viento del sudeste…

En las noches cerradas, el matapalo vive con una vida extraña, espectral y misteriosa. Acaso dance alguna danza siniestra. Acaso dirija el baile brujo de los árboles desvelados.

De cualquier modo, el matapalo es el símbolo preciso del pueblo montuvio. Tal que él, el pueblo montuvio está sembrado en el agro, prendiéndose con raíces como garras.

El pueblo montuvio es así como el matapalo, que es una unión de árboles, un consorcio de árboles, tantos como troncos.

La gente Sangurima de esta historia es una familia montuvia en el pueblo montuvio: un árbol de tronco añoso, de fuertes ramas y hojas campeantes a las cuales, cierta vez, sacudió la tempestad.

Una unidad vegetal, en el gran matapalo montuvio.

Un asociado, en esa organización del campesinado litoral cuya mejor designación sería: MATAPALO, C. A.

Los Sangurimas, OC, p. 451



GUAYAQUIL: NOSTALGIA Y REALIDAD

Cuando yo era un muchacho, pude ver aún el Guayaquil del pasado (…) Sobre el río, metiéndose en el agua, los muelles negruzcos, que terminaban en una balsa ancha como una plaza, salían a recibir al viajero (…) A las calles amplísimas se asomaban las fachadas de las casas de umbrosos soportales, hospitalarios refugios contra el sol quemante, los aguaceros cerrados de Chongón y los cortantes vientos de Chanduy. Eran casas con toldas de lona blanca como velas de balandra (…) Eran más cordiales, más propicias, más hogareñas; bajas: alcanzaba uno con la mano sus arquitrabes de escultura ingenua (…); grandotas: cabía en ellas, íntegra, una de esas familias patriarcales, numerosas como una tribu que entonces había (…) Eran feas, quizás; pero, tenían no sé qué de maternal (…) ¡Ah, y con sus techos de tejas coloradas eran frescas como una tinaja de piedra pómez…! La muestra de la ciudad vieja, es un recuerdo de lo que fueron todas. (…)

Ahora prevalecen las construcciones barrocas de cemento armado. Son edificios en los que se mezclan estilos extravagantes, en un delirium tremens arquitectónico.

Los monos enloquecidos, OC, pp. 682



El «Hotel Colimes» ocupaba la parte alta de una casa vieja de cañas y quincha. (...)

En la parte baja, en las tiendas, funcionaban comercios de artículos de cuero que despedían vahos nauseabundos de tanino y hediondeces de pieles mal curtidas. Del alcantarillado de los traspatios se desprendían emanaciones pútridas, en las que flotaban nubes de moscas y de mosquitos. Debido a todo ello, que ascendía en vaharadas densas por los claustrillos, arriba reinaba de suyo un ambiente pesado; que el olor a polvos de Coty falsificados y a esencias baratas de las cabaretistas, y el tufo a viandas sazonadas a la perra que salía de la cocina, contribuía a hacer insoportable.

Horno, ‘Cólimes Jótel’, OC, p. 346



LEYENDAS Y PREJUICIOS

Gustavo Hernández se mofaba de los prejuicios de los suyos. A él se le daba un ardite de su abolorio. (...) le habría gustado (...) ser hijo de montuvios de Balzar o cholos de Santa Elena. Cuando sus hermanas hablaban de las gestas legendarias de los Hernández, les cortaba lisamente el discurso. (…)

No hagas caso, hija. Son mentiras. Nada más. Fantasías. Estos peones estúpidos son, en esos respectos, como los demás ecuatorianos. Mis compatriotas viven enamorados de un pasado que no han tenido, y tratan de forjárselo a toda costa, a su modo, presentándolo con pinceladas tenebrosas para hacerlo más atractivo; sin darse cuenta de que plagian miserablemente, apoderándose para su uso de historias de pueblos distintos, que las vivieron de veras, pero en circunstancias distintas, también... No hagas caso.

Los monos enloquecidos, OC, pp. 626-669



(...) Del agro ecuatoriano

(…) es, antes que nada, una leal exposición de la verdad del medio natural del Ecuador, tan hinchado de fábula, tan país de Alicia, y que , por debajo de sus pomposas apariencias, oculta una incurable lacería. Jaramillo Alvarado procura cortar las alas a nuestra fantasía, que es quizás lo único rico y exuberante de veras que tenemos en el patrimonio. Yo estoy de acuerdo con esta operación de cirugía, con esta campaña de sanidad mental colectiva. (…) No puedo olvidar que yo aprendí a pensar creyendo en la verdad incontestable de una heredad nacional capaz de alimentar hasta la hartura a toda la población de América.

'El libro del semestre', OC, pp. 979-80



ENDECHA Y BOMBO Y PLATILLOS

Uno de los hombres —(…) , el del barítono—, sopló en el instrumento. El instrumento contestó con un alarido tristón.

Los demás músicos imitaron inconscientemente a su compañero (…) Se quejaron con sus gritos peculiares el zarzo, el trombón, el bajo, el cornetín (…)

Y, a poco, sonaba pleno, aullante, formidable de melancolía, un san-juan serraniego… Mezclándose en él trozos de la marcha fúnebre que acompañaban los entierros de los montuvios acaudalados y trozos de pasillos dolientes (…)

Lloraban los hombres por el amigo muerto, lloraban su partida; pero, lo hacían sinceros, brutalmente sinceros, por boca de sus instrumentos, en las notas clamorosas (…)

Mas, algo faltaba que restaba concierto vibrante a la música: la armonía acompañadora del bombo, el sacudir rechinante de los platos.

Faltaba.

Pero, de pronto, advirtieron los músicos que no faltaba ya.

Se miraron.

¿Quién hacía romper su calma al instrumento enlutado?

¡Ah!

Cornelio Piedrahita golpeaba rítmicamente la mano de madera contra el cuero tenso…

¡Ah!

Horno, ‘Banda de pueblo’, OC, pp. 404-4054



TEORÍAS

Ventura es de artistas el magnificar metamorfosis de su propio espíritu, sin perder —y fíjase aquí el alto punto de milagro— la alta evidencia de ser ellos mismos, diversos y unos a la par.

'Poemas ecuatorianos', Vida Femenina, No. 152, Montevideo, 19325



Primeramente, hay que considerar que las clases sociales, aun por la razón de su lucha permanente, no viven aisladas. Constantemente se interfieren; y, estas situaciones influyen trasladando influencia, por repercusión, desde las que llamaríamos «zonas de contacto» a las que llamaríamos «zonas de macidez», es decir a aquellas donde —por condiciones eventuales o permanentes (...)— , el espíritu de la clase social soporta instantes de transitoria inanidad o se manifiesta con desviaciones y contradicciones de ideología6.

'El arte ecuatoriano del futuro inmediato', El Telégrafo, Guayaquil, abril 30, mayo 14, mayo 28, 1933



Notas

1. Michaux escribió Ecuador: Journal de Voyage en 1929, producto de su viaje al Ecuador (1927-1928). Viaje que lo llevará de vuelta a Europa, luego de recorrer la Amazonía.

2. En el 2º no fue mi intención entrometerme: 1º) Correspondencia entre De la Cuadra y Carrera Andrade; 2º) la otra referencia es a El jardín de los senderos que se bifurcan, de Borges: «… su antepasado no creía en un tiempo absoluto, uniforme. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No sabemos si en la mayoría de esos tiempos, en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa …». Pude haber recurrido en estos ‘juegos’ temporales a la posibilidad que propone la ciencia: los agujeros de gusano, puentes, atajos, de viajar hacia el pasado y el futuro.

3. De la Cuadra no se identificaba con Lautréamont. Veía en él una expresión de un ‘feísmo’ literario que se deleitaba en lo feo porque sí. Michaux, quien había escrito sobre el Conde para la revista Le Disc vert, prefirió no entrar en el tema, y eso que en un texto que quedó al margen de EJV, la vasta visión del paisaje que tiene el autor nacido en Uruguay juega un papel significativo, visión que no está lejos de la sensación de lo desconocido e infinito que imaginaba De la Cuadra en el espacio andino. Cf. De la Cuadra, Op. cit., pp. 974, 746, 913.

4. El título original de esta narración fue ‘Banda del pueblo’.

5. Texto recuperado por Alfredo Alzugarat.

6. «Por elemental recurso estratégico, en las “zonas de contacto” accionan las brigadas de choques de las clases sociales en lucha; y, es obvio que esté en ellas el espíritu clasista, adoptando sus posiciones extremas. Una influencia de la una en la otra (...) sería imposible: la influencia se opera, pues, por repercusión, sobre las zonas de macidez. Ahora bien, la clase social que siente la influencia no la deja prosperar libre y arbitrariamente: por lo contrario, la enruta de manera que sirva a sus propios intereses en perjuicio de los de la clase social que es sujeto activo de la influencia». José de la Cuadra (el artículo referido fue rescatado y reproducido por Alejandro Guerra Cáceres en Crónica del Río, Nº 1, Guayaquil, 1986, pp. 50-55).

Modificado por última vez en Domingo, 15 Octubre 2017 19:16